Juan Carlos Cortázar: “Donoso es un autor que lo tengo en mi altar personal”

“No solo estamos ante una novela sólidamente construida, con intensidad y vuelo narrativo, sino ante una trama que permanece como una herida latente y que desde su propio título interpela sin remilgos a esa sociedad que sigue temiendo, odiando y pretendiendo, en vano, aniquilar lo diverso”, señala la escritora peruana Karina Pacheco Medrano, sobre la novela “Como si nos tuvieran miedo” (Animal de Invierno, 2021) de Juan Carlos Cortázar. Fotos: Sergio López Retamal

Por su parte, el escritor argentino Hernán Ronsino asevera: “La violencia política de los años ochenta y noventa se mete desde el comienzo, desde la escena inicial, en la novela. Y no solo opera de fondo, también irrumpe con sus golpes sobre las protagonistas Angie y Miluska. Juan Carlos Cortázar construye, de esta manera, un retrato potentísimo de una época del Perú, a través de dos personajes que, incluso, tienen muy pocos antecedentes en la literatura: la cita inicial de Donoso puede funcionar como una clave de lectura. Por eso mismo, con una escritura envolvente y climática, Cortázar les da presencia y las transforma en personajes verdaderamente entrañables”.

Al respeto Lima en Escena charló con el autor.

– Juan Carlos, más allá del tema político, de memoria, de la homofobia, transfobia, podríamos afirmar que la novela “Como si nos tuvieran miedo”, es evocativa sobre un período determinado de nuestra historia reciente…

-La novela tiene un claro sentido evocativo. Evocar años que nos marcaron a muchos como personas. Marcó al país más allá de que las generaciones actuales lo vivieron o no. Las nuevas generaciones viven un país marcado por la violencia. Percibo que en los jóvenes de hoy el gran evento del pasado frente al cual reaccionan es el fujimorismo y todas las cosas que pasaron en los noventa desde el punto de vista político, económico. El período de la guerra interna, por el contrario, es un tema relegado.

Para mi tiene un sentido evocativo porque el Perú que vivimos hoy es un Perú que sigue atravesado y profundamente marcado por lo que fue la guerra interna. Es evocativo también porque viví esos años en Lima y viajaba por el Perú por temas de activismo social y militancia. Estudié, trabajé y milité en ese contexto, en esa ciudad que apenas oscurecía encendía las velas.

El título más acertado para reflejar esa ciudad, esa Lima de los primeros años de violencia fue la “Guerra a la luz de las velas”, el libro de cuentos de Daniel Alarcón. Desde mi experiencia fue realmente una guerra a la luz de las velas. Evoca esos años. Evoca lo que fue la violencia. Asimismo, recupera el tema de la homofobia, la transfobia, aunque no fue algo que personalmente viví porque en esos años no había salido del clóset, no asumía mi identidad ni de lejos, pero sí es evocativo en ese sentido.

Evocativo en el sentido individual también. Melgar es un lugar ficticio y se construyó sobre la base de lugares en donde hice trabajo social, eclesial, político o lugares en donde viví como el Cono Norte, en Independencia. Para mí sí hay un tema evocativo personal, generacional, y espero que también contribuya a ser evocativo de un momento crucial aun no procesado, no sanado.

-A propósito de tus protagonistas Angie y Miluska, dos personajes trans. Los crímenes de odio se siguen llevando a cabo en nuestro país y justamente uno de los candidatos a la presidencia por el Perú es abiertamente homofóbico…

-Mas allá del contexto propio de los noventa mucho de lo que experimentan y viven los personajes siguen siendo experiencias que ocurren. No desde un contexto de violencia política o represión armada explícita, pero siguen ocurriendo. El tema de la transfobia y los crímenes de odio han ocurrido durante los ochenta antes de la guerra interna y ocurren ahora con características similares. Un episodio en la novela es cuando a estas chicas voleibolistas trans las violentan, las pintan de rojo, les cortan el pelo, las matan ametralladas. Si el objetivo era matarlas lo hacían solo con una bala. Sin embargo, es claro que en los crímenes de odio el objetivo es desaparecer los cuerpos.

Una persona trans no muere de dos tiros o una cuchillada. Una persona trans muere de quince cuchilladas, catorce tiros. Las torturan porque hay que desaparecer los cuerpos. El “Como si nos tuvieran miedo” tiene que ver con el tremendo temor que tienen los hombres con la ambigüedad y la construcción de género porque cuestiona ese constructo social y psicológico tan frágil que es la masculinidad. Más frágil en un contexto machista y de masculinidades tóxicas. Es la razón por las que se ejecutan los crímenes contra mujeres, contra personas trans. En este punto seguimos siendo un país muy violento en donde reconocer los derechos del otro lamentablemente no ocurre en un país “democrático”. Aquí recordamos la famosa frase de Alberto Flores Galindo: “República sin ciudadanos”. Si bien el Perú avanzó -si lo comparamos con la primera etapa del Siglo XX- en derechos del conocimiento, en términos políticos, sociales, incluso culturales, queda mucho por hacer.

Los derechos a la disidencia sexual, a la identidad de género no hetero normada, siguen siendo derechos que no están reconocidos. En el Perú y Paraguay no se reconocen los derechos de la población LGTBQ+. Asimismo, estas comunidades cuentan con poca protección legal. No contamos con una norma o una ley de protección contra crímenes de odio.

-Pese a todo la comunidad LGTBQ+ logra salir adelante. En estos momentos la activista trans Gahela Tseneg se postula al congreso como la primera mujer trans e indígena…

-El activismo LGTBQ+ en el Perú y en otros países de la región están saliendo adelante. No soy activista, no escribo desde el activismo. Si la novela contribuye con el avance en temas sobre derechos me parece bien. No es el propósito de la literatura, pero puede ser un impacto. Volviendo al tema. Observo avances. Observo el caso de esta candidata que señalas. Subí un post a mi cuenta de Facebook al respecto. El hecho de ser una persona con todas las características que mencionas es una forma de resumen biográfico de las múltiples discriminaciones y violaciones de derechos e indiferencia desde del estado hacía personas que viven en condiciones diversas: étnicas, de género, de procedencia geográfica, de clase. En ese sentido, es bueno que personas trans figuren en nuestra política. No nos olvidemos que también hay candidatos homosexuales y lesbianas.

Sin embargo, un punto que me preocupa del movimiento LGTBQ+ y lo digo como alguien que mira de lejos porque no soy activista, es como una competencia de quien tiene o acumula más discriminaciones. Al congresista blanco, pituco, homosexual le caen palos igualmente al que es más de derecha. Más allá de lo expresado, uno de los éxitos de la comunidad LGTBQ+ es que comienzan a surgir diversidad ideológica, política y étnica. Pasa también en Argentina, Chile. Si hace 20 años era imposible para una persona trans, gay o lesbiana hacer política hoy es posible. Y es posible para personas de izquierda, centro derecha o de derecha, como pasa en Argentina. En este punto comienza una discusión un poco esencialista. Sí uno puede ser realmente un luchador por los derechos o estar en posturas ideológicas que no promueven una verdadera transformación, sino por el contrario, refuerzan posturas neoliberalistas. En fin. Es simplemente una apreciación sobre lo que observo. Esta diversificación política, ideológica, étnica, socioeconómica, es el resultado de la lucha del activismo LGTBQ+. En ese sentido hay que verlo como una consecuencia que hay que abordar y aprender a debatir, discutir, convivir, y no es fácil.

-Centrémonos en el tema de las militancias. En los ochenta la militancia se asumía con sentido político, de fuerza política, práctica que en las décadas posteriores al fujimorato casi desapareció…

-La militancia es una experiencia de vida que me interesa abordar desde la literatura. Poco a poco me acerco a este tema en la anterior novela “Cuando los hijos duermes”. Precisamente uno de los dos personajes centrales tenía un pasado militante. En la novela “Como si nos tuvieran miedo”, la militancia está más en la mesa. Tenemos el caso de Miluska y el de Leoncio. Una militancia no es un fenómeno nuevo. Viví una militancia de los ochenta más eclesial y social con consecuencias políticas. En ese sentido no es necesario una militancia de partido político. Militancias hay muchas. La militancia tiene que ver con la entrega a una causa como un sentido unilateral de la vida. Y el costo personal que tiene es que uno trata de meter toda la vida en función de esa perspectiva unilateral. Es como meter la vida entera en una línea recta. Ahora, las militancias de los ochenta que viven Miluska y Leoncio son esas últimas camadas de militantes un poco a la rápida que Sendero Luminoso inculcó al final de la guerra interna cuando hacen su ingreso a Lima porque en algunas regiones les fue mal. Son militancias que a su vez tienen una raigambre fuerte en todas las militancias que nacen en los cincuenta y sesenta en América Latina. Actualmente se usa poco la palabra militante. Ahora se usa la palabra activista. Observo que estas militancias son más humanas y se permiten más cosas fuera de la línea recta. Más de lo que se permitía en los ochenta. Más allá del fujimorato, las militancias de izquierda de los ochenta se caen por sus propias dificultades y contradicciones.

-En la novela haces un homenaje, un guiño a personajes de autores emblemáticos. El Rosita de El Sexto de José María Arguedas, Salón de Belleza de Mario Bellatin o al gran José Donoso y su novela Un lugar sin límites.

-En el caso de Donoso y El lugar sin límites, me robé el título de una frase de la Manuela. Más allá de la mirada de una travesti que es la Manuela, con Donoso me vincula su prosa, su escritura. El es uno de los autores que tengo en mi altar personal por ese tipo de prosa de frase carnosa, larga, compleja, que se diferencia de lo que tal vez ahora prima más que es la frase corta y al hueso, que no es mejor ni peor simplemente son poéticas diferentes. En Salón de belleza, es la construcción del personaje. La narradora es una maravilla. Lo que logra Bellatin y lo que trato de imitar. Tomé un personaje que se podría considerar estereotipado como lo es una peluquera travesti. La escritura de Mario atraviesa el estereotipo, los volúmenes, el relieve, la profundidad humana que tiene este personaje. Tiene también sus contradicciones. Al mismo tiempo tiene una sensibilidad y una enorme capacidad de empatía con los que sufren. Tan grande como su gusto por los colores, los dorados, los vestidos brillantes que rompen el estereotipo. Algo de esto intenté hacer con Angie. El Rosita fue un personaje que me encontré en el camino. Estaba escribiendo una novela y en la mitad de trabajarla leí El sexto, la novela de José María Arguedas. No la había leído. Me di cuenta de que Arguedas hacía lo que yo instintivamente empecé hacer forzado por los personajes. Me refiero al juego de pronombres. Cuando es el, cuando es ella. Es el Rosita no la Rosita. Y es un moreno musculoso, agresivo, pero que canta con una voz angelical.

Sobre el autor

Juan Carlos Cortázar (Lima, 1964). Estudió sociología y políticas públicas. Hizo la carrera de escritura narrativa en Casa de Letras, Buenos Aires, y el Diplomado en escritura creativa de la Universidad Diego Portales, Santiago de Chile. Ha publicado las novelas Tantos angelitos (Buenos Aires: Ediciones Deldragón, 2012) y Cuando los hijos duermen (Lima: Animal de invierno, 2016; Santiago de Chile: Los perros románticos, 2018), así como los libros de cuentos Animales peligrosos (Buenos Aires: Milena Caserola, 2014), La embriaguez de Noé (Santiago de Chile: Luna de Sangre, 2016) y El inmenso desvío (Lima: Animal de invierno, 2018). Actualmente vive en Santiago de Chile.