Juan Manuel Chávez: “Juan Bautista es un ser multinacional”

Autor de la investigación Juan Bautista Túpac Amaru. El dilatado cautiverio (Colección del Bicentenario, 2021) nos habla del sobreviviente de la familia cusqueña de los Túpac Amaru, hermano menor de José Gabriel Condorcanqui, a quien conocemos como Túpac Amaru líder de la Gran rebelión contra la colonia española. Fotos. Rosalí León-Ciliotta/Archivo personal del autor

Juan Bautista Condorcanqui Monjarrás nació en la zona sur del Cusco y murió en Buenos Aires. Él fue castigado con el exilio bajo la acusación de complicidad en la Gran rebelión que, desde noviembre de 1780, lideró su hermano Túpac Amaru II. Primero fue recluido en el castillo de San Sebastián (Cádiz, España) y después en Ceuta, ciudad española en la península Tingitana en el África. En 1822 recuperó su libertad y se embarcó a Buenos Aires, donde escribió su testimonio “El dilatado cautiverio”, que firmo con el nombre de Juan Bautista Túpac Amaru.

-Juan Manuel. ¿Qué te llevó a trabajar El dilatado cautiverio de Juan Bautista Túpac Amaru?

-En primer lugar, la intriga biográfica que me generaba Juan Bautista. Sabía que escribió sus memorias después de pasar varias décadas en el exilio sentenciado por complicidad en la rebelión del Cusco (1780-1781) que lideró su hermano Túpac Amaru II. ¿Quién era este hombre para el siglo XVIII? Pues a pesar de la identidad de su apellido, las autoridades virreinales no lo ajusticiaron como a los demás. ¿Quién era este hombre para el siglo XIX? Pues no solo sobrevive a sus parientes y allegados, sino que deja testimonio de aquello. ¿Fue un insurgente bajo el modelo de su familia o, por el contrario, un cobarde y un acomodaticio? Incluso, algunos historiadores afirmaron que era un farsante…

En segundo lugar, las memorias de Juan Bautista Túpac Amaru estimulaban mi curiosidad desde su título: me adentraría en la historia de un hombre privado de su libertad, en el contexto de las emancipaciones americanas, durante un larguísimo periodo. Veía El dilatado cautiverio y pensaba en el himno nacional de nuestro país (“Largo tiempo el peruano oprimido / la ominosa cadena arrastró…”). Intuía que adentrarme en las páginas de Juan Bautista equivaldría a bucear en las raíces de nuestra configuración republicana e identidad; que en ese pasado se ocultaba una llave para comprender el presente.

-Para profundizar tus investigaciones y corroborar el periplo de exilio de Juan Bautista Túpac Amaru, viajaste. Nos podrías acercar a estos viajes…

-Juan Bautista Túpac Amaru (1747-1827) fue sentenciado a las pocas semanas del ajusticiamiento de su hermano, el líder rebelde. Lo sacaron del Cusco y estuvo en Lima y el Callao. Lo encadenaron a un barco que dio la vuelta a América por el sur hasta parar en Río de Janeiro. De ahí siguieron a Cádiz, en España, donde fue encarcelado por años; al final, lo depositaron en Ceuta, en el norte del África. Décadas después consigue su libertad y emprende el camino de regreso, pero solo hasta Montevideo y Buenos Aires, cuando su edad era de 75 años. Todo esto sucede a fines del siglo XVIII e inicios del XIX con un hombre del Ande que está en la segunda mitad de su vida.

Entonces, mientras más avanzaba con mi estudio biográfico y documental, me convencía de que esta investigación también debía involucrar el viaje: ese ir y venir, ese estar lejos de la tierra natal, ese confrontarse con lo ajeno y lo lejano en otros lugares. De los varios destinos que tuve al respecto, los más significativos fueron Buenos Aires, donde pasé meses entre archivos históricos y hasta recorrí el Cementerio de la Recoleta para conocer el lugar definitivo para el cuerpo de Juan Bautista, y Ceuta, una península pequeña con clima mediterráneo y en frontera con Marruecos a la que llegué en helicóptero para recorrer las calles que Juan Bautista anduvo durante décadas: su callejón, su iglesia, el mar…

– ¿Por qué se dilató el tiempo de visibilizarlo, de saber a profundidad sobre su persona, su papel en nuestra historia?

-Nuestros intereses y sensibilidades son diferentes a los del pasado: si en el siglo XIX se erigían monumentos para figuras militares y el siglo XX se optaba por las personalidades descollantes del ámbito civil, desde la cultura hasta la administración pública, en el siglo XXI prestamos atención a las figuras subalternadas o postergadas, aquellas que incluso parecen haber perdido sus batallas.

Estamos reescribiendo la historia a partir de ampliar la toma, un necesario y lógico cambio de enfoque. En vez de esos recuadros egregios de hombres, que además son blancos y católicos que hablan la lengua dominante del Estado, ahora hacemos panorámicas con las cuales advertimos el rol que desempeñaron las mujeres o las comunidades originarias. Quienes antes fueron mera comparsa o telón de fondo en el relato de lo nacional, en la actualidad protagonizan nuestros estudios y reflexiones.

-Para nuestros jóvenes lectores. Brevemente. Cuéntanos, quién fue Juan Bautista Túpac Amaru…

-Juan Bautista Túpac Amaru fue el hermano menor, por nueve años, de José Gabriel Condorcanqui, a quien conocemos como Túpac Amaru II. Al igual que sus demás parientes, Juan Bautista también fue capturado después de que las fuerzas virreinales se impusieron a la rebelión en 1781; aunque a él no lo mataron. A Juan Bautista lo castigaron con el exilio, de tal modo que fue enviado a España y de ahí a la colonia penal que esta Corona tenía en el norte del África: la ciudad de Ceuta. Permaneció en Ceuta durante varias décadas hasta que en 1822 consigue su liberación y se embarca a América. Llega a Buenos Aires, donde el Gobierno le brinda una pensión vitalicia y vivienda, a cambio de escribir sus memorias, cuyo título es El dilatado cautiverio. Gozó de esta vida en paz y dignidad durante cinco años. Fallece a los 80, sin jamás volver a su Cusco natal.

-Hagamos historia. Estrictamente. ¿Qué papel jugó en la rebelión de su hermano José Gabriel Condorcanqui/Túpac Amaru II?

-Para conocer el pasado de alguien, podemos aprovechar la versión que nos relata y, a su vez, atender a cuanto nos brindan los testigos de su vida. Esto también se puede ensayar con Juan Bautista: él declaró en sus memorias y sus cartas que no tuvo una participación en la rebelión que lideró Túpac Amaru II; sin embargo, en el proceso judicial que las autoridades virreinales elevaron en su contra, seis vecinos refieren que lo vieron cargar un arma (no que disparó) o alistar las monturas (no cabalgando) o preparar la carpa para su hermano (no descansando como él). Más allá de intenciones u omisiones, estos recuerdos no se contradicen, sino que se complementan: de acuerdo con sus palabras y las ajenas, Juan Bautista nunca fue un protagonista del gran levantamiento indígena, a veces fue un mero actor secundario y, por lo general, un figurante que daba asistencia y hacía mandamos. ¿Qué papel jugó en la rebelión? Sobrevivir a ella, aguantar las consecuencias en un tormento tras otro y, a la postre, contar lo sucedido. Juan Bautista hace palabra con lo vivido, lo cual es esencial para la memoria de los pueblos.

-Fue injustamente penalizado y recluido en esta especie de presidios en diversos continentes. Tu defines este exilio como “transoceánico” ¿Por qué?

-Suelo decir, además, que Juan Bautista es un individuo multinacional en un tiempo prenacional. En 1781, cuando lo sentencian, y unos años después, cuando lo exilian en Ceuta, ninguna de las naciones de Sudamérica existía; para entonces, su identidad es la de cusqueño. A su regreso al continente, en 1822, su visión se amplía a la de sentirse americano. Todavía no se ha conformado la Argentina, el Gobierno que lo apoya es el de Buenos Aires, e incluso en el Perú faltarán las batallas de Junín y Ayacucho para asegurar la independencia. Es un hombre bisagra entre dos tiempos: el virreinal y el republicano; además, alguien que pasa de una mentalidad colonial a otra de libertad como quien se despierta de un estado de coma, aquel cautiverio que se dilató en una península del África.
También es un hombre entre océanos, transoceánico, pues es embarcado en la costa del Pacífico para surcar hacia el estrecho de Magallanes y seguir hacia el noreste por el Atlántico. La experiencia del siglo XXI nos enseña que un viaje del Callao a Madrid demora doce horas, ni siquiera un día. El de Juan Bautista tomó meses en que murieron personas que amaba. Su paso de un océano a otro fue el aprendizaje del luto y la inminencia de la soledad.

-Sobrevive al exilio a 40 años de cautiverio, es decir, no lo matan, sin embargo, vive una muerte simbólica absolutamente cruel: encadenado, eventualmente delicado de salud. Podríamos decir que toda esta cruenta experiencia lo motiva a escribir sus memorias.

-Enfermo desde que lo sacaron del Cusco y encanado en el viaje del exilio; además, preso en Cádiz. En Ceuta, por el contrario, le dieron una pensión para su subsistencia, le asignaron un lugar para vivir y consiguió un huerto donde cultivar sus alimentos. Además de sus alimentos, cultivó la amistad de otros desterrados y presos políticos de España y América confinados en ese norte del África. Aquellas décadas no son tras las rejas, sino otra forma de reclusión: entre la costa del Mediterráneo y las murallas de la ciudad, muy lejos de su tierra natal. Y sí, esta forma de castigo y extrañamiento lo motivó a contar su historia: primero con una carta al rey de España en 1814, con la súplica de su liberación (no tengo constancia de respuesta alguna), y después con otra al ministro del Gobierno de Buenos Aires en 1822, en que amplía la relación de sus padecimientos. Esta última correspondencia es respondida y avalada con un decreto, que compromete a Juan Bautista en la escritura de sus memorias. El dilatado cautiverio fue hecho por encargo, con su autor instado a recordar para gozar de manutención y vivienda; sin embargo, era una tarea para la cual Juan Bautista parecía listo por sus comunicaciones anteriores y deseoso de emprender para dejar, por fin, un testimonio vital.

-En plena celebración del Bicentenario. ¿Qué valor tienen sus memorias a nivel histórico, estético?

-Años después, cuando miremos hacia atrás el Bicentenario, recordaremos que fue un tiempo de conmemoración nacional en medio de una pandemia; que, en vez de una plenitud celebratoria, imperaba el confinamiento, esa forma de estar lejos de los demás y permanecer lo más recluidos posible. Este el contexto en que El dilatado cautiverio de Juan Bautista se torna ejemplar: es el recuento de un individuo sencillo y desconocido, por lo general, que lleva la capacidad de aguante a los límites de la cualidad personal; una persona que se pasó décadas en un perímetro infranqueable y que nunca pudo despedirse de quienes más amó: su madre y su esposa, capturadas también a consecuencia de la rebelión, mueren lejos de él. Entonces, el testimonio de Juan Bautista es un espejo para ver desde el pasado el presente.

Por otro lado, El dilatado cautiverio ofrece pistas para entender con mayor profundidad el levantamiento de Túpac Amaru II en clave continental y para confirmar que las tensiones de la sociedad peruana, desde lo cultural a lo étnico, desde lo lingüístico a las creencias, están desde los orígenes; somos tarea pendiente. Finalmente, entre las muchas voces con que se expresa Juan Bautista en sus memorias, pues a veces es solemne y épico o didáctico y acusador, destaca el tono confesional con que rememora sus anécdotas; con las más tristes nos desafía a pensar desde la piedad y la solidaridad, con las más alegres nos invita a creer siempre en la potencia de la amistad.

Periodista y fotógrafa. Siguió la carrera de Comunicación Social y Periodismo Económico. Laboró en los diarios La Voz, Síntesis, Gestión y en la revistas Oiga. Desde el 2010 labora en Lima en Escena.