Palpar el cuerpo de la alquimia

Conozco a Christian Elguera Olortegui desde hace doce años, cuando escribió una reseña sobre mi pintura en La Mula. Su texto tuvo presente las sensaciones de los rostros. Quizás es desde este punto, el de las sensaciones, desde el que puedo hablar.

Escribe: Nuria Cano Erazo

Leo este libro de cuentos, Kénosis, en este viaje solitario, este retiro, de paisajes semivacíos. Llego a Huaraz, donde todo es más cargado. Entro a una juguería por el calor sofocante y el cansancio de haber subido a una zona donde creía que los hoteles costarían menos, pasando por el río, donde se ven las letras de cemento y se lee “Independencia”. Me acompaña la “Obra alquímica” de Christian, quien interrumpe mi lectura por WhatsApp; me manda fotos de relieves, esculturas de piedra de fieras y demonios del medioevo italiano, de una iglesia que aprovecha pasajes del Apocalipsis en su fachada, figuras oscuras que ya van manifestando un futuro gótico y luego un Renacimiento (que retorna a lo griego)… Es Florencia, donde ahora Christian está revisando manuscritos aztecas en la Biblioteca Medicea Laurenziana, como docente de Marist University, institución en la que enseña sobre Latinoamérica y las literaturas del mundo. La investigación de archivo que acompaña su práctica académica está aunada a su práctica creativa.

¿O es que me acompaña el pensamiento de qué es “Kénosis” estando en Huaraz? Quizás significa palpar el cuerpo, sus líquidos, sus vísceras, su química. El centro de Áncash ha cambiado. Ya no es costumbrista; tiene decorados griegos en las fachadas, columnas jónicas en los hoteles, con esculturas de hombres con exceso de músculos, como las haría Miguel Ángel, cargando estructuras, sosteniendo el techo que es el suelo de las habitaciones del segundo piso. No es en vano que menciono el lugar desde donde leo estos textos de ficción, míticos, poéticos por momentos, narrativos en otros y hasta epistolares. Por ello, sugiero leer Kénosis en un lugar de exilio, ya que hacerlo permite imaginar o conectar con todos los elementos que lo componen. Además, al leer estos cuentos, me es imposible no pensar en las figuras del Renacimiento y en la afectación de las imágenes a partir del Concilio de Trento en la Iglesia católica, lo que dio pie al imaginario popular contramanierista, época en la que las imágenes religiosas empiezan a mostrar mayor claridad y sus personajes presentan heridas más nítidas. Estas imágenes se conectan con las historias de Kénosis, ya que transcurren y perduran; nos cruzamos con ellas cotidianamente y contienen una carga histórico-religiosa que sentimos hasta la actualidad.

Christian recurre a figuras que admira como Shakespeare y también a relatos con los cuales, posiblemente –desde su formación literaria– anhelaba acercarse, mezclarse, replantearlos y meterse en ese otro tiempo, o arrancarlos de su tiempo para traerlos a este. Así, nosotros también nos mezclamos con esas ficciones (a través del cuerpo, la mente y la emoción, quizás el dolor) en el lugar donde decidamos leer Kénosis, ya sea en Huaraz, Florencia o Lima. Aunque quién sabe, como dice Fatio (personaje de una de las cartas de este libro), al criticar a un traductor de textos alquímicos: “La alquimia no puede ser traducida por meros repetidores de palabras, como si estuviéramos moviendo vocablos humanos para la diversión de la gente profana”. Así, puede que esta interpretación tenga algo de error. De todos modos, es evidente que Christian replica narrativas literarias o históricas anteriores que cargamos en nuestro inconsciente. Esta estructura se repite hasta llegar a la propia palabra, como el uso reiterado de la palabra “desasosiego”, que nos recuerda al poeta portugués Fernando Pessoa, o la frase “cuerpo sin órganos” del poeta francés Antonin Artaud, luego utilizada por Deleuze y Guattari en los volúmenes de “Capitalismo y esquizofrenia”.

En el primer cuento, titulado “Aldebarán”, se siente una persecución, pero más que una pauta visual (porque hay más de literatura que de visualidad) está la sensación del inicio de la vida a través del sacrificio: ser uno un sacrificio humano, una persona siendo desmembrada y tragada. Aparecen el miedo, la ansiedad y otras emociones con las que solemos convivir en el enfrentamiento humano de la vida contemporánea. En esa primera parte, duele la carne y también la psique. “Te volverás un vacío. Primero, rebanarán tu cuerpo en trozos menudos, como hojas de árbol, hasta que sea imposible reconocerte. Los atormentadores usarán cuchillos anchos y de punta redonda, Roma, rajando tu lomo, apartando los nervios, partiendo en dos la juntura de tu espinazo”. Son figuras visuales imposibles; sin embargo, también son sensaciones hondas de dolor.

Cuando se ingresa a la segunda parte, titulada “Odunomsiba” (que al revés se lee “Abismo nudo”), esta sensación de dolor —escrita de manera poética/épica en “Alderabán”— agarra forma terrenal en el personaje de un escritor que sufre constantes cuestionamientos éticos y cuya economía se ve cada vez más afectada. Surge también la figura del doble, de un personaje semejante a uno, en otro lugar. Esta situación, finalmente, se conecta con la última historia del libro: Fatio (un sabio joven) y el Maestro (un alquimista que se ha esforzado por conseguir fórmulas herméticas precisas) desarrollan una admiración mutua que nos habla del significado del amor.

En esta sección, la de “Fatio y el Maestro”, hay un despliegue barroco de sabiduría sobre la alquimia. Además, aparece un personaje como John Locke, quien intenta conseguir el conocimiento del Maestro, es decir, ir más allá de la pura filosofía y el derecho del siglo XVII. Luego, nos adentramos en las cartas entre un Fatio enfermo y el Maestro apasionado. Por último, en una entrevista póstuma a una historiadora, se revelan estas cartas y su interpretación, lo que nos retorna a una pregunta: ¿Qué es la interpretación? ¿Bajo qué conveniencias históricas se puede haber construido esta, tanto desde un plano histórico (de hechos y pensamientos racionales) como desde un plano espiritual (esto es, lo alquímico)?
Ya antes, en “La Gran Obra de Maese Ravena”, la alquimia se aborda en un curso de química a cargo de un profesor que reemplaza a otro que acaba de fallecer. Este nuevo docente no permite que un grupo de estudiantes pase fácilmente el curso. Ellos estaban acostumbrados a que otros profesores les subieran las notas por ser buenos deportistas, músicos y bailarines. A estos estudiantes no les interesa la alquimia en absoluto; hablan con un lenguaje colegial y malcriado y se someten a una serie de exigencias en las que el cuerpo parece ser despreciado. Sin embargo, suceden situaciones que dan paso a un giro arcano, inesperado. Les invito a leer minuciosamente cada uno de los cuentos, a darle un tiempo especial y a sentir las conexiones mágicas que ustedes vayan descubriendo.

Sobre Nuria Cano Erazo

Es artista visual e historiadora del arte. Entre sus exposiciones más recientes están “De los pies las voces” (ICPNA, Espacio Venancio Shinki, Perú), “Deseos de agua y fuego” (Espacio 218 – Santiago de Chile), “Ira y tiempo: las figuras” (MO – Perú), “Habitación en Lima” (MASM, Perú), “Here and Elsewhere” (Lodz, Polonia) y “Antiviral: video arte peruano reciente” (CCPUCP, Perú). Cuenta con una residencia en L’escale des artistes en Francia con el proyecto “L’eau migre” (2018). Además, ha participado de congresos internacionales de Filosofía y Literatura comparada en México y Perú. Desde hace nueve años investiga dentro del Museo del Hospital psiquiátrico Víctor Larco Herrera. Es docente de la FAD PUCP y miembro asociado del IRA PUCP. Es gestora de Magenta Galería. En las redes: ig @nace_nuria @magenta.galeria
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[1] Este texto fue leído por Nuria Cano Erazo durante la presentación del libro Kenosis. Obra alquímica (Pakarina Ediciones, 2026) de Christian Elguera Olortegui, en la Feria Internacional del Libro. La fecha de dicha presentación fue el 5 de agosto de 2026.