Una, ojo, una de las razones por las cuales la periodista y escritora Mercedes Luna escribió el libro Holocausto asháninka es para: “darle voz a una comunidad para que, juntos, podamos impulsar una agenda política que ponga la mirada del Estado sobre una comunidad que continúa sobreviviendo y resistiendo frente al avance inmensurable del narcotráfico, las mafias y la minería ilegal”. Razón de sobra para charlar con ella en la presente interviú
En lo más profundo de la selva central del Perú, un pueblo indígena fue arrasado por el olvido, la violencia y el terror. Holocausto asháninka, relata con crudeza el drama de una comunidad ancestral que enfrentó, sin preparación alguna, el avance despiadado del terrorismo de Sendero Luminoso durante los años más oscuros del conflicto armado interno. En este título, Mercedes Luna nos sumerge en el corazón de un holocausto no contado en el que parte de la población asháninka fue exterminada y cuyos sobrevivientes nos dieron una lección de resistencia, memoria, fe y que durante exterminio se negaron a dejar de existir. Sobre este y otros puntos afines, Lima en Escena charló con la periodista y escritora Mercedes Luna.

-Mercedes, permíteme empezar esta entrevista con una pregunta recurrente. ¿Qué te motivó a realizar tus investigaciones, recoger testimonios de sobrevivientes en las comunidades amazónicas y posteriormente escribir Holocausto asháninka, tu ópera prima?
-Le atribuyo esa responsabilidad a mi sentido de empatía y a mi indignación como peruana. Esta historia me eligió el día que visité, en mi época universitaria, la exposición fotográfica «Yuyanapaq», que documenta, a través de un banco de imágenes, la barbarie del conflicto armado interno. En ese momento conocí el impacto del terrorismo en la selva central y en la comunidad asháninka. Al ver las fotografías de niños huérfanos y de religiosas recogiendo a nativos violentados que huían de campamentos senderistas, me surgieron muchas dudas que no pude resolver, pues encontré muy poca información al respecto. Así que decidí anotar algunos datos de esos niños y, con mochila en mano, fui a Puerto Ocopa a buscarlos. Quería saber si seguían vivos y cómo se desarrollan actualmente dentro de sus comunidades.
-Si hacemos una revisión de nuestra historia, el terror y exterminio de las comunidades amazónicas no es reciente. Antes de la destrucción de la población asháninka en manos de Sendero Luminoso en la época de la fiebre del caucho masacraron a un número considerable de indígenas amazónicos. ¿Cómo cambiaron estas violencias y exterminios hasta llegar al Holocausto asháninka?
-La violencia contra los pueblos amazónicos tienen un punto de partida con procesos de dominación, explotación y despojo. Lamentablemente la selva ha sido históricamente ignorada por el estado, convirtiéndola en una población vulnerable. Desde la época de la fiebre del caucho, los mecanismos y objetivos de la violencia fueron transformándose. Las empresas caucheras y los patrones establecieron sistemas de trabajo forzado, esclavitud y terror para explotar a los nativos, con el fin de obtener mano de obra y extraer riquezas. Décadas después, Sendero Luminoso ejerció una violencia con un propósito político e ideológico. Secuestró comunidades enteras y las desplazó forzosamente a campamentos de concentración para someterlas a un adoctrinamiento. Su objetivo era transformar o eliminar las formas tradicionales de organización y vida asháninka en nombre de un proyecto revolucionario. En ambos casos, la esclavitud, la tortura y la muerte formaron parte de un sistema que diezmó a la población nativa. Sin embargo, el holocausto asháninka representó una forma particularmente extrema de violencia, pues no solo atentó contra la vida de miles de personas, sino también contra las bases sociales, culturales y la cosmovisión que sostenían a las comunidades nativas.

-Dado que estás violencias ejecutadas en nuestras comunidades amazónicas no se asumen con interés de parte de los gobiernos de turno a través de la historia. ¿A qué le atribuyes el abandono estatal?
-Existen muchos factores, pero diría que principalmente la visión centralista del país, que históricamente ha considerado a la Amazonía como un territorio periférico. La toma de decisiones del Estado se concentra en Lima, lo que ha generado una desconexión con la realidad de estas comunidades. Además, del acrecentamiento de las brechas sociales, de salud y educación. Muchos de los jóvenes asháninkas no terminan la educación escolar porque en sus comunidades solo hay pequeñas instituciones educativas de nivel primario. Tener que llevar educación secundaria implicaría movilizarse a Puerto Ocopa y, lamentablemente, no hay sustento económico para hacerlo.También la tasa de mortalidad es alarmante entre los nativos, pues en comunidades alejadas la única herramienta que tienen para enfrentar enfermedades o accidentes es un botiquín comunal donde apenas encontrarás un termómetro, gasas, alcohol y unas cuantas pastillas de amoxicilina. Asimismo, la falta de institucionalidad es otro factor importante, hay una débil presencia de instituciones estatales para proteger los derechos de los nativos frente a actividades ilegales. Lo cual permite el auge de economías ilícitas y el asesinato de lideres indígenas. Entonces, aún hay una deuda histórica pendiente que el Estado todavía no enmienda.
-La publicación del libro Holocausto asháninka busca visibilizar las condiciones de desigualdad en la selva central y promover el reconocimiento de los derechos de estas poblaciones. Dado que en esta última década fueron asesinados líderes indígenas. ¿Algo se avanzó en el resguardo de las comunidades asháninkas?
-Todavía el escenario es de incertidumbre y supervivencia. Sabemos que actualmente esta comunidad no sólo enfrenta el avance del narcotráfico y la minería ilegal que está instaurada en la selva central. Los líderes defensores de la territorialidad y derechos de las comunidades que denuncian estos hechos no son escuchados por las autoridades. Como fue el caso de Santiago Contoricón, quien en nuestro último encuentro me relató su esfuerzo por colocar tranqueras en las vías de su comunidad, para evitar que, durante las noches, ingresaran camionetas transportando cargamentos de droga y estableciendo nexos con jóvenes asháninkas que muchas veces aceptaban convertirse en mochileros. Lamentablemente Santiago fue asesinado en la puerta de su casa. Tras su muerte, la comunidad convocó una protesta y un bloqueo de carretera. Sin embargo, este hecho terminó con la judicialización del líder Fabián Antúnez Camacho, quien fue acusado de secuestro durante las manifestaciones. También está el caso del líder Ángel Pedro Valerio, quien fue investigado por denunciar presencia de narcotraficantes en su comunidad. Ello evidencia una problemática de criminalización de líderes ambientales que, lamentablemente, obstaculiza la protección y el resguardo de las comunidades asháninkas.

– Hablemos de las mujeres asháninkas víctimas. A ellas la sometieron al trabajo forzado, adoctrinamiento, violaciones y muerte, sin embargo, algunas sobrevivieron. ¿Cómo ha sido todo este transitar a lo largo de los años de víctimas como María Chávez, Lidia y Mirla?
-Uno de los escenarios más duros es escuchar los testimonios de mujeres como María, Lidia y Mirla, todas víctimas de la barbarie. El caso de María es el más impactante porque permaneció secuestrada por más de 20 años y, durante ese cautiverio, conoció a Lidia. Ambas se encontraban aisladas en campamentos senderistas, sometidas a trabajo forzado, adoctrinamiento ideológico y violencia. Cumplían un rol doméstico y agrícola mientras sobrevivían al hambre y a las amenazas de muerte. Sin embargo, la fe de ambas por sobrevivir y volver a sus comunidades fue el motor de su resiliencia. Algo que quizás no pudo canalizar Mirla, ya que al momento de su captura era solo una niña de seis años que no comprendía su entorno. Ella vio a su madre apagarse lentamente por el hambre, vio a su padre ser desplazado a otro campamento y quedó huérfana bajo el cuidado de María. Mirla tuvo que aprender a sobrevivir por instinto humano hasta que fue rescatada por su padre. Pero el sufrimiento de estas mujeres no acabó cuando fueron rescatadas, porque tuvieron que aprender a vivir con la destrucción de sus vínculos familiares. Luego del cautiverio, tuvieron que reconstruir lo que quedaba de su comunidad y rehacer sus vidas en medio de la pobreza. Recuperaron sus actividades y trabajaron por recuperar su cultura en la comunidad. Dentro de este proceso de reconstrucción existe también una búsqueda de memoria y justicia. Al compartir sus testimonios, no solo buscan narrar el dolor vivido, sino también dar a conocer a la sociedad peruana lo que sucedió y lo que continúa afrontando en la comunidad, donde parece que la justicia jamás llegará.
-Finalmente. ¿Cómo calificaría el tema de la resistencia, esperanza y fe del pueblo asháninka frente a este genocidio durante la Guerra Interna?
-Este es un punto importante cuando hablamos del Holocausto Asháninka. Cuando llegué a Puerto Ocopa, no sabía a lo que me iba a enfrentar. Lo único que conocía era la pérdida de más del 10 % de la población asháninka a manos de Sendero Luminoso, datos que pudieron ser recogidos por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Uno creería que sobrevivir a un hecho como este tendría como resultado una comunidad fraccionada. Pero es todo lo contrario. Encontré una comunidad unificada que ha logrado reconstruirse desde la memoria, la fe y la resiliencia. Una comunidad hospitalaria que, pese a sus heridas, te acoge en su hogar y comparte sus conocimientos espirituales y sus vivencias. Encontré también a un pueblo que acude fervientemente a misa los domingos, con una fe intacta en la Misión Santa Teresita, la única institución que les brindó ayuda en los momentos más difíciles y que continúa haciéndolo hasta hoy. Pero, sobre todo, encontré una comunidad que espera ser visibilizada, porque aún existen muchas deficiencias en el acceso a los servicios públicos. Con ese único objetivo escribí esta historia: darles voz para que, juntos, podamos impulsar una agenda política que ponga la mirada del Estado sobre una comunidad que continúa sobreviviendo y resistiendo frente al avance inmensurable del narcotráfico, las mafias y la minería ilegal.











