A propósito de este significativo evento, hablan sobre su obra las escritoras peruanas Yolanda Westphalen, Giovanna Pollarolo, Victoria Guerrero, Alessandra Tenorio, Violeta Barrientos y Vero Ferrari. Fotos: Rosana López Cubas

La Universidad de Talca de Chile entregó este 9 de abril al mediodía, el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2025, a la escritora peruana Carmen Ollé: «Una de las voces más influyentes y transgresoras de la poesía peruana contemporánea. Su obra, que alcanzó un hito fundamental con la publicación de Noches de adrenalina, destaca por su capacidad para explorar la identidad, el cuerpo y el lenguaje con una honestidad literaria única, cualidades que la han hecho merecedora de esta prestigiosa distinción internacional otorgada por nuestra casa de estudios”, señala una nota de la citada institución.
Precisamente, para que nos den sus apreciaciones sobre la obra y vigencia de la autora de “Noches de adrenalina”, buscamos a Yolanda Westphalen, Giovanna Pollarolo, Victoria Guerrero, Alessandra Tenorio, Violeta Barrientos y Vero Ferrari, a quienes consultamos al respecto en el marco del II Coloquio de Poesía Peruana “Entre el cuerpo y la palabra: el universo literario de Carmen Ollé”, organizado por la Red Literaria peruana y Versos en la Senda en setiembre último.
Yolanda Westphalen

-Leer a Carmen Ollé hoy, es leer una obra clásica en el sentido que sus libros trascienden la coyuntura de su publicación. La subversión del lenguaje propuesta por su poética en Noches de Adrenalina fue una bomba cuyas ondas expansivas continúan hasta hoy, la autorreflexión respecto del cuerpo y la función metafórica que esta autorreflexión implica respecto de la sociedad, de la urbe y de la propia escritura mantienen su vigencia. La metaforización de las diversidades y las marginalidades sexuales en obras como Halo de luna nos enfrentan a formas de representación no solo de las sexualidades sino de todas las marginalidades y obras como ¿Por qué hacen tanto ruido? y Una muchacha bajo su paraguas nos hacen partícipes del proceso confesional de configuración de la mujer escritora, pero no de cualquier mujer, sino de la mujer peruana y latinoamericana, sin cuarto propio, peleando, más bien, en las condiciones más adversas para que la poesía, y solo ella, se convierta en el paraguas protector y el cuarto propio.
Mantiene su vigencia porque rompe con la poética tradicional y la escrita por mujeres, en particular, rompe con la imagen que se había impuesto sobre las características que debía tener la denominada poesía femenina. Subvierte los paradigmas clásicos sobre lo masculino y lo femenino, opone lo de arriba a lo de abajo, la limpieza a la suciedad, lo público a lo privado, el cuerpo al pensamiento, el sentir al pensar, el Norte al Sur, el lenguaje culto y el popular, lo escatológico y lo intertextual, subvierte, por último, los géneros literarios clásicos creando obras híbridas. Crea así una poética del cuerpo y de la calle, una poesía nómade de una mujer en tránsito, una nueva voz en medio de la situación caótica cotidiana de desborde popular. Grito generacional que trasciende al público lector de las nuevas generaciones. Por todo esto considero que la poesía de Carmen está más vigente que nunca.
Giovanna Pollarolo

-Hace apenas unos días, participé en el II Coloquio de poesía peruana organizado por la Red Literaria peruana y Versos en la Senda que fue dedicado a la obra de Carmen Ollé. Allí, en la mesa que compartí con Alessandra Tenorio, sostuve que, si el poemario Noches de adrenalina hubiera sido publicado en México, Argentina o incluso Chile, habría sido considerado desde el inicio un libro fundacional de la poesía escrita por mujeres; y hoy, más de 40 años después, un clásico. Porque ¿qué es un libro clásico sino un libro que se mantiene vigente más allá, mucho más allá del tiempo de su publicación? Y por vigente entiendo que asombra, conmueve, enseña, se comunica y dialoga con cada nueva generación de lectores como es el caso de Noches de adrenalina. Su vigencia se debe en gran medida, pienso, al lenguaje, a la manera de plantear los temas vinculados con ser mujer, con el cuerpo. Temas que siguen siendo nuevos porque nadie escribió como ella, ni antes ni ahora. Pero Carmen Ollé no solo es una poeta clásica que siempre tendrá vigencia por Noches de adrenalina. Su ya abundante obra ha explorado la poesía, la narrativa, el teatro, el ensayo, las memorias, la autoficción y da cuenta de una escritora que se merece todos los reconocimientos y homenajes.
Violeta Barrientos

-Carmen Ollé es pionera en el uso de elementos que luego las escritoras mujeres hemos usado como lenguaje. Ella fijó un nuevo horizonte poético. Puso el cuerpo a nivel de la mente. Era una dicotomía que inútilmente se arrastraba, una disociacion por ser el Perú una sociedad católica. El cuerpo y la sexualidad de la mujer, se abordaron en Noches de Adrenalina desde una perspectiva de sujeto y no de objeto según la mirada masculina como era hasta ese momento. Esos son aportes fundamentales, fundacionales no solo para el Perú sino para la región latinoamericana cuando se iniciaban los años 80. No tuvo una mayor difusión porque aquí mismo ni siquiera contó con un análisis crítico literario sino hasta tardíamente, y siendo el Perú un país periférico, una obra publicada en una editorial local independiente, precaria en esos momentos no pudo trascender las fronteras, pero da un indicio de cómo, a pesar de muchas limitaciones como sociedad, hemos llegado a superar horizontes establecidos. La década de los ochenta fue terrible por la violencia, la economía, pero muy potente para la poesía.
Victoria Guerrero Peirano

-Para Carmen Ollé el Premio José Donoso implica un reconocimiento relevante a toda su obra. Para las escritoras peruanas es también un reconocimiento particularmente a la tradición escrituraria peruana, aquella escritura más ligada con el riesgo, con lo experimental. Es también un reconocimiento a nuestras narradoras que surgieron en los setentas, ochentas como Pilar Dughi, Patricia de Souza, Mariella Sala. Carmen Ollé empezó con la fuerza arrolladora de “Noches de adrenalina” publicada en 1981. Este poemario es un libro capital en toda la producción de la obra de Carmen. Sea que guste o disguste. Tener una obra de largo alcance y escribir a contrapelo de un libro que ha marcado tanto debe de ser difícil también. Sin embargo, Carmen siguió experimentando, arriesgando. Publicó Por qué hacen tanto ruido, Una muchacha bajo su paraguas. Se sumaron, Las dos caras del deseo, Halcones en un parque, y otras más. Carmen es una pionera en esta hibridación que parte del campo subjetivo de la experiencia del autora o autor. Ollé ha explorado lo autobiográfico con su dosis ficcional. Sus obras van en esa línea hasta llegar a sus memorias que compilan una trayectoria literaria vital.
Alessandra Tenorio

-Considero que la obra de Carmen Ollé no pierde vigencia porque es una de las pioneras en hablar de la experiencia femenina sin tapujos. Su visión del cuerpo femenino (en los poemas de Noches de adrenalina) como un cuerpo gozoso al momento del placer, pero también como un cuerpo desmitificado, que no es diáfano ni perfecto, sino que sufre los estragos de la maternidad, el deterioro y la enfermedad, es bastante innovadora. El empleo de un lenguaje antilírico, escatológico y directo no deja indiferente a ningún lector. Sobre todo, a quienes están acostumbrados a leer textos poéticos más cercanos a lo que clásicamente entendemos como lírica. Además, pienso que la obra de Ollé continúa vigente porque es una autora total. Ha escrito poesía, narrativa, crítica literaria, y ha descollado en todos esos géneros. Por ejemplo, su novela Las dos caras del deseo, además de tener la impronta de presentar a una mujer que se cuestiona y que, en medio de un país en caos, enfrenta su propia crisis, es una de las primeras en explorar una relación entre dos mujeres. Finalmente, siento que otro mérito de Ollé es presentar en sus textos una voz que amalgama la visión de una mujer intelectual, culta, migrante y hablante del español que se interroga desde su propio lugar en el mundo y se mira a la luz de otras ciudades, lenguas y
Vero Ferrari

-Carmen Ollé innovó de múltiples formas la literatura nacional. No únicamente con estos poemas que irrumpieron en la escena literaria limeña para dejar una estela que continúa hasta ahora, de una punzante rebeldía al continuo problema de ser mujer en el Perú, sino que también fue la primera novelista que nos trajo a un sujeto queer, en “Las dos caras del deseo” (1994), cuatro años después de que Judith Butler lanzara al mundo la teoría queer en “El género en disputa” (1990), 65 años después de la primera novela lésbica peruana (“Confesiones de Dorish Dam”, Delia Colmenares, 1929) y dos años antes del primer testimonio abiertamente lésbico del que tengamos constancia (“56 días en la vida de un freak”, Morella Petrozzi, 1996).
Ese ya es todo un mérito, sin mencionar que prácticamente inventó la autoficción para nosotras, 30 años antes de que se pusiera de moda. En “Las dos caras del deseo”, Ada, la protagonista, se debate entre una serie de deseos (mejorar su calidad de vida, sus atracciones eróticas, sus intercambios sexuales, su impulso por migrar) y sus no-deseos (la asfixia laboral, la apatía política, el hastío de la ciudad, entre otros), todo ello sin que ninguna de sus identidades sea negada o cuestionada. Ada vive una sexualidad que no se atormenta por su condición sexual, sino por otras variables (la edad, la corporalidad, la ausencia de entusiasmo, la volubilidad sentimental), una identidad sexual que no es reprimida ni se sufre, sino que se explora, se sacia o se deja, para seguir viviendo con normalidad, una cotidianidad que se enfrenta al discurso oficial de la víctima, a diferencia de otra novela que salió el mismo año y que circula por la misma temática (“No se lo digas a nadie”, Jaime Bayly).
Dos novelas de temática LGTBIQ+ aparecieron el mismo año, en medio de una dictadura, pero el escándalo y la conmoción que generó una, de alguna forma, aplastó la importancia, vanguardia y novedad de la otra, y este es un olvido y una omisión que debe repararse. Además, tiene un final feliz para todas nosotras, en un contexto en donde a la literatura (y al cine) les parecía imposible que pudiéramos ser felices. Ada decide escuchar a su corazón, ir a donde este lo llama, abrir la puerta de la casa de la mujer que la espera y entrar, ahí, en esa última línea, Carmen Ollé, en 1994, nos permite vivir en libertad: “Esa noche tuvo la certeza de que su jaula había quedado atrás”.










