Anahí Barrionuevo: “La sororidad juega un papel clave también en la literatura”

Este año han aparecido libros infantiles y juveniles cuya propuesta va más allá del Plan Lector, o que, en principio, no han sido planteados para ese mercado de manera específica, dice nuestra entrevistada en la presente charla sobre libros y más…

En los últimos años el sector editorial que forma parte de las industrias culturales crece de manera sostenida a nivel comercial, sin embargo, el Perú está muy lejos de los niveles de ventas y de lectura que se alcanzan en otros países de América Latina, y ciertamente, la estabilidad del sector no deja de estar amenazada por la ausencia de una Ley del Libro que establezca de manera definitiva un plan nacional para su impulso y su consolidación, refiere la destacada editora Anahí Barrionuevo, quien además nos ofrece su particular mirada de todo lo acontecido en el segmento literario peruano en este agónico 2018. ¡A leer!

-Anahí, más allá del ranking cansón que especula sobre el mejor o el peor libro de 2018, ¿cómo observas la producción literaria local, particularmente la que se desarrolló este 2018?

-Diversa en géneros. No han abundado las novelas, pero sí han aparecido varias destacables, como El espía del Inca, de Rafael Dumett, tal vez la más ambiciosa en muchos años; La luz inesperada, de Marco García Falcón; La velocidad del pánico, de Stuart Flores; Ámok, de Giacomo Roncagliolo; Interruptus, de Leonardo Aguirre; o Los espejos opacos, de Christiane Félip Vidal, por solo mencionar algunas. Es curioso que para tres de estos autores se trate de su primera novela. Salvo excepciones, podríamos decir que este año descansaron muchos de nuestros novelistas; o descansaron de publicar novelas, porque, en cambio, lanzaron libros de cuentos, como Karina Pacheco con Lluvia; Juan Manuel Robles con No somos cazafantasmas; o Alejandro Neyra, con Biblioteca Peruana. Con este descanso, es esperable que 2019 nos traiga más novelas. El único caso inverso a la tendencia que señalo ha sido Perro con poeta en la taberna, de Antonio Gálvez Ronceros, que, habiendo escrito solo cuentos a lo largo de su extensa carrera, este año nos entregó su primera novela. En el cuento ha habido entregas interesantes, además de las que mencioné antes: Nosotros que vamos ligeros, de Nataly Villena Vega; o Papeles fantasma, de Luis Jochamowitz.

Cuatro casos especialmente interesantes, porque no son frecuentes, han sido, primero, la publicación del libro de ensayos El llamado de la tribu, de Mario Vargas Llosa; segundo, la del libro testimonial El hijo que perdí, de Ana Izquierdo Vásquez; tercero, dos piezas de teatro de Mariana de Althaus en Todos los hijos; y, cuarto, la coincidencia de la aparición de dos libros de memorias: La bruja de Lima, de Fernando Ampuero; y Memorias de una transgresora, de Maki Miró Quesada. Aclaro que no he sido exhaustiva en las menciones, y sin duda muchos títulos se me escapan en este momento, especialmente de poesía.

-Comercialmente, ¿cómo crees que se movieron los libros en este agónico 2018?

-Sin duda el sector editorial, que forma parte de las industrias culturales, viene creciendo de manera sostenida en su nivel de ventas en los últimos años. Y eso no solo se debe a la todavía tenue diversificación literaria, sino también a otras líneas de escritura, especialmente a la no ficción, en la cual este año ha sido generoso, con libros de autoayuda en salud y mindfulness; y libros de investigación con diversa temática, especialmente social (acá estarían, por ejemplo, los dedicados al fútbol, con grandes éxitos y enormes fracasos) y política, quizás los más destacables. También este impulso se relaciona fuertemente con los libros infantiles y juveniles, que en 2018 nos han ofrecido alternativas locales que ya no tienen como objetivo inmediato la difusión en escuelas.

Pese a este crecimiento, el Perú está muy lejos de los niveles de ventas (y de lectura) que se alcanzan en otros países de América Latina, y ciertamente, la estabilidad del sector no deja de estar amenazada por la ausencia de una Ley del Libro que establezca de manera definitiva un plan nacional para su impulso y su consolidación. Los gobiernos, y el actual en concreto, deben entender que el sector editorial resulta estratégico para alcanzar determinados objetivos de desarrollo. La sola intención de gravar los libros con el 18% del IGV, del que actualmente se encuentran exonerados, solo revela un desconocimiento profundo de la historia reciente del libro en el Perú y del funcionamiento de esta industria, sino también una grave indolencia frente al papel que desempeña la cultura en la creación de ciudadanía, que tanta falta nos hace. No se puede legislar sobre el libro y la lectura en los mismos términos que se hace sobre otros sectores productivos, como la minería o la cosmética, y ni se diga los casinos, que, por cierto, son mucho más rentables en términos absolutos, y quizás incluso porcentuales.

-Los catálogos de las diversas editoriales locales se mostraron más diversos este 2018, con libros de corte histórico, antropológico, científico, infantil, cómic, entre otros. Si bien estos temas se exploran anualmente, me parece que este año se movió un número mayor. ¿Lo observas así?

-Definitivamente sí, como comentaba antes. Pienso que ese es el highlight de 2018: la diversidad editorial. ¿Qué significa?, cabe preguntarse. La entiendo como manifestación de un incremento en la creación de conocimiento en el Perú. Es incipiente aún, pero viene cobrando fuerza. Y aunque suena simple, es clave por las expectativas que ofrece respecto del desarrollo social en el corto, mediano y largo plazo. Por otra parte, creo que responde, al menos en parte, al hecho de que los diversos actores de la industria editorial y cultural asociado con el libro se vienen involucrando de manera decidida en un aspecto tanto o más relevante que la producción de libros, y que es la promoción de la lectura, buscando alcanzar nuevos sectores sociales que se interesan por practicarla de manera cada vez más clara, y que antes tenían menos facilidades para acceder a ella.

-Las editoriales grandes como Planeta, Random House, Fondo de Cultura Económica este 2018 publicaron algunos rescates memorables. Libros de Reynoso, Ampuero, Ortega, entre otros. Títulos absolutamente necesarios, pero fuera de circulación. ¿Qué opinas sobre estos rescates?

-Efectivamente, los rescates han ocurrido de manera intensiva este año, de las obras de diversos autores, que ya no era posible encontrar en librerías. Son casi innumerables: de Carmen Ollé, Las dos caras del deseo y Retrato de mujer sin familia ante una copa; de Alonso Cueto, La hora azul; de Enrique Planas, Orquídeas del Paraíso; Nunca sabré lo que entiendo, de Katya Adaui; o los que mencionas: Adiós, Ayacucho, de Julio Ortega; El enano, de Fernando Ampuero; o Los inocentes y En octubre no hay milagros, de Oswaldo Reynoso. También, en el caso de la poesía, la notable nueva edición de Vox horrísona, de Luis Hernández, que quizás podríamos señalar como el mejor libro publicado en 2018. Esta abundancia puede interpretarse de muchas maneras. Una de ellas es que significa la valoración de nuestros clásicos más recientes; y otra es el reconocimiento de que los escritores tienen una trayectoria que debe respetarse más allá de las urgencias de la novedad.

-En contraparte, editoriales independientes como Ceques Editores o Cocodrilo Ediciones también hicieron lo propio. La primera de ellas nos ofreció El abanico y la cigarrera, de Francesca Denegri, y la segunda, La Trampa, de Magda Portal. Ambos libros son necesarios en el campo de las publicaciones de ensayo y novela escrita por mujeres. ¿Cuál es la importancia de ambos títulos?

-Enorme, de diferentes formas. La literatura escrita por mujeres no es una novedad en nuestra historia, en nuestra tradición, pero es claro que la Historia Oficial las ha marginado, cuando no olvidado. El trabajo de Francesca Denegri reivindica el papel de las mujeres ilustradas del siglo XIX, como escritoras e intelectuales, y como promotoras también del crecimiento del papel de la mujer en la vida pública nacional. Y lo de Magda Portal es una muestra, ya del siglo XX, de esas escritoras que, pasado el tiempo al que se refiere Denegri, continuaron siendo marginadas o ignoradas. No fue el único caso. En los tiempos republicanos del XIX y en el XX hay muchos casos como el de Portal. Allí están Angélica Palma, María Wiesse, Rosa Arciniega, por solo mencionar tres y narradoras. Entonces, si se trata de rescates, el de la obra de muchas escritoras peruanas debería entenderse como urgente. En otras palabras, es necesario, o más bien imprescindible, integrar a las mujeres en la Historia Oficial, para hacerla completa.

-La performance librera viene acompañada de concursos, premios y estímulos otorgados por entidades públicas y privadas: Premio Copé, Premio Cámara Peruana del Libro, entre otros. ¿Por qué son necesarios eventos de este género?

-Un sistema literario, para ser saludable, dinámico y sostenible, requiere de premios, concursos y estímulos. La tarea de los escritores y escritoras, el ejercicio de su vocación debe reconocerse de diversos modos, no solo mediante la publicación y la entrega de unas regalías, sino generando también un sistema que reconozca sus méritos, valide su trayectoria y favorezca su continuidad. En otras palabras, que lo ayude a conformar una carrera. En el Perú, especialmente en nuestros años más oscuros (las décadas de 1980 y 1990, tan destructivas como los tiempos de la Guerra del Pacífico), tuvimos abundantes escritores de un solo libro, que, por falta de incentivos, de condiciones mínimas de supervivencia vocacional, abandonaron el camino al menos de la publicación. Esto no es saludable, no solo para el escritor individualmente, sino para la comunidad, en tanto impide la conformación de una tradición literaria, que en última instancia es el faro que nos permite mirarnos como nación, reflexionarnos como país, y, en esa medida, configura aspectos fundamentales de nuestra identidad. Para ilustrarlo, basta decir que no seríamos los mismos sin un Arguedas o un Vargas Llosa.

-Pese a todo este positivo panorama, aún son pocas las autoras que publican y, de las pocas que lo hacen, un número reducido son visibilizadas por determinados críticos y medios. ¿Por qué?

-Quizás sería interesante cambiar la pregunta por otra: ¿qué permite romper ese techo de cristal literario, o al menos intentarlo? Sin duda las escritoras deben pelear mucho más para su visibilización que los escritores. Negarlo sería absurdo. Pero algunas lo vienen haciendo, y eso tampoco se puede negar. Creo que esto parte de no esperar la validación del Discurso Oficial, mezquino con las mujeres, o a veces indulgente de modo irritante, sino situarse de manera asertiva en el diálogo literario, o, para usar una palabra que a muchos no gusta, empoderarse, o dar la cara. Este camino evidentemente es más sencillo para quienes pueden echar mano de los medios tradicionales de difusión, pero hoy existen herramientas alternas. Me refiero, por ejemplo, a las del mundo digital y virtual, a estas alturas incluso muchísimo más eficientes que las páginas impresas. Y por sus características inmediatas y transgeográficas, estas herramientas pueden potenciarse, como de hecho ocurre, con estrategias solidarias. La sororidad juega un papel clave también en la literatura. Además de esto, es igualmente necesaria la ardua continuidad en la escritura, es decir la persistencia. Y más allá de ella y de lo anterior, las escritoras deben aprender a confiar en su comunidad lectora: hoy es más claro que las lectoras (que somos mayoría) queremos leer a mujeres, que estamos interesadas en lo que pueden decirnos.

– Para finalizar. Desde hace un puñado de años la literatura infantil es un fenómeno en nuestro país. ¿Cómo observas este nicho en particular?

-Enorme, dinámico y diverso. Este año han aparecido libros infantiles y juveniles cuya propuesta va más allá del Plan Lector, o que, en principio, no han sido planteados para ese mercado de manera específica. Y en esa línea, creo que ha resultado especialmente destacable el libro Había una vez una peruana, que incluye más de cincuenta biografías de peruanas, y que fue escrito e ilustrado íntegramente por mujeres. No creo equivocarme si digo que ha sido una de las mejores publicaciones de 2018.