Eduardo Recoba: “Me parece esencial recordar de dónde venimos”

El economista y autor del libro El Pequeño Inca, Proyecto ganador de Estímulos Económicos para la Cultura 2019, nos brinda referencias relevantes sobre la construcción de esta obra que reivindica nuestra cultura inca. Fotos: Editorial Bermudas. Ilustraciones: Luis Morocho

América del Sur, siglo XV. El príncipe Túpac Yupanqui, la princesa Amancay, Kori el cóndor y Atok el zorro inician un viaje épico hacia la adultez. Sumergidos en intrigas de los enemigos de su padre -el Inca Pachacútec- entre estos Ninan, el traidor. Un misterioso enmascarado aliado de Túpac y el guerrero Inti Umacolo, los acompañarán. Y en medio de estos acontecimientos un intrépido visitante del mar, Unuaki. Aventuras y desafíos donde se entrelazan sentimientos de traición, amor y la amistad; donde, en el corazón de este “pequeño inca”, late el anhelo de ir más allá de lo que sus ojos ven.

-Eduardo, El Pequeño Inca nos introduce en un universo de aventuras de un príncipe, una princesa, un cóndor, un zorro. Personajes que corresponde al siglo XV. Un período bien definido de nuestra historia inca. ¿Cómo surgió la idea de escribir el libro a partir de este momento histórico?

-Túpac Yupanqui fue un emperador definitivo, concreto y crítico para la expansión del Tawantisuyo en aquel siglo XV. Recordemos que hasta antes que él y su padre y abuelo –Pachacutec y Wiracocha Inca respectivamente- los incas eran una suerte de “monarquía del Cusco”, que no había logrado aún consolidar una prolongación de este reino en su avance contra reinos como los Wari o Chancas, por ejemplo. No obstante, con el rodillo conquistador de Pachacutec [pieza transversal en mi historia por cierto] y de su hijo –que siendo incluso “príncipe de la corona” en términos europeos o churi auqui para las casas reales cuzqueñas- la extensión se hizo en un poco tiempo [alrededor de una década y poco más].

Por el norte llegaron a afianzar la hegemonía en el sur de la actual Colombia y todo el actual Ecuador; en el moderno Perú, validaron su poder en el norte, nororiente, centro y –evidentemente- en el sur. Todo ello siendo Túpac Yupanqui –insisto- churi auqui o príncipe heredero tras la dimisión de Amaru, su hermano. Ya después diseñaría campañas como “Inca señor de las Cuatro Partes del mundo”. Tras estas campañas, la consolidación del país del Collado [actual Bolivia], y norte de lo que ahora es Chile y de Argentina. En esta última, sobre todo, la ocupación fue épica. Por todas estas razones fue crítico narrar este momento; pero por sobre todas estas dimensiones guerreras y civilizadoras, dos hechos igual de trascendentes:

El imperio que confirmó Túpac Yupanqui fue un “imperio constructor” no “destructor” respetando no sólo creencias y culturas sometidas al poder del Cusco, sino civilizando lo no civilizado. Él en sí mismo, fue un Inca “global”, una suerte de Alejandro Magno sudamericano si se permite la comparación. Pero, además, en este período –de acuerdo con cronistas e historiadores modernos- este príncipe realizó un viaje épico y redondo desde las costas de Sudamérica hasta Oceanía validando su condición de “hombre global”, hombre inquieto. Que no creía en fronteras como dijo Thor Heyerdahl en el siglo XX.

– ¿Por qué es importante dirigirnos a la comunidad infantil, juvenil y adulta recreando aspectos de nuestra cosmovisión inca?

-De cara al bicentenario me parece esencial recordar de dónde venimos. Para un niño o niña del Perú, del Ecuador, de Chile, de Bolivia o de Argentina también es significativo que conozcan lo que hicieron quienes diseñaron de alguna manera sus propias nacionalidades e identidades, así como su propia memoria. Por otro lado, el Tawantinsuyo “no es del Perú” tan solo: es Sudamérica. Y su capital, el Cusco, no obstante, se ubica en el actual Perú es la capital originaria de esta parte del continente americano. La peruanidad por ejemplo no se puede explicar de grandes, de adultos: eso sería forzar una situación convirtiéndola en un ejercicio casi “vertical”; la peruanidad en el sentido de “patria” como la “tierra de nuestros padres” debe ser explicada y narrada –sea desde la ficción o la historia- desde que somos pequeños.

– Los acontecimientos de la historia se registran en Cusco, Tumbes, entre otras ciudades… ¿Cómo armaste esta cartografía sobre los escenarios?

-No fue aleatorio este diseño de escenarios. Y es evidente que Cusco –como centro del mundo conocido por ellos [los incas o los quechuas]- igualmente fue punto de partida esencial de las aventuras de este “pequeño inca” en su camino a ser adulto, junto a sus cómplices de andanzas: Amancay, su amiga, compañera y gran amor. Una chica que actúa como centro de las aventuras de Túpac en igualdad de condiciones de género y destrezas, además de sus animales tutelares y otros personajes como aquel enorme guerrero mapuche y otro “venido del mar”. Así como un enmascarado misterioso.

No doy más spoilers [risas].

Túpac Yupanqui fue un príncipe “navegante” o el inca “navegante” como lo llamó Franz Bittrich uno de los primeros capitanes de la fragata Unión [el hermoso buque escuela de la Marina de Guerra del Perú] y cómo fue descrito por la historiografía del siglo XVI –desde cronistas como Pedro Sarmiento o Miguel Cabello Balboa- e historiadores como José A. del Busto en el siglo XX. Todos ellos ubican la costa norte del moderno Perú como teatro de las hazañas marineras de Túpac Yupanqui, y fue en esta “cartografía” como bien mencionas que me enfoqué para crear un personaje ficticio pre adolescente y adolescente: un derrotero lleno de aventuras y retos de cara a una adultez igualmente cargada de desafíos.

-Más allá de temas como la familia, la amistad, el amor, los conflictos, El pequeño Inca destaca por centrarse en una parte de nuestra historia de vital relevancia. ¿Es un tema de identidad, de integración?

-Sí, es clave esto. No podemos vernos como peruanos y peruanas [o como sudamericanos] sin personajes como Túpac Yupanqui. Un hombre “global” para aquel mundo conocido. Un tipo que dentro de su “privilegio” dejó esa zona de confort y fue más allá, a conquistar y descubrir, pero “construyendo” y no destruyendo. Si logro que al menos cuatro quintos de mis lectores -mis “pequeños y pequeñas incas” como me gusta llamarlos- logren identificarse con ese chico inquieto y su compañera en equidad de condiciones de género y que no dudó para estar al lado de su padre –el Inca Pachacútec- en momentos difíciles, me sentiré más que satisfecho.

Y como dije el Imperio de los Incas no es “del Perú” tan sólo; no le pertenece al Perú por exclusividad territorial moderna, que al fin y al cabo es arbitraria porque nació con la conquista española y siguió con la república. El Pequeño Inca debe definir nuestra “peruanidad”; también delimita la idea de nación para el resto de América del Sur. Y así quiero –y es mi esperanza- sea leído por un chico o chica de entre diez a quince años en el Ecuador o Argentina; y si son más pequeñitos, que sea leído junto a sus papás y mamás en Chile o en Bolivia.

Túpac Yupanqui es un inca definitivo sí; pero definitivo para todos y todas. Volviendo al ejemplo de Alejandro Magno: este no es recordado por ser un macedonio que esparció el helenismo en la actual Europa del este. Es recordado por haber llevado la cultura helénica y occidental clásica a Asia.

– En un mundo copado por la virtualidad, ¿por qué es vital brindarle a nuestros niños y jóvenes historias como El pequeño Inca?

-Un teléfono inteligente, o una tableta o un juego de video no reemplazarán nunca a un libro. Sobre todo, un libro tan “currado” como dicen en España, es decir, tan trabajado que vale la pena sumergirse entre sus páginas, tocar su tapa dura y ver y observar sus ilustraciones. La narrativa de esta historia tiene que ver con la amistad como señalaste. También con valores como la lealtad, la solidaridad, el amor entre hermanos. La verdad es un elemento transversal, así como la relación paterna filial. Creo que ahí, además de la aventura y la acción, radica uno de los pilares del texto. El trabajo de edición fue esencial. Editorial Bermudas registró un profesionalismo y respeto increíbles al autor, y siempre protegió el espíritu del texto.

Y, cómo no, están las ilustraciones. Y aquí aprovecho para agradecer a Luis Morocho, el ilustrador. Un capo del cómic y del movimiento. Desde un inicio, Morocho no sólo “leyó” y captó el ethos o espíritu de los personajes, sino que los imaginó y diseñó tal cual yo lo hice en mi mente mientras les daba vida a través de la redacción. Y fue más allá: les dio –insisto- movimiento, dinamismo, ritmo y color. Son personajes que se mueven rápidamente no sólo en el texto, sino en la ilustración.

-Finalmente, la historia nos ofrece una retrospectiva en la vida del pequeño inca. Las diversas etapas de desarrollo. ¿A qué responde este corpus?

-Túpac Yupanqui nació en el Cusco en 1441 y murió en Chinchero en 1493; su momia reposa o debe reposar –imagino- en aquel hermoso valle [de ahí que no estoy a favor de hacer un aeropuerto en aquel hermoso lugar; me parece razón suficiente para no hacerlo por respeto a la memoria del Inca]; pero no obstante, el viaje redondo a Oceanía desde las costas del actual Perú lo debió hacer entre 1464 y 1466: es decir, siendo un príncipe de entre unos 24 a 26 años.

Sin embargo, hay algo –un momento previo, un espacio temporal precursor- que debió haber marcado ese afán marinero, explorador y conquistador. Yo, en el libro, especulo con sus primeros años pre adolescentes [doce a quince años] y hasta su primera juventud [los dieciocho años] donde su formación como churi auqui lo llevo a encender ese bicho por el mar. Recordemos que –por otra parte- la dimensión o cosmovisión de ellos [los incas, los quechuas, el mundo andino] se nutría de dos religiones capitales: el culto solar pero también el culto a una deidad marinera: Wiracocha. Y en ese tono, Túpac Yupanqui era considerado –de acuerdo con cronistas- como el churi apo kontiki Wiracocha: esto es, “el hijo del dios del mar Wiracocha”.

Fue en función a ello que se diseñó un diálogo entre el lector y un inca que por ratos usa la tercera persona, en otros la primera, pero narrando una serie de aventuras y hechos en retrospectiva como bien señalas. Al final, el chico o chica que leerá el libro hablará directamente con un soberano. Con un inca, pero lo hará de “igual a igual” porque esa conversación será con un pequeño inca. Con un chico o una chica como ellos.