Fiorella Terrazas: “Nuestras identidades son migrantes: Lima es andina, es inca”

Nuestra invitada de hoy es la poeta queer y transfeminista Fiorella Terrazas cuya escritura cruza literatura, performance y activismo desde una mirada ciberfeminista. Fotos: Nada Colectivo/Beatriz Cerrón

 Leemos a Fiorella Terrazas, según sus propias palabras: ciberfeminista, desde hace un puñado de años. Desde mi primera lectura sentí ese temple, esa sinceridad lírica manifiesta en sus poemas cuyo corpus sin adornos, ni disfuerzos, nos ofrece un paneo crítico de los entornos por los cuales transita. Lo social, lo político, el activismo, la vulneración de las minorías diversas, pasando por la urbe capitalina, entendiéndose por ello los distritos populosos de la ciudad capital en los cuales vivió y bebió toda su cultura. El buen manejo de elementos de la cultura popular enriquecen cada uno de sus poemas que al leerlos sentimos su contundencia, su vitalidad.  Hace algunos meses coincidimos en un evento y con la generosidad que le caracteriza nos entregó su reciente libro Cyberwitch (Madrépora, 2025), título que tomamos como pretexto para la presente interviú.

 -Fiorella, permíteme empezar nuestra interviú por el poema “En mi país no se va el olor a asesinato”. En este reflexionas abiertamente sobre los muertos de Dina, por ejemplo. ¿Por qué la poesía, tu poesía va de la mano con las problemáticas sociales?

-Así es, lo personal es político. Y para mí resulta inevitable —y necesario— nombrar, desde el lenguaje de la poesía y la literatura, las heridas sociales que vive mi sociedad. Mi barrio, el lugar donde crecí, donde estudié y jugué de niña. Creo que eso, para quien escribe, es algo que no se puede separar de la pluma. Los poemas son reflexiones abiertas frente a los crímenes cometidos durante los gobiernos de Dina Boluarte y Alberto Fujimori. Para que eso no se olvide jamás.

-Me parece relevante este mapeo poético de la muerte. Partes de Lima, pasas por Ayacucho. ¿Qué implica crear desde una mirada crítica a lo que acontece a tu alrededor?

-El Sur andino ha cargado con una violencia profunda y sostenida. No hace falta buscar demasiado: los hechos están documentados, en libros y en pantallas. Yo vengo de una familia migrante chalhuanquina. Apurímac está ganando mayor visibilidad hoy en día, y eso me alegra. Porque durante mucho tiempo el Sur andino ha sido marginado —política y culturalmente— de maneras que duelen. Lima ha mirado hacia otro lado cuando se trataba de sus compatriotas del sur. Por eso la mirada crítica tiene que habitar los poemas. Ese registro de la pérdida y la muerte ya empieza a volverse visible en la literatura: hay poemarios publicados entre 2024 y 2025 que así lo atestiguan.

-Tu escritura esta desprovista del adorno, de los disfuerzos, todo lo contrario, nos permite sentir el activismo, la militancia y la desconformidad frente al caos político, medioambiental local y global, a la violencia de los sectores más vulnerables, de la autora. ¿Poesía y activismos van de la mano?

-Sí. La poesía es el lenguaje de quienes han sido silenciados. Nuestras identidades son migrantes: Lima es andina, es inca, y hay libros que lo sostienen. El arte nace de la inconformidad, como ocurre en Cuba, donde la precariedad ha generado una poesía riquísima y un arte que ha trascendido fronteras. En Perú, lo andino y lo amazónico ha sido apropiado y comercializado desde una lógica que no responde a las comunidades de origen. Por eso el activismo camina junto al antirracismo, y ese trabajo educativo merece reconocimiento, especialmente el arte hecho por mujeres en toda su diversidad, en estos tiempos de tanta violencia.

 – La cultura cyber y toda la parafernalia que ello implica están inherentes en tu nutrida producción poética. ¿Cuáles son los grandes cambios que ha experimentado la literatura, tu literatura poética a partir del surgimiento de la tecnología?

-Soy hija del internet. Conocí el ciberespacio a los 10 años y desde entonces ha vivido dentro de mí como una segunda piel. Como soy tímida, y la socialización del mundo tangible fue algo que aprendí despacio y con cuidado, mis primeras conversaciones verdaderas tuvieron sabor a pantalla: mi historial es mi memoria, mi archivo, mi voz más honesta. Creo que el ser humano ya ha llegado a una etapa que podría llamarse cybersapiens, como sugiere Donna Haraway en su Manifiesto Cyborg. Reconozco el privilegio de haber tenido acceso a internet desde temprano, y por eso abrí blogs que fueron pequeñas ventanas abiertas al aire, primero en la adolescencia, luego en la universidad, porque había palabras que necesitaban salir. Hoy, a nivel editorial, es importante reconocer que aquellas ideas siguen latiendo en nuestro presente.

 -Otro atractivo, otro punto relevante en todo el andamiaje de Cyberwitch, es este rico tejido con un sin número de elementos de la cultura popular: desde la música hasta un paquete de galleta Coronita. ¿Hasta qué punto es vital en tu proceso creativo echar mano a estos elementos?

-Son los elementos populares que crecen en la piel de una niña de San Juan de Lurigancho o El Agustino. Las golosinas y los pequeños vicios son mi reconciliación con esa niña interior, a quien nunca arrancaré de mis escritos: siempre escribo desde ella, con su mirada, incluso en esta vida adulta. Como quien vuelve siempre al mismo patio, sigo buscando las aulas, aprendiendo literatura en las universidades que abren sus puertas. Hoy esas dulzuras se encuentran en el Mass, esa tienda popular que ha florecido en la capital. Pero para mí siguen sabiendo al kiosco del colegio nacional donde estudié, donde todo era más pequeño y más nuestro.

 -Finalmente. Este culto a la basura me parece una genialidad. Es la radiografía de vida de quien escribe Cyberwitch. ¿Cómo surgió “Yo pertenezco a la basura”?

-Es una realidad que hay que nombrar. Las calles de San Juan de Lurigancho cargan un abandono que duele, y eso debería pesar en la conciencia del alcalde: los propietarios pagamos arbitrios, tributos destinados a servicios que no llegan con la dignidad que merecen. Los cerros de Lurigancho lo saben mejor que nadie. Por eso ese poema nace de ahí, de ese dolor reconocible, de una identidad que ha crecido entre el polvo y la humedad, entre la belleza áspera y la herida abierta del cono. Nombrarlo también es un acto de amor.

Sobre la autora

Fiorella Terrazas /FioLoba/ (Lima, 1990) es una poeta queer y transfeminista que explora la hibridez entre la sensibilidad otaku, el lenguaje tecnológico y la crítica social. Es autora del poemario bilingüe Cam Girl & Other poems (Dulzorada Press, EE.UU., 2021) y de las plaquetas Dejo cabellos en los bares (2013), Espinosza (2015), Hedores (2017) y Los tratados de la perdedora (2017, 2020). Su propuesta cruza literatura, performance y activismo desde una mirada ciberfeminista.