Una lectura de Queer

Alerta de spoilers (avisados están). Esta es una lectura, siempre personal, de la historia que ofrece la novela de William Burroughs, pero sobre todo es una reflexión sobre lo que ofrece una edición específica. Porque como lectores (y por supuesto como editores) no deja de ser interesante estar atentos no solo a lo que nos dice un libro a través de las palabras que contiene, sino también volvernos capaces de juzgar el recipiente y todos los otros elementos que conforman un libro. Esa es una forma también de enriquecer nuestra lectura.

Por: Anahí Barrionuevo

Leo Queer, de William Burroughs, maestro y guía de los chicos beatnik.

Esta es la edición definitiva del 25° aniversario, así dice en la carátula. Incluye una amplia introducción de Oliver Harris, fechada en noviembre de 2009. Harris es quien hizo la edición, y se extiende sobre la historia del manuscrito: “Resulta fácil resumir cómo fue el proceso de escritura de Queer”, dice. Y sí, básicamente dos armadas, una de 59-60 páginas y otra de unas 25, ambas en 1952. Pero el destino de lo escrito es más complejo. En resumen, el manuscrito fue saqueado por el propio autor para alimentar el de Yonqui, pues la editorial le pedía extender esa primera novela (que publicó en 1953). Luego Queer quedó relegada hasta 1985, en que nada menos que el superagente Andrew Wylie convence (u obliga) a Burroughs de publicarla, como parte de un contrato sobre toda su obra por una suma que le permitió vivir tranquilo en adelante. Burroughs añadió entonces una parte final y un prólogo. Con todo, Queer es breve, y al parecer Harris considera que, de algún modo, el saqueo de la década de 1950 la trastornó, la desnaturalizó. Así que para su edición, “definitiva” como la llama, retoma la versión original (es decir, la completa de 1952), y claro, también la parte final y el prólogo del autor de 1985, que, curiosamente, coloca al último. Una puede o no estar de acuerdo con este tipo de decisiones, pero el resultado es bueno. Al menos para mí, aunque quizás resulte demasiado acucioso para un lector menos interesado en estas cosas.

De cualquier modo, de lo detallado por Harris, refrendado con notas abundantes, queda una lección que muchos editores olvidan tomar en cuenta: la historia del manuscrito. Me gusta esto, porque recuerdo que cierta vez alguien me preguntó qué hacía falta para editar un libro y mi respuesta fue esta: “Antes que nada, conocer la historia del texto”. Claro que hay textos que no tienen mayor historia, o en realidad ninguna, pero eso ya es otro cuento. Harris se extiende en aspectos de la vida y la obra, como es habitual en una introducción, sin excluir lo sustancial para el caso: la muerte de la poeta Joan Vollmer por un disparo accidental activado por Burroughs, entonces casado con ella; la homosexualidad del autor, así como su amistad con Jack Kerouac y Allen Ginsberg; la estadía en México. Y si bien no es la mar de entretenido, es interesante.

Una mención especial: desde la solapa del libro, a través de una fotografía tomada por un grande, Richard Avedon, Burroughs nos observa pero en realidad podemos observarlo nosotros a él. Está muy peinado, con la cara bien lavada y rasurada. El cuello de la camisa, alargado, aprisionado por la corbata y flanqueado por las solapas del traje claro, luce, en contraste, descuidado. En el flanco derecho de su cara, el ojo es melancólico, retraído entre los músculos, mira desde lejos y hacia el fondo de nosotros, a la vez que hacia el fondo de sí mismo. Es su lado triste y personal, con la resaca de todo lo sentido. La primera línea por encima de la ceja es profunda y parece una contracción de dolor, pero las líneas que arman el pentagrama superior son limpias, a diferencia del pentagrama del flanco izquierdo, donde las líneas son tormentosas, irregulares. Ambos pentagramas se inclinan hacia adentro, componiendo algo como una bandada de aves. En el ojo del flanco izquierdo, los músculos están más relajados: se le ve el párpado y la mirada es más despierta, atenta, pero inevitablemente cínica o talvez solo cansada. Es el lado hacia afuera, el lado con el que mira el mundo exterior. Burroughs ya no es joven ante Avedon, y la inclinación del ojo izquierdo hacia el lado del rabillo denota decepción o tristeza, pero también, sin ser contradictorio, un muy remoto y tenue sentido del humor. La boca es recta, de labios delgados o volcados hacia adentro; no sonríe, quizás calla, o más bien resiste o ha resistido.

La fotografía de la carátula es, dice en la página de créditos, “a partir de una foto del autor”. No queda claro si es tomada por Burroughs (debe de ser, tiene que ser) o del propio Burroughs (infinitamente improbable).

¿Qué es lo que más me ha llamado la atención de este libro? No diré nada sobre el estilo o la estructura. Quiero centrarme en lo que cuenta y en cómo eso dialoga conmigo mientras leo. William Lee, protagonista, alter ego, asedia al joven Allerton, ambos en México. Pasean por bares, antros, salones, generalmente gays. Lee es un hombre al que podemos estimar la edad del propio Burroughs en ese momento: 38, casi un cuarentón. Allerton está en sus veintes. Como suele pasar aún, pero como quizás pasaba más antes, Lee quiere asegurar la cercanía de Allerton por medios económicos. Él los tiene y Allerton, en cambio, no; porque es joven, quizás pobre, y en algún momento Lee lo considera incluso flojo para el trabajo. Pero es hermoso y Lee quizás lo ama o lo quiere, pero con seguridad lo desea. Allerton acepta mantenerse cerca de Lee a partir de esta simbiosis surgida del dinero, del recurso económico. Pero no lo ama, quizás no lo quiere; en definitiva no lo desea o no admite que lo desea, y se dice bisexual. Contada en tercera persona, claramente la novela se desplaza desde el punto de vista de Lee, ¿pero qué hay de Allerton?

Al inicio Lee no tiene clara la sexualidad de Allerton, y no la tiene porque Allerton no la expresa, está probando, es apenas un curioso. Cuando Lee logra atraerlo y llevarlo a su cama, todo queda claro, salvo para Allerton, que marca distancia, que acepta pero no. Y es que, ¿por qué habría de resignarse a la marginación y al estigma un joven que por el solo hecho de serlo mantiene una ventaja? Allerton me parece bastante emblemático en sus descubrimientos y actitudes, que ilustran el rechazo que puede enfrentar una persona para asumir ante sí misma (y ante el mundo) su homosexualidad. ¡Qué tranquilidad ser heterosexual! Y, en cambio, qué inseguridades, amenazas y marginalidades aguardan en la vereda homosexual. Y la pregunta profunda: ¿por qué tenía que pasarme a mí? La homosexualidad es un defecto, una tara, en un mundo donde ser heterosexual, nos dicen, es la norma y es lo correcto. Es como tener tres piernas o ninguna, dos cabezas, siete dedos. Un handicap en toda regla. ¿Por qué uno la desearía para sí? ¿Por qué uno lo aceptaría si, además, tiene la ventaja de poder esconderse? Nadie quiere ser señalado, nadie quiere ser un apestado. Y Allerton enfrenta eso. Además, el trato que le propone Lee, a la vez que lo humilla en sus carencias, estimula su desprecio.

Porque Lee, tristemente, recurre a lo que quizás él mismo percibe como su mayor recurso: la plata. Y por muy tergiversados que tengamos nuestros valores (oh, tiempos modernos), no dejamos de ver con inferioridad a quienes fundan su valía en lo que tienen. Nos colocan, además, en una situación horrorosa: permanece a mi lado por mi dinero; quiéreme por eso. O sea, pierde tu orgullo y tu dignidad, tienes un precio, acéptalo. Y yo te pago ese precio.

En este sentido, me parece que Queer retrata muy bien un esquema típico de las relaciones homosexuales, un esquema doloroso para ambas partes, que desnaturaliza las razones que hoy podemos considerar válidas para la formación de una pareja. Pero un momento: ¿no son las bases también de muchas relaciones heterosexuales? Sin duda. Sin embargo, los procesos de liberación de la mujer justamente han ido por la ruptura de esas bases poco saludables. La liberación homosexual, en cambio, de inicio más tardío y todavía en proceso (en lento proceso si hablamos del Perú y por eso mucho de lo expresado tiene validez en estas tierras sin enfoque de género, o de incipiente enfoque de género, y en cambio resultarán curiosidades de interés antropológico en otros ámbitos), aún no ha llegado, y claramente no había llegado a la sociedad norteamericana en los tiempos de Burroughs. Y eso es triste.
Todo esto acerca de la validez de los lazos en una relación sentimental no se dice en Queer. Apenas se muestra sin juzgarlo, y hasta aparece como completamente normal. Pero visto desde hoy no puedo dejar de observarlo.

Barcelona: Anagrama, 2013. 200 pp.
Título original: Queer (Viking Penguin, 1985). Traducción de Marcial Souto.

Editora peruana. En el Perú ha editado a escritores como Ryonosuke Akutagawa, Henry James o Franz Kafka; y a escritores peruanos como César Vallejo, Ciro Alegría, Luis Loayza, José Diez Canseco o Jorge Eduardo Eielson, entre otros. Asimismo, ha trabajado en editoriales nacionales e internacionales y en distintos proyectos.