El corte certero de “Con un hacha en la mano”: ficciones breves que descarnan la realidad

El conjunto de cuentos y microcuentos de Álvaro Ique Ramírez exploran lo marginal, lo amazónico y lo íntimo con un lenguaje afilado que revela la crudeza detrás de lo cotidiano.

Por Stefanno Placencia

La narrativa breve latinoamericana explora hoy un territorio donde lo marginal, lo violento y lo íntimo se exponen sin velos: autoras como Samanta Schweblin o Mariana Enríquez han demostrado que un cuento puede exponer sin filtros las fracturas de la vida cotidiana y que la brevedad es capaz de golpear tan fuerte como una novela. En ese panorama, donde la microficción y el relato breve han encontrado nuevas formas de narrar la dureza contemporánea, “Con un hacha en la mano” irrumpe como parte de esa misma pulsación: una literatura que no suaviza, sino que corta.

Compuesto por microcuentos y cuentos breves, el libro de Álvaro Ique Ramírez cuestiona con contundencia las estructuras de poder. El tercer texto, que da el título al conjunto, arremete contra las «entidades gubernamentales» que disponen «de la cosa cultural como si fuese papel higiénico». Con una mirada lúcida y corrosiva, plantea que detrás de la desidia cultural existe una estrategia de poder, un interés por mantener al ciudadano en la ignorancia: «El Estado no solo sabe qué hacer con la cultura, el arte y otros valores intrínsecos del espíritu creador, sino que lo destruye porque no le interesa que el ciudadano se ilustre y se eduque».

Cuneccia Tropical funciona como el espejo oscuro de Iquitos, la ciudad de origen del autor: reimaginada desde la furia, el desencanto y la memoria. En “Muñeca de todos los santos”, la describe sin miramientos: «Todo está hecho mierda… un pueblo descuidado y sucio, zarandeado por vendavales y latigazos eléctricos, semihundido en la ciénaga amazónica sin un charco de sombra…, un paraje así nomás, jodido hasta el orto». En este libro, donde la brutalidad urbana se mezcla con el imaginario amazónico, circula una galería de personajes desbordados: jóvenes violentos, mujeres quebradas por la necesidad, seres que oscilan entre la espiritualidad y el instinto, voces que se arrastran por espacios donde la ternura y la podredumbre conviven en la misma respiración.

La prosa del autor se sostiene en una oralidad intensa que convierte la memoria en un territorio vivo, cargado de afecto, tensión y carácter. Su estilo no busca embellecer la experiencia, sino devolverle su temperatura original: la emoción cruda, la irreverencia cotidiana, la energía que vibra en las historias transmitidas dentro de una familia o una comunidad. Ese pulso se aprecia con claridad en las líneas de “Mauser 98”: «Mi abuela, como se dice vulgarmente, se fue a la guerra a “jugarse sus cojones”. Era rebelde, corajuda y temperamental y joven, ¡muy joven! Y lo peor para la época, ¡idealista!». Aquí, la mezcla de coloquialismos, exclamaciones y énfasis afectivos convierte a la abuela en un personaje que respira fuera del molde heroico tradicional: no es una figura pulida por la nostalgia, sino un cuerpo vivo, impetuoso, atrevido. Se aprecia una reivindicación desde el lenguaje mismo: la abuela es «idealista», «corajuda», «rebelde»; atributos históricamente sancionados para las mujeres, sobre todo «en la época»

En cierto momento del libro, la narración se desplaza hacia un registro que reproduce —y a la vez subvierte— las voces públicas de la Amazonía urbana. El autor sabe que, en estas ciudades, la realidad se comunica con un humor involuntario, un exceso de entusiasmo y una convivencia natural entre lo oficial y lo insólito. Por eso, convierte la prosa en una puesta en escena verbal donde la parodia no solo entretiene, sino que revela la textura auténtica del territorio. Un ejemplo nítido aparece en “La casita de los arreglados” cuando el narrador se refiere a un noticiero local: «Canal 69, su canal de televisión preferido, al tanto de las noticias en Tierra Colorada, a orillas del Ucayali, nuestra querida ciudad; como dice el himno, “perla radiante y bendita”, emporio comercial y crisol cultural en la Amazonía peruana. ¡Una ciudad sinigual!». Ese tono inflado, que recita adjetivos como si fueran verdades patrióticas, se desmonta de inmediato cuando, con total naturalidad, anuncia el rumor de «un árbol de zapote embrujado que unos hechiceros quemaron como ofrenda al diablo». Así, entre elogio institucional y superstición callejera, el autor captura la esencia más contradictoria —y más viva— de la Amazonía: un lugar donde la información convive con el mito y la parodia funciona como un lente crítico para mirar lo real.

Con una prosa directa y punzante, el narrador convierte la memoria en un espacio de confrontación: se retrata a sí mismo con ferocidad, como si cada palabra afilara la imagen que intenta comprender. Una muestra se encuentra en “Varoncito”, de apenas una página de extensión: «A los dieciséis años invencibles yo era un chiquillo lampiño, descontento y enojado… El garbanzo negro de la familia. El hiji’puta descarriado. Un malandro bilioso, odiado en el barrio».

El deseo por el cuerpo humano, la violencia de género y la infidelidad en las relaciones sentimentales se enmarcan con distintos matices provocadores. En “Mamá en el tocador”, el lenguaje adopta una sexualidad abiertamente transgresora: «Eternamente, así la quiero a mi madre. Bella. Maquillada y perfumada… Viciosa, promiscua y putísima. Ver a mi madre desnuda no me da miedo. ¡Me arrecha y el bicho se me pone duro! Mi madre me vuelve loco. Es una droga que me lleva al éxtasis del placer». A su vez, en “Rojo carmesí”, microcuento digno de una antología, la mordacidad aparece como una forma de distanciamiento emocional ante un recuerdo brutal que termina con un remate irónico: «Nunca pude ver a mi madre vestida de rojo. Salvo cuando mi padre le apuñaló cuarenta y siete veces, le vi cubierta de rojo sangre. Desde entonces odio el color rojo y sus mil tonos». Por último, en “Te lo juro, es la (pen)última vez”, el deseo contradice a la moral y la voz íntima revela más de lo que quiere ocultar: «Hace poco que su mujer sacó los pies del plato. Mentiras. ¡Hace tiempo! ¡Ay, tengo miedo! No vaya a ser que mi marido se dé cuenta… ahí sí que me jodo… Pero vuelve a las andadas. Lo juro, virgencita, esta es la última vez. Jura en vano. Y le da la recaída. No es mi culpa, ¿ya? La carne es débil».

Cargado de humor negro, “Con un hacha en la mano” convierte la brevedad en un gesto de insurrección que nace de lo marginal, lo impúdico y lo grotesco. Estas ficciones —microcuentos y cuentos breves— llevan la marca de una escritura rocanrol, como advierte el propio autor en su nota preliminar: feroz, irreverente y sin filtro, sostenida por una furia lúcida y un latido contestatario que no teme exhibir su desmesura expresiva. En ese filo, Álvaro Ique Ramírez reafirma que la literatura continúa siendo un territorio para los insumisos: escribe para incomodar, para abrir grietas y para recordarles a los lectores que la ficción breve —como lo hace en estas páginas— también puede cortar.

Sobre Stefanno Placencia

Licenciado y bachiller en Periodismo por la Universidad Privada del Norte (UPN). Fue becario del Programa Nacional de Becas y Crédito Educativo (Pronabec). Ha colaborado con artículos en las revistas “Día Treinta” de la UPN y “Letras” y “Tesis” de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), y la plataforma literaria “Lee por Gusto”. Dirige Burdel de Letras, un proyecto literario multiplataforma. En la actualidad, se desempeña como redactor y asistente editorial en la Editorial Artífice.