Para que el agua envenenada pueda beberse

Una lectura de Y la muerte no tendrá dominio, de Victoria Guerrero, título que fue publicado recientemente por el Fondo de Cultura Económica, habiendo sido merecedor del Estímulo Económico del Ministerio de Cultura para su publicación

Escribe: Becky Urbina

Chantal Maillard dice en el epígrafe “escribo / para que el agua envenenada / pueda beberse” y es lo que logra Victoria Guerrero en Y la muerte no tendrá dominio. Darnos a beber el agua envenenada del luto, del parir a la madre para poder amarla, de la estancia deshumanizada en un hospital que simula una bestia y es conocido como tal, de las múltiples muertes que se alojan bajo una cama, de lxs muertxs que se decide llevar a cuestas para seguir hallando respuestas en ellxs, del enfrentamiento constante con la memoria, de las relaciones irresueltas, del servicio de salud que deviene en un servicio de administración de la muerte.

Agua envenenada que no mata pero sí ahoga. Hice mío ese ahogo hace una semana y me costó mucho escribir sobre ello. Y la muerte no tendrá dominio interpela: como madre, como hija, como mujer, como Celadora. Tras la muerte de su madre, Victoria / la poeta deciden parirla, así ella se convierte en presencia oscilante con quien se interactúa. Se cuestionan y se reprochan mutuamente, pero también conversan, por momentos, con renovada cotidianidad.

“¿Tú qué piensas? ¿Pasará este luto?” (18)

“-Tú siempre criticándome, creyéndote más inteligente que el resto porque escribías unos versos. / -Nos ahogaste, a mi hermana y a mí. / -¿Yo siempre fui la mala de la película? / -Lo fuiste, también.” (19)

“-No quise verte. No te vi. / -Poeta y cobarde.” (31)

“-¿Siempre vas a venir a visitarme? / -Ahora vivo aquí. Llevo una vida modesta.” (26)

En ocasiones la intervención de la madre también llega por medio de recuerdos de infancia o de dichos que con el tiempo adquieren validez. Siempre es una presencia que implica crudeza, claroscuros, contradicciones, y que a la vez cuestiona la idea arquetípica de la maternidad.

“¿Cómo amar a una madre que no te ha enseñado a amar?
La madre debe ser silenciosa, cálida, puro sustento. El mito de la buena madre es una condena para la madre real.” (68)

He leído cada libro de Victoria con admiración y gratitud, pero este ha sido el más duro y el que me ha tocado más hasta ahora. También el más versátil: incorpora prosa, poesía, ensayo e incluso algunas escenas con tintes teatrales. Tiene dos historias paralelas que se intercalan y cada una, a su modo, habla de una muerte inacabada. La voz poética-narrativa también se desdobla en Victoria y la poeta, cada una construye una relación distinta con la madre y su muerte, dando como resultado un libro que no solo habla de la madre y de la muerte, sino que plantea múltiples caminos para ir a su encuentro o desencuentro. Además, como en algunos de sus poemarios, este libro tiene, también, una carga visual. Desde su título podemos apreciarla: un texto tachado no significa lo mismo que un texto sin tachar, y esto se hace manifiesto con un breve poema en la contraportada: “Un verso tachado es una cicatriz / Una vagina / Una huella…”. Además incluye el reverso de varias fotografías de la madre de la autora, con anotaciones suyas que en cierta forma representan su huella, el reverso de un pasaporte, una fotografía de su niñez acompañando un poema descarnado sobre su muerte, e incluso ilustraciones que aluden a Mary Toft (la mujer que paría conejos y es el guiño que da pie a la historia paralela), así como a las fases del desollado de un conejo, que podría aludir también al ejercicio de la escritura que Victoria realiza en este libro: escarbar, pelar una a una las capas del dolor hasta llegar a lo más hondo, aunque esto deje ver líneas de pegamento antiguo que revelan su quiebre (67). También podría aludir esta última imagen a la frialdad con que, muchas veces, ejerce sus labores el personal de salud, para quienes los pacientes pasan a ser cifras y términos, en lugar de humanos: “Una convivencia funcional, operativa, que no admite el dolor” (75).

Hay mucho más que decir y descubrir en este libro, pero así como los episodios duros se van resolviendo de a pocos, sé que me quedan varias relecturas para poder abarcar todo lo que encierra Y la muerte no tendrá dominio.

Sobre Becky Urbina

Poeta y gestora cultural, dedicada principalmente a la mediación de lectura literaria y a proyectos de formación lectora. El 2014 obtuvo el Premio Scriptura, con su poemario “Camping en el país de las maravillas”, con el cual obtuvo también el Premio Luces del Diario El Comercio. Su proyecto de novela infantil “Algo azul” obtuvo los estímulos económicos del Ministerio de Cultura en el 2018. Se encuentra cursando la Maestría en Literatura Infantil – Juvenil y Animación a la Lectura en la Universidad Católica Sedes Sapientiae y formó parte de la primera Cátedra de Lectura, Escritura y Bibliotecas del Perú, organizada por el Ministerio de Cultura, la Casa de la Literatura y la Biblioteca Nacional.