Padres, hijos y muertes: solo nos queda la soledad perturbada

Un comentario sobre “Otro más que muerde el polvo”, reciente libro de cuentos de Fernando Espíritu

Por: Richard Manrique Torres

Una soledad perturbada es la que se resignan a vivir los personajes de los cuentos de Fernando Espíritu. Esto sucede porque, luego de librar pequeñas batallas cotidianas (casi siempre perdidas), se abandonan en una aparente calma que no es más que una forma amañada de sus conflictos. En el libro “¿Te queda un poco de café?” (2012), las relaciones de parejas son el detonante de estos desequilibrios; en “Hasta siempre, Yoda” (2015) aparece el contexto (Lima, el terrorismo y la dictadura de Fujimori) como extensiones (o cómplices) de esos fracasos individuales; y en “Otro más que muerde el polvo”, reciente libro de Espíritu, la relación padre-hijo y la muerte explican más hondamente estas crisis personales.

En los cuentos de este último libro, publicado por la editorial Intermezzo Tropical, vemos a adolescentes desarraigados que prefieren enfrentar el peligro de las calles antes que la violencia de sus hogares (“Carrera de bicicletas”); a un hijo que narra cómo su familia se echa a perder trágicamente por la mediocridad de su padre (“Cómo llegar a ser terminator”); y a un nieto que rememora la vida gris de su abuelo que ve interrumpidos aquellos sueños que la familia tampoco sabrá honrar (“Otro más que muerde el polvo”). Son cuentos donde trasciende la medianía de la figura paterna, que los hijos no critican ni echan de menos, tan solo la aceptan de manera inexorable.

Pero, en otros cuentos, los padres se muestran como presos de imposturas, miedos y nostalgias. Aquí Espíritu vuelve a mostrarnos su enorme talento para construir retratos de personas desoladas o parejas fracturadas, pero esta vez poniendo foco en los hijos –niños aún– como uno de los factores determinante que acrecientan estas disfuncionalidades. Presenciamos a un padre que debe encargarse de su hijo ante un suceso inesperado con su esposa (“Muy lejos”); a otro que abre una brecha de desconfianza en su esposa por su torpeza en el hogar (“El día que maté a mi hijo”); y, en el mejor cuento del conjunto, a un padre solitario y claustrofóbico que recibe equivocadamente una reprimenda por su hijo fallecido, evocándole recuerdos e identificaciones (“Un mal día para leer”).

Hay un detalle no menor: el libro está marcado por las muertes accidentales de esposas e hijos pequeños. Estos eventos impregnan nuevas consistencias en la psicología de los personajes construidos por Espíritu, además de nuevos desafíos narrativos para él como escritor. Y, en ese sentido, la mayoría de cuentos del libro “Otro más que muerde el polvo” denotan un camino de madurez en el oficio y una evolución respecto a sus dos libros anteriores, salvo por el uso del humor que todavía es un tema por explorar.

Fernando Espíritu ha logrado lo que uno siempre agradece al terminar un libro: vivir ese limbo donde, entre la realidad y la ficción, las historias y personajes todavía nos persiguen y abordan a cada paso, en este caso como una soledad perturbada extendida al lector.