Una lectura de El cuento de la criada

Cercano el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, no está de más aproximarse a esta novela de Margaret Atwood, una distopía donde las mujeres son víctimas y cómplices de un sistema teocrático, totalitario, cruel y enajenante, en un mundo contaminado y apocalíptico donde los colores importan. Acaso no nos quede tan lejos. Como siempre, esta es solo una lectura personal y viene con alerta de spoilers.

Por: Anahí Barrionuevo

Leo El cuento de la criada, de Margaret Atwood.

No son pocos los libros que han cruzado las fronteras del papel para situarse en los registros audiovisuales. De hecho, el cine empezó echando mano de la literatura, que era donde estaban hasta entonces, en exclusiva, las buenas historias. Y luego del cine, la televisión; y ahora el streaming. Este cruce de fronteras ha dado lugar a toda una subespecie dentro de ese amplio “género literario” que conforman las discusiones inútiles: ¿cuál es mejor: el libro o la película? El cuento de la criada (la serie) es una de las producciones televisivas más exitosas de los años recientes. Antes, en 1990, ya existió la película —que no he visto—, dirigida por Volker Schlöndorff, uno de los mejores directores de cine alemanes, que hizo, por ejemplo, El tambor de hojalata, adaptación de la novela homónima de Günter Grass. Debo reparar esta falta, y verla, no solo por Schlöndorff, sino también porque el reparto es muy destacable.

Pero dejemos las ramas: lo importante es que esta serie le ha dado a la novela de Margaret Atwood, publicada por primera vez en 1985, una notoriedad que pocas novelas contemporáneas alcanzan, y a nivel internacional.

Un momento: no ha sido solo la serie. Esa notoriedad responde también a un hecho alterno pero real: de cierto modo, la historia (la nuestra, la de la humanidad, digamos) alcanzó a la novela de Atwood; o al revés, la novela de Atwood alcanzó a la historia. O se trata por fin de una coincidencia, aunque ya sabemos que las coincidencias no existen. Desde 2015, con #NiUnaMenos, hasta 2017, año del estreno de la serie, que es también el año del #MeToo, habían pasado más cosas referidas al feminismo que en las tres décadas precedentes. Esto no quiere decir que en esas décadas no pasara nada, pero en definitiva no se había alcanzado una efervescencia como la de aquel año, o la de ahora, en que lucha por mantenerse.

Entonces, ¿El cuento de la criada (la novela) es feminista? La edición en español incluye una Introducción de mano de la autora, lamentablemente no fechada, pero presumiblemente escrita entre fines de 2016 e inicios de 2017, donde ella misma contesta esta pregunta. Y responde con matices que podemos resumir en “sí pero no”, o “no pero sí”. O sea, no lo sería, dice, si entendemos como tal un relato ideologizado que muestre a las mujeres victimizadas, carentes de capacidad de elección; pero sí lo sería si se considera que las mujeres aquí son personajes “interesantes e importantes”. Y luego, en una relativización quizás excesiva sobre su propia obra, anota: “En ese sentido, muchos libros son ‘feministas’”.

Está claro que no siempre las/os escritoras/es son las/os mejores analistas de su obra. Y esto no resta nada a su genio, pero a veces, como en este caso, puede dejar un sabor un poco amargo. Porque no deja de ser contradictorio escribir una novela como esta para luego recular —al menos un poco, al menos un mucho—, y no decir simplemente que es feminista y qué. ¿Alguien conoce alguna novela de relato ideologizado con mujeres víctimas sin capacidad de elección? Estimada/o lector/a, si identifica una, por favor avise.

Con todo esto se puede decir una cosa: más allá de los rótulos, pero sin prescindir de ellos, esta es sin duda una novela feminista, con perdón de su autora.

Y lo es más porque en ella la condición de las mujeres, especialmente las de las clases no favorecidas, no depende únicamente de individuos, sino de un sistema pérfido (patriarcal), acordado desde el poder, entre hombres y mujeres, para conveniencia de unos cuantos (los del poder, lógicamente).

Pero vayamos no al principio, sino al detonante. Cito (y largo):

“Fue después de la catástrofe, cuando le dispararon al presidente, ametrallaron el Congreso y el ejército declaró el estado de excepción. En ese momento culparon a los fanáticos islamistas. […] Fue entonces cuando suspendieron la Constitución. […] Se instauró la censura para la prensa y hasta se cerraron algunos periódicos aduciendo razones de seguridad”.

“Las mujeres ya no podemos tener nada de nuestra propiedad, me informó [Moira]”.

“Por supuesto, se organizaron marchas de montones de mujeres y algunos hombres, pero fueron menos importantes de lo que cualquiera hubiese pensado”.

Así empieza la República de Gilead, un ficticio pero posible Estado teocrático, es decir, uno donde la religión es utilizada como hipócrita instrumento de sometimiento. Gilead no es otra cosa que la costa este de los Estados Unidos, la Nueva Inglaterra.

Ahora bien, es necesario precisar: siendo una novela feminista, El cuento de la criada es, además, una novela estructurada de manera brillante, donde se mezclan todos los tiempos (pasado y presente intercalados, y luego un futuro) para completar el panorama distópico, deshumanizador —que es el centro de la propuesta—, partiendo del testimonio de la protagonista que es Defred (Offred, en inglés), presumiblemente la criada June. A saber: 1. en el pasado está el relato de cómo fue la vida de Defred antes del ascenso de la República de Gilead; 2. en el pasado también está cómo fue el proceso de instauración de la República de Gilead y en cómo ella pasó a convertirse en una criada; 3. en el presente está su permanencia en la casa del Comandante y su Esposa, Serena Joy, donde tiene la “misión” de darles un hijo; 4. en el presente también están los hechos públicos y políticos que la rodean en el estado actual de la República de Gilead; y 5. en el futuro está el hallazgo y análisis de su testimonio, mucho más adelante. Esos tiempos, que se rozan y son casi continuos, están sabiamente entremezclados en el relato, permitiendo al lector/a, por un lado, acercarse de manera paulatina (y muy entretenida) a un mundo nada feliz y altamente probable, y, por otro, conocer las intrigas que rodean la vida de la protagonista (¿qué pasó con su hija?, ¿qué pasó con su esposo?, ¿logrará tener un hijo/a?, ¿habrá una salida?). No es poco.

En este mundo infelizmente probable, el planeta está más allá de su sostenibilidad. Se trata de un mundo contaminado, árido, estéril. Tan estéril como la mayoría de mujeres y de hombres. Y en ese sentido, prácticamente inviable, salvo para unos pocos. En este escenario, la reproducción —la reproductividad— juega un papel clave, y es un componente del poder, en una sociedad fuertemente estratificada, o más precisamente, en una sociedad de castas.

Foto: Difusión

Y acá es donde los colores importan. Y sin duda se trata de uno de los elementos más llamativos de la novela (muy aprovechado por la serie, dicho sea de paso). En la República de Gilead nadie se viste (ni piensa, ni vive ni respira) libremente. Se usan uniformes, o más propiamente, hábitos. La vestimenta de cada personaje revela a qué casta pertenece. Veamos algo de esto:

1.En la cima de la pirámide están los Comandantes de la Fe, que tienen el poder político y religioso, y que visten de negro.

2. En el ámbito público, que es el del poder, también están otros hombres, que son Ángeles, Guardianes, Espías, y algunos también visten de negro aunque con corbatas rojas por ejemplo, y otros de azul.

3. En el ámbito doméstico están las Esposas, siempre por debajo de los Comandantes, vestidas ellas de azul. En la Introducción, la autora señala que este color alude a la pureza y lo virginal (recordando el clásico manto azul de la Virgen María). Y también las Hijas, que visten íntegramente de blanco.

4. En lo doméstico están igualmente las Criadas, que visten de rojo, que las identifica con la sangre, con la reproducción, a la que están obligadas, y llevan un tocado blanco que limita la exposición de su rostro.

5. Por debajo de las criadas se sitúan las Marthas, que visten de verde descolorido, como el de los clásicos trajes de los médicos. Estas mujeres de “piel oscura”, según describe Defred, están confinadas al trabajo doméstico en las casas de la gente adinerada, que, para todos los efectos, es casi la única gente que cuenta en la República de Gilead, es decir, los ciudadanos de pleno derecho.

6. También existen hombres sin dinero en Gilead, y tienen Econoesposas. Como deben hacer todo: cocinar, lavar, tener hijos y ser virginales cónyuges, ellas visten a rayas azules, rojas y verdes.

7. Las únicas mujeres que desempeñan un papel público son las Tías, que forman a las criadas y que les enseñan, digamos, su lugar en el mundo. Mezcla de institutrices y carceleras, visten de marrón.

8. A nadie le importa cómo visten las No Mujeres, que han sido desterradas a Colonias donde, junto con algunos hombres, son sometidas a trabajos forzados, en un escenario desolado y de muerte, básicamente por cualquier condición disidente: son lesbianas, son rebeldes, son estériles.

Como se ve, no es nada sencillo el mundo creado por Atwood, que es otro pero también este. Sin embargo, la historia se centra, en el presente, en las relaciones entre Defred, la criada y narradora principal; su tercer Comandante; la Esposa de este, Serena Joy, antigua estrella de televisión que padece de un “artrítico pie izquierdo”; y Nick, servidor del Comandante. El universo de personajes es, sin embargo, más complejo. Ahí están las criadas Deglen y Dewarren; las Marthas Rita y Cora; o Moira, la mejor amiga de Defred, y lesbiana; o las Tías Lydia y Elizabeth; o los personajes del pasado de Defred, como Luke, su madre y su hija, antes de que surgieran las castas, antes de Gilead.

Hay mucho más que decir sobre esta excelente novela, pero espero que lo comentado motive, estimado lector/a, un acercamiento a ella. Solo añado sobre la edición dos cosas: 1. La ilustración de la carátula, del excelente Fred Marcellino, modificada en sus colores para la versión en español, acierta plenamente en representar el carácter del libro, porque remite a ilustraciones medievales que, a su vez, nos recuerdan tanto los Cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, como al Decamerón, de Giovanni Boccaccio. 2. El texto tiene un conjunto no menor de erratas que entorpecen la lectura y que espero que en las ediciones posteriores a la segunda (que es la que manejo) hayan sido subsanadas.

Margaret Atwood (1985). El cuento de la criada. 2da ed. Barcelona: Salamandra, 2017. 416 pp. Título original: The Handmaid’s Tale. Traducción del inglés de Elsa Mateo Blanco (2017).

Editora peruana. En el Perú ha editado a escritores como Ryonosuke Akutagawa, Henry James o Franz Kafka; y a escritores peruanos como César Vallejo, Ciro Alegría, Luis Loayza, José Diez Canseco o Jorge Eduardo Eielson, entre otros. Asimismo, ha trabajado en editoriales nacionales e internacionales y en distintos proyectos.