Carolina O. Fernández: “La poesía es el espacio en donde mora la libertad”

Lima en Escena charló con la poeta, escritora y profesora universitaria Carolina O. Fernández, autora del poemario No queremos cazar la noche (Hipocampo Editores, 2019)

Precisamente sobre este interesante y nuevo título de la autora, la académica argentina Ana Peluffo señala: “interpelada por la realidad oscura y distópica de los feminicidios, la racialización de la pobreza, la discriminación y el acoso, Carolina O. Fernández construye un corpus poético feminista; ahí la sororidad, las alianzas entre cuerpos y el ecologismo ambiental se convierten en zonas de resistencia contra los colonialismos…”

Al respecto Lima en Escena entrevistó a la escritora.

-Carolina… ¿Por qué resistirse desde lo poético?

-En realidad, la organización de un libro con contenido poético no es algo que me proponga de manera tan organizada y racional, ya que escribo según todo aquello que me conmueva, que me interpela, que toca mi piel y las entrañas; pero también es un acto que disfruto, un acto lúdico, ya que juego con las palabras, las descubro; exploro las formas de expresión e invención.

Todo esto conjuga con mi experiencia personal y la experiencia colectiva en diferentes espacios y tiempos. Y así como la mayoría de las peruanas y peruanos ha aprendido a supervivir en medio de grandes privaciones, no solo materiales, a través de la música y la danza; otros lo intentamos desde la poesía. Para mí, la poesía continúa siendo el espacio en donde mora la libertad. Es un acto de supervivencia en la exploración y comprensión de una misma, en la exploración de un lenguaje otro en la búsqueda de otras maneras de existir y convivir.

Hoy se me hace imposible cerrar los ojos y los oídos ante el sufrimiento, ante la desaparición y la muerte de tantas niñas y mujeres, ante un poder que destruye la vida de miles de habitantes y de una maquinaria de muerte, un capitalismo salvaje que apaga la vida de los bosques, de los ríos, de las montañas, de sus habitantes no humanos. Escuchar esas voces es escuchar también mi voz interna, es explorar y tratar de nombrar lo que se lleva dentro, es descubrir que el poder coloniza, subyuga nuestras vidas, nuestra intimidad y nuestra casa mayor: el planeta que habitamos, nuestra única casa. Todo esto me interpela porque lo siento en carne propia. Escribir es un acto de sanación.

-Hay un breve tributo al poeta Enrique Verástegui, a la gran cantautora y activista afroamericana Nina Simone, entre otras y otros personajes más. Tu poesía establece un vínculo con la política, el activismo, la música…

-Es verdad, hay un tributo a nuestro querido poeta Enrique Verástegui que coincidió con su fallecimiento, las movidas de los chalecos amarillos en Francia y mi aprecio y admiración de la poética de nuestra querida Carmen Ollé. En aquel aciago momento recordé a Enrique, como lo recuerdo ahora, cantando su himno a Julia Kristeva. En algunas ocasiones conversamos sobre ella y sobre literatura, él le tenía una gran admiración como le tengo yo; guardo un gran aprecio por sus importantes aportes a la semiología y al feminismo de la diferencia. Y también una común y gran admiración a Nina Simone. Encuentro en los tres dos cuestiones compartidas: una poderosa energía y la originalidad en el lenguaje, en la sonoridad y musicalidad de sus versos y, también, en el cuestionamiento simbólico al poder, el meollo de los esplendores y miserias de la condición humana. Y si, desde esta mirada, el arte, la poesía es un acto político.

– Arenas, desiertos, mares, montañas, piedras, ríos, elementos que van demarcándose en gran parte del libro. Seres vitales presentes también en el corpus del mismo…

-Dices bien, son seres vitales. La composición humana y no humana los contiene. Sin ríos, sin tierra, sin desiertos, sin mares, sin bosques no existimos. Nuestras vidas están marcadas por los andes, los ríos, el mar, me siento parte de ellos. Un lector me comentó sobre la personificación del río y otros seres en algunos de mis textos. Este sentir y aprendizaje vinculado a la poesía viene del lado materno. Mi mamá es de Ancash y nos enseñó a amar y a respetar la naturaleza, recuerdo que cuando niña, si se caía un grano de arroz, de maíz, de quinua o cualquier otro, lo teníamos que recoger porque nos decía que son seres que sienten, ella reprodujo lo que le enseñó mi abuela.

Lo mismo con los ríos, los pájaros, los animales y el especial cuidado de las plantas. Para mí fue muy conmovedor conocer, más tarde, que Arguedas da cuenta de algo semejante cuando rememora que siendo niño encontró en un páramo andino una solitaria y pequeñísima planta de maíz a punto de morir y que llorando recorrió varios kilómetros para llevarle un poco de agua. Estos sentires, principios y saberes de consideración, respeto y cuidado que merece todo lo existente y que no fueron valorados son una expresión poética que subyace en lo más profundo y hoy comprendemos que son imprescindibles para preservar la vida.

-De otro lado, nos ofreces un paneo de situaciones en donde las mujeres se desplazan en contextos de resistencia. Máxima Acuña, Berta Cáceres…

-Al escuchar las voces de la diversidad que somos, se siente que al lado del dolor, de la desolación, de la destrucción y la opresión, la mayoría de mujeres en nuestra América ha aprendido a resistir y a subsistir cotidiana y creativamente en diferentes campos, afrontándolos o fuera de los estados coloniales y patriarcales; por eso mi reconocimiento a Andrea, mi madre, a Emily Dickinson, a Lizeth Zenteno Sangama, abuela sabia de 80 años del pueblo Cocama, gran artista de la cerámica, a quien conocí en Tarapoto y a través de ella a las mujeres artesanas que guardan la memoria mediante la creación artesanal. Siento que el trabajo artesano es un arte que sana, es como la poesía no se somete a opresión alguna. También expreso mi reconocimiento a Rosi Wano, mujer sabía que, a través de los icaros, cantos de sanación y sabiduría nos transmite la riqueza del mundo simbólico de las comunidades amazónicas. Mi reconocimiento a Evangelina Chamorro, a Máxima Acuña, a Anne Carson, a Martín Adán, a Blanca Varela, Hannah Arendt en la búsqueda de lenguajes otros.

-Emergencia, es un poema homenaje a una serie de mujeres víctimas de feminicidio. Desde Eyvi, hasta la líder Shipibo/Konibo Olinda Arévalo.

-En “Emergencia”, se fue configurando el lado oscuro, el lado siniestro de la noche. Como decía al responder tu primera pregunta, cómo cerrar los ojos y el corazón ante el sufrimiento, ante la atrocidad del asesinato de Jimena, una niña de apenas 11 años; cómo cerrar los ojos ante el incendiario criminal que arrebató la vida de Eyvi Ágreda, ante el asesinato de Rosa Andrade, abuela sabia de los pueblos Resígaro y Ocaina; ante la desaparición y muerte de tantas niñas y mujeres, de miles de defensoras de la vida y sus territorios a lo largo de la historia de nuestra América, una historia no oficial de la que empezó a dar cuenta, por ejemplo Felipe Guamán Poma, uno de los primeros en denunciar el oprobio, la opresión, la tortura, el colonialismo y la colonialidad presente en la explotación sexual y el trabajo de las mujeres y pueblos no occidentales. Su postura me parece primordial por eso el diálogo con él, siento su sombreada luz en la configuración de lo que fui escribiendo y en la exploración de la relación entre el poder religioso, simbólico, económico del patriarcado y la acumulación originaria.

-Este título es abiertamente musical, político, contestatario y sororo. Háblanos de su construcción.

-Estuve leyendo a Anne Sexton, poeta suicida norteamericana que a pesar de vivir en la abundancia sintió las grandes carencias sentidas en los países altamente industrializados. La leí en voz alta y sentí la frontera resbaladiza entre la vida y la muerte. Sentí los límites del alcoholismo, la depresión, la violencia marital, la violencia paterna y la materna que ella reprodujo en sus hijos. Uno de sus versos resonó en mí con intensidad: “Esta vez quiero cazar a la muerte/la noche a la que me inclino/la noche que quiero”.

Y si bien es posible tratar de entender el alma de una suicida y su “decisión” de quitarse la vida; no ocurre lo mismo cuando se arrebata la vida. Los miles de niñas y mujeres asesinadas no quisieron cazar la noche. La mayoría de las mujeres tampoco quieren cazar la noche, no queremos, no deseamos aún cazar la noche, queremos que nuestras hijas, nuestras amigas y nosotras mis-mas podamos gozar la noche, disfrutarla, plenamente en paz, de allí viene el título.

-Finalmente. Hay todo un tributo a personalidades de nuestra cultura popular. Victoria Santa Cruz, Pastorita Huaracina, Juaneco…

-Al lado de la tradición Occidental están las tradiciones otras que fueron sumergidas, colonizadas y que sin embargo están allí vitalísimas, por eso a través de las personalidades que nombras expreso mi reconocimiento a la tradición de nuestros pueblos y a mi madre. Mi primer vínculo con la poesía fue mediante el lenguaje materno. La madre suele ser la primera fuente de los sentires, sabores y saberes que nos abren al mundo a través de su lenguaje corporal, su hablar, su canto, su riña, su risa o la ausencia de esta. Así, la madre es la primera fuente del lenguaje poético. Mi madre lo fue con todos los conflictos y ambigüedades en esta era de capitalismo salvaje.

La otra fuente fueron las abuelas y los abuelos, las vecinas, los parientes, los pueblos de donde migraron nuestras madres y padres. Mi madre trabajaba y estudiaba al mismo tiempo y muchas veces nos quedábamos en casa de alguna vecina, recuerdo a la señora Julita, que nos contaba historias de sapos, gatos, magia y amaranto; a los abuelos de mis amigas y amigos de la infancia que a la salida del jardín de educación inicial nos sobrecogían con sus fascinantes relatos, recuerdo también el hermoso cantar de la joven que a veces nos cuidaba. El lenguaje materno, la oralidad vecinal y la sonoridad del barrio rímense, donde viví mi infancia y gran parte de mi juventud me introdujeron en la poesía, más tarde fueron los libros que también son una fuente maravillosa.