Dos casas fundamentales de la literatura latinoamericana han vuelto a abrir sus puertas ante las cámaras. El pasado 29 de abril Prime Video estrenó la serie ‘La casa de los espíritus’, mientras que Netflix prepara para agosto la segunda temporada que le dará un cierre a la serie ‘Cien años de soledad’. La coincidencia devuelve a la pantalla dos sagas familiares que eligieron un espacio doméstico para contar algo mayor: la historia de un continente


Escribe: Lorena Bancayán
Familias latinoamericanas
Estas familias retratan el espejo de la condición humana a través de la ficción, pese a utilizar el recurso del realismo mágico. En estas novelas, la casa no protege a sus habitantes del país. Lo contiene. Las guerras alteran la mesa, la desigualdad decide quién puede atravesar una puerta y los muertos permanecen allí porque nadie ha terminado de escuchar lo que dejaron flotando como parte de su legado.
La casa de los Buendía nace junto con Macondo. Al principio recibe inventos, viajeros y niños; después, guerras, capital extranjero y una masacre que el poder ordena olvidar. Úrsula Iguarán la sostiene mientras las generaciones repiten nombres y errores. Cada cuarto que abre intenta prolongar una familia que ya comienza a extraviarse dentro de su propia historia.
Cuando este espacio termina entregado al polvo, Macondo aparece sin memoria. Sus paredes siguen una cronología distinta de la oficial: conservan las huellas de aquello que el pueblo aceptó negar.

En La casa de los espíritus, la historia de un país también puede leerse desde los cuadernos de anotar la vida de Clara Trueba, donde el día a día, los afectos y las presencias invisibles quedan registradas sin jerarquías. Desde esa escritura, la hacienda Las Tres Marías aparece no solo como el origen de la fortuna de Esteban, sino como el espacio donde se inscriben las primeras violencias que luego marcarán a toda su familia.
La tensión en el ámbito familiar se adueña de la casa de la esquina. Esteban intenta fijarla como monumento de su apellido; mientras Clara, en cambio, la convierte en un lugar de tránsito para recuerdos, visitas y espíritus, anotando lo vivido sin repetir nombres ni imponer un orden único. Él construye para imponer una forma y ella escribe para que las voces permanezcan.


Retomar orígenes
La nueva serie de Prime Video corrige una distancia evidente. «La casa de los espíritus» llegó al cine en 1993 como una producción en inglés, con un afamado elenco internacional que diluyó su contexto. La historia se mantuvo, pero perdió esencia y precisión: el conflicto social, la mirada femenina, el vínculo entre vida privada y violencia política quedaron atenuados.
La versión de 2026, filmada en Chile y hablada en español, recupera ese marco. No es solo una cuestión de idioma, sino de ubicación: la historia vuelve a situarse donde ocurre y eso le da profundidad. Además, Isabel Allende participó como productora ejecutiva, lo que refuerza la fidelidad al espíritu original de la novela, a sus matices históricos y emocionales.
Algo muy similar ocurre con ‘Cien años de soledad’, que ha sido rodada en su totalidad en Colombia, bajo la supervisión de la familia de Gabriel García Márquez. Quienes han acompañado de cerca el desarrollo de la serie, revisando el proceso de adaptación para asegurar una representación fiel de la historia y de su puesta en escena, reconstruyendo así el espacio donde lo extraordinario forma parte de la vida cotidiana sin necesidad de explicaciones.
Reflejo de lo que somos
Volver a estas novelas, a su lengua y a su territorio implica también devolverles la memoria que las sostiene. Alba reconstruye la historia de los Trueba a partir de los cuadernos de Clara. Aureliano Babilonia comprende el destino de los Buendía cuando descifra los manuscritos de Melquíades. En ambos casos, alguien debe leer lo que quedó escrito antes de que la casa desaparezca o el poder imponga su versión.
Ese gesto enlaza ambas novelas con sus nuevas adaptaciones. Llevarlas a la pantalla no consiste solo en levantar Macondo o la gran casa de la esquina, sino en recuperar aquello que esos espacios guardan: la tierra distribuida como privilegio, la violencia transmitida entre generaciones, las ausencias que una familia aprende a incorporar sin nombrarlas y las mujeres que recogen lo que otros dejaron caer.
Latinoamérica aparece entonces como una casa con grietas y matices. Una casa que habitamos, pero que no elegimos. Cada generación mueve los muebles, ocupa otros cuartos y cree inaugurar una vida distinta, aunque bajo la pintura persistan las marcas anteriores.
Quizá por eso los Buendía y los Trueba todavía nos conciernen. No porque sus casas se parezcan a las nuestras, sino porque en ellas vemos el reflejo de una sociedad que nos marca: una realidad nacional atravesada por desapariciones, gobiernos totalitarios, hambre y muerte. El reflejo de lo que somos está ahí, en esas páginas.












