La literata y educadora Sheridan Medina comenta sobre el poemario Wañuq (Hipatia, 2025) de Yana Wayta (Andrea Orduña)
Cuando se escribe se hace desde la falta, decía Cristina Peri Rossi (1996)*. Una escritura que nace de la conciencia de la existencia incompleta, del desajuste y del deseo, lo que Doris Moromisato (1998) llamaría “estado de melancolía” (p. 62)**. Una condición de melancolía por lo que no se es, por lo que está ausente. Desde la ausencia y el duelo, Yana Wayta, seudónimo de la poeta cusqueña Andrea Orduña, explora en Wañuq (2025) el tránsito que implica el descubrimiento y la afirmación de su identidad: ser mujer, andina y migrante.
Una de las principales exploraciones del libro gira en torno a lo que significa ser mujer. Hay un componente fatalista sobre ello, un lamento distinguible en varios poemas. En “Nosotras” se lee sobre la madre: “Había entendido / la muerte de mis privilegios / al concebirme.” (p. 11). Más adelante, en “La infertilidad de mi madre”, se dice: “Ser hija / es creación de algún dios errado.” (p. 13). No se trata de un rechazo a la propia condición, sino de la conciencia de que lo femenino se configura como un territorio de pérdida impuesto desde afuera. Esa herida se acentúa cuando se cruza con la identidad andina. En “Wañu”, la imagen de la “sierra desdeñada, la podredumbre que no se ve / y la impureza en nuestra lecha materna.” (p. 35) lo confirma: la herida no es individual, sino social.
En “Ser”, la voz poética construye su identidad desde la afirmación de su andinidad: “porque soy serrana ignorante y el dios / que sabe de capital y realidad / se negó a aprehenderse de mis entrañas.” (p. 19). La oposición capital/Ande no es únicamente espacial, sino simbólica: la capital concentra a dios y la “realidad” oficial, mientras que el Ande aparece nombrado como ignorancia —una etiqueta impuesta desde afuera—, que el poema subvierte y convierte en una forma de saber vital y corpóreo. Más adelante, en el mismo poema, se lee: “No es mía esta finalidad. / Aquellos a quienes este mundo silencia / nos gozamos de lo marrón en las pieles para sentirnos tierra / y al alzar la vista al claro cielo, / al árbol que apremia la belleza / y el silencio.” (pp. 19-20). La voz que primero escala a la denuncia sitúa en la marginalidad a quienes portan lo marrón en la piel, aquellos a quienes “los otros” condenan al silencio.

Esta dicotomía Ande/ciudad, a partir de la cual se afirma la identidad de la voz poética, se construye desde la experiencia migrante, expresada en una retórica que retoma los dos campos referenciales señalados líneas arriba. En “Diálogo gris”, la voz interpela al “Cielo central”: “Te culpo, / en tu seno mi marrón se volvió grisáceo. / Escribiré el manifiesto de mi conversión / y reiré / ante tu escaso cadáver.” (p. 23). La réplica poética describe la niebla del desarraigo: “No despertarás el desdén de mi niebla / que ocupa sus penumbras al letargo / de los errantes abrazados a la nada.” (p. 23), donde el “errante” encarna la escena migrante.
Para este tópico, la voz poética asume un tono distinguible de desarraigo y denuncia desde la colectividad. Así, en “Del sur”, el dolor personal se transforma en memoria histórica, y la voz singular cede paso a un nosotros declarativo y comunitario: “En nuestra inmensidad silvestre / adoramos el agua / y nos la quitaron…” (p. 47). Aquí, entabla diálogo con la tradición andina que la antecede. El epígrafe del libro es una cita de “Llamado a algunos doctores” de Katatay*** de José María Arguedas; asimismo, en “Tayta”, la autora hace una invocación al padre, en un gesto paralelo a la invocación de Arguedas en “A nuestro padre creador Túpac Amaru”: “Y le pregunto: / ‘¿Qué lluvia dejaremos ante el mundo / si las olas han detenido el movimiento / y el viento se encuentra ante suciedades? / ¿Acaso usted, padre, / podría darme un poco de cobijo?’” (p. 59). Un lamento que parte de la conciencia colectiva del nosotros y culmina en la afirmación del yo poético desprotegido.
En Wañuq, la voz poética explora su identidad a través del dolor, de la ausencia y, sobre todo, de la muerte, que funciona como hilo cohesionador del libro. Desde el inicio, en “Altamar”, la muerte late como premonición: “A razón de la existencia, / temo y lloro seguido, / consiste en la premonición del dolor […] La muerte nunca fue tan simple / ni el lamento incesante de vivir” (pp. 9-10). En “12:55 a. m.”, la voz poética se afirma en ella: “Y cuando no escribo de la muerte / pienso en ella. / Y cuando no pienso en ella / la ejerzo.” (p. 29). Sin embargo, el cierre del poemario abre otra posibilidad. En “Premonición”, se sugiere una protección extraña, una aceptación que no anula el dolor, sino que lo integra. La experiencia de la pérdida se vuelve, a la vez, aprendizaje y sostén: “Como si por primera vez / tuviera encima una protección incolora / procedente de la muerte; / y es que, aunque he visto / la caída eterna de un pino / —triste premonición—, / he obtenido la sorpresa / de que nada cae sin impulso vivo / y que tal vez / la madera / (sostén de esta hermosa figura) / prevalezca al impacto final.” (p. 63). Así, el poemario plantea un tránsito desde la resignación por la muerte hacia una reconciliación con la vida.
Wañuq articula lo existencial (la vivencia del dolor y de la muerte), lo social (la respuesta a la vulneración en la migración) y lo cultural-político (su reafirmación de la cosmovisión andina). Apuesta por un habla que alterna el registro íntimo con la denuncia colectiva; el uso de la primera persona convive con un nosotros que recupera la dimensión comunitaria de las heridas andinas y migrantes. La escritura asume aquí un valor político: nombrar la herida es un acto de memoria y una forma de resistencia.
* Riera Font, M. (1996). Cristina Peri Rossi: Médium de sí. Quimera: Revista de literatura, 151, 15-25.
** Moromisato, D. (1998). Estado de melancolía. La otredad en la escritura. En M. Robles (Ed.), A imagen y semejanza. Reflexiones de escritoras peruanas contemporáneas. Fondo de cultura económica.
*** Arguedas, J. M. (1972). Katatay. Instituto Nacional de Cultura.

Sobre Sheridan Medina. Es licenciada en Literatura por la Universidad Nacional Federico Villarreal, magíster en Educación por la Universidad San Ignacio de Loyola y cuenta con estudios de maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, así como con una especialidad en “Estudios sobre violencia por razones de género contra las mujeres”, otorgada por Clacso. Su investigación se enfoca en la poesía peruana del siglo xx, particularmente en las poéticas migrantes andinas y la escritura de mujeres.
Sobre Yana Wayta. Escritora, artista, gestora cultural y abogada con enfoque en estudios de género, derechos humanos y derecho internacional. Nacida en Cusco, escribe bajo el seudónimo Yana Wayta (en español, ‘flor negra’). Ha sido incluida en las muestras y antologías de poesía Lo que quiero es que imaginemos un paisaje de acuarelas, La tentativa de sentir y Esa casa existe. Como artista, ha participado y organizado diversas muestras interdisciplinarias y expuesto su obra en el Museo de Arte Contemporáneo del Cusco. Wañuq (2025) es su primer poemario.











