La cultura como una enorme cancha de fútbol

El panorama de la cartera Cultura del gobierno de Keiko Fujimori luce penoso, y augura quizás la desaparición de un ministerio, su fusión con alguna oficina del Instituto Peruano de Deportes o la vuelta al antiguo INC de los tiempos del papá dictador. Un partido sin estrellas que acaba en el primer tiempo.

Escribe: Mónica Delgado

Fujimori nos ha obligado a imaginar en pleno 28 de julio que la cultura es un enorme estadio: uno viejo, abandonado, colapsado, sin hinchas ni futbolistas. No sé si Alberto Beingolea, el conocido periodista deportivo ahora recién designado ministro del fujimorismo, aparece ahora como árbitro, entrenador, mediocampista, arquero, revendedor o recogebolas al convertirse en titular de Cultura. La decisión de Keiko nos deja la certeza de que este estadio no es una cancha reglamentaria donde se compite bajo normas claras; es más, parece que no hay reglamento alguno ni VAR; es tierra de nadie, donde una pichanga de barrio parece tener mejor organización y garra.

Por otro lado, si aceptamos este tipo de locas metáforas futboleras que incita el cruento fujimorismo, lo que asoma a sus espaldas, en la sede de la Av. Javier Prado con Aviación, es más bien un estadio con decenas de campos superpuestos, algunos de tierra, sin pasto, otros con grass sintético, construidos sobre distintas alturas, donde cada tribuna habla una lengua diferente, donde algunos partidos llevan décadas jugándose sin fin, mientras otros apenas comienzan.

En este estadio que vive abandonado conviven las culturas indígenas, afroperuanas, andinas, costeñas, amazónicas, migrantes, urbanas y rurales; el patrimonio arqueológico, el cine, la danza, las orquestas juveniles, la literatura, las artes populares, las industrias creativas y las memorias de conflictos aún abiertos. Gobernar ese estadio en estas condiciones exige comprender con urgencia cómo se distribuyen los espacios, quiénes nunca han podido entrar a la cancha, qué graderías se encuentran abandonadas y cuáles hinchadas concentran todos los recursos. A pesar de tantos años en el periodismo deportivo, parece que el nuevo ministro se perderá entre el vestuario del PPC y la banca de suplentes del keikismo.

La designación de Alberto Beingolea, un político excongresista sin formación ni experiencia en gestión pública, como nuevo ministro de Cultura puede leerse como un síntoma de la concepción que tiene el fujimorismo sobre este sector. Es sabido que la cultura para Fuerza Popular es un ámbito secundario, simplón, un gasto; por ende, han dejado en evidencia que la conducción de este ministerio no requiere conocimiento especializado ni experiencia en el diseño e implementación de políticas públicas: el conocimiento acumulado sobre patrimonio, industrias culturales, interculturalidad, derechos culturales o memoria histórica resulta prescindible frente a criterios políticos o de popularidad.

Designar a alguien cuya trayectoria se ha desarrollado mayoritariamente observando un único deporte (mostrando también las limitaciones de la misma labor periodística en un país que todo lo ve fútbol) equivale a entregar la administración de ese inmenso estadio a quien únicamente sabe comentar un partido de segunda división. Es probable que Beingolea reconozca el césped, los reflectores y el marcador, pero no necesariamente las estructuras que sostienen la edificación, las normas de seguridad, los sistemas de acceso, los conflictos entre las tribunas ni la compleja logística que permite que miles de actividades ocurran simultáneamente.

Desde la perspectiva de las políticas públicas, esta designación puede traducirse en varios problemas. En primer lugar, una pérdida de capacidad técnica para formular políticas de largo plazo, privilegiando acciones llanas como la búsqueda de “peruanidad” (sic), como ha anunciado el flamante ministro como medida inicial en sus primeras declaraciones ante medios. En segundo lugar, una mayor vulnerabilidad frente a intereses políticos o económicos que busquen instrumentalizar el sector cultural, precisamente porque un ministro sin experiencia dependerá en mayor medida de asesores o de decisiones tomadas desde otros sectores del gobierno, sobre todo de aquellos que vienen vulnerando al cine y audiovisual peruano con sus censuras.

Además, no podemos olvidar que Beingolea es un abierto anticomunista, mostrando prejuicios y desinformación que podrían afectar la continuidad de algunas políticas solo por sesgo. En tercer lugar, podría profundizarse el centralismo cultural, al desconocer las complejas dinámicas territoriales y las necesidades específicas de regiones donde la cultura constituye un elemento fundamental de cohesión e identidad. El panorama es penoso, y augura quizás la desaparición de un ministerio, su fusión con alguna oficina del Instituto Peruano de Deportes o la vuelta al antiguo INC de los tiempos del papá dictador de Keiko. Un partido sin estrellas que acaba en el primer tiempo.

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Mónica Delgado Chumpitazi: Comunicadora social, crítica de cine y docente universitaria. Magíster en Literatura con mención en Estudios Culturales y Doctora en Historia del Arte por la misma universidad. Profesora asociada en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima, Perú). Dirige la revista de cine Desistfilm.