Lima en escena

Rossana Sala: “Lo político es un elemento vital en Me llevan a otra parte”

Autora del título Me llevan a otra parte, novela sobre el secuestro del militante aprista Miguel Estremadoyro, su abuelo, nos aproxima a parte de los hechos que dieron vida a esta interesante obra. Fotos: Difusión

El 17 de noviembre de 1950, el peruano Miguel Estremadoyro es secuestrado en el aeropuerto de Ciudad Trujillo en República Dominicana. Howard Greenberg; su socio y amigo con quien realizaba un viaje de trabajo, intenta encontrarlo sin éxito. Rosita, esposa de Miguel y madre de sus cuatro niños, lo espera junto a su familia en Nueva York en medio de una tormenta. El suegro y los hermanos de Miguel, enterados de la noticia, intentan ayudarlo desde el Perú. “Me llevan a otra parte”, es lo último que Estremadoyro le dice a Greenberg antes de desaparecer y ser forzado a entrar a un vehículo de la policía dominicana.

Los diez días de Miguel Estremadoyro, un aprista consumado como lo llama el brazo derecho del presidente peruano Manuel A. Odría, son el marco para desarrollar tres hilos narrativos: el relato de Miguel secuestrado; el relato de quienes lo esperan y buscan incansablemente y el racconto de la infancia, de la vida familiar de Miguel, y de su actividad política que es la que lo conduce a su exilio y el de su familia. Al respecto charlamos con la autora Rossana Sala

-Rossana, antes de hablar sobre el secuestro de Miguel Estremadoyro, tu abuelo materno y protagonista de tu novela “Me llevan a otra parte”, empecemos por el rol de las mujeres en el nacimiento de este título. ¿Qué papel jugaron tu abuela, tu madre, tus tías en la recreación del personaje central?

-Para desarrollar mi novela trabajé principalmente con las entrevistas que les hice a mis tres tías, las tres hijas de Miguel Estremadoyro. Me reuní varias veces con ellas y me contaron sus recuerdos e impresiones. Conversamos sobre su infancia. Mencionaron lo que representaba para ellas vivir con un padre tan interesado en la política y tan comprometido con la vida de su país, el Perú. Trabajé también con la entrevista que le había hecho mi prima Caterina Vella Estremadoyro no solo a mi abuelo, sino también a mi abuela, Rosa Llontop Schreitmüller. A través de ese documento pude conocer el punto de vista de ella, como esposa de un deportado y todo lo que tuvieron que hacer para adaptarse a un nuevo país cuyo idioma tuvieron que aprender. Entre las mujeres, también fue muy importante que pudiera contactar en los Estados Unidos a la hija de Howard Greenberg, el socio con quien viajaba mi abuelo al ser detenido. Ella me habló sobre la vida de su padre, de su madre y los recuerdos que conservaba de mi abuelo, así como las historias que su padre le había contado sobre su gran amigo, Miguel Estremadoyro Lindow. Todos esos aportes le dieron a la novela un valor humano imprescindible. Pude acercarme al sentimiento de quienes convivieron con mi abuelo y también al mío porque yo lo conocí. Lo admiré.

-Tu mamá te entregó el manuscrito de Miguel Estremadoyro. ¿Consideras que este hecho fue relevante para la gestación de la novela?

-Un día, al visitarla, me mostró los documentos. Al revisarlos sentí que entre mis manos tenía una historia que contar. Sobre todo al leer el final del manuscrito de mi abuelo. Él mencionaba el dolor tan grande que sentía porque su inocencia nunca había sido publicada en el Perú. Cuando recibí las fotos, el pasaporte original, los recortes de revistas y periódicos que mi propio abuelo había guardado, me di cuenta de que se trataba de algo importante. Al descubrir que mi abuelo, en el año 1950, había mecanografiado tres veces el relato de lo que le sucedió en prisión, en República Dominicana, bajo la dictadura de Leónidas Trujillo, agregando detalles en cada versión, comprendí que no se trataba solamente de la historia de mi abuelo, sino la de mucha gente honesta que lucha por sus convicciones, por su familia y por su país. A veces nos olvidamos de las personas buenas. Hablamos de las personas malas, las criticamos, pero hay que resaltar también a quienes son correctos, justos, honestos.

-Rossana, ¿cómo lo recuerdas a Miguel Estremadoyro?

-Lo recuerdo como una persona tranquila. Nunca nos contó todo lo que le pasó en República Dominicana. No le gustaba hablar de eso. Más bien, era positivo, optimista, muy bromista, alegre y muy activo. Le gustaban las reuniones familiares, mantenernos unidos. Tenía muchos buenos amigos. Mi abuelo transmitía paz. Uno podía conversar con él, confiar en él, pedirle un consejo. Sabía escuchar.

-Dentro del núcleo familiar mostraba su militancia o separó lo familiar de lo político en su quehacer cotidiano?

-A nosotros, sus nietos, nos separó de su actividad política. No nos hablaba de eso. Sabíamos que era aprista, que iba al partido, pero nunca nos pidió que lo siguiéramos en sus ideales ni que lo acompañáramos a la Casa del Pueblo. En el caso de mi abuelita y mis tíos, ellos sí vivieron de cerca las consecuencias de su militancia a raíz de la deportación. Toda la familia vivió en el exilio. En cambio, sus nietos no tuvimos esa experiencia.

-Después de obtener su libertad, ¿cómo paleó el tema la persecución, el exilio, en suma: todo ese proceso traumático que vivió?

-Cuando mi abuelo logra reunirse con su familia en Nueva York, después de lo ocurrido en Ciudad Trujillo, le escribe a su hermano en el Perú. Le dice que se sentía enfermo, pero que saldría adelante. Que su familia lo necesitaba. Además de las denuncias que hizo en diferentes periódicos, escribió para él lo ocurrido. Como antes mencioné, lo escribió tres veces. Mi abuelo quería dar a conocer lo que sucedía bajo los regimenes dictatoriales. Eso me animó a escribir la novela. Por lo que leí en su manuscrito y cartas, viajó a Washington para agradecer a quienes lo habían ayudado y para reclamar por quienes no lo habían hecho. Poco tiempo después perdió su trabajo en Nueva York. Se dedicaba a vender productos en Latinoamérica y el Caribe pero, por ser aprista, estaba en una lista negra. No podía viajar. Entiendo que empezó a vender aspiradoras de puerta en puerta y, con el poco inglés que sabía, llegó a ser vendedor estrella. Más adelante pudo iniciar su propio negocio. Sin embargo, él mismo dice en su manuscrito que todo lo que le sucedió, en lugar de alejarlo de su partido y de la política, hizo que tuviera más motivos para luchar por sus ideales.

– ¿Cómo fue su relación con el Apra de sus últimos tiempos?

-A los 79 años, durante el gobierno de Alan García, aceptó la responsabilidad de ser presidente de Directorio del Banco Central Hipotecario del Perú, cargo que tuvo durante los ejercicios 1988, 1989 y 1990. En su mandato se ampliaron las operaciones financieras y crediticias del banco, y se revirtieron los saldos económicos de negativos a positivos. Mi abuelo no dejó de ser aprista, pero en sus últimos años de vida, estaba desilusionado con el partido. Sin embargo, era una persona optimista y nunca dejó de esperar que sucediera algo mejor.

-Me llamó la atención como la autora se desdobla al narrar la historia de su protagonista, particularmente todo lo vinculado al exilio, su encarcelamiento, los maltratos, y el lector siente que es Estremadoyro, quien nos cuenta su historia de destierro. ¿Cómo fue este proceso?

-El proceso fue duro. Poco a poco me fui adentrando en lo que él vivía. Yo misma me fui sintiendo dentro de esa cárcel, imaginando lo que a él le iba ocurriendo. Lloré mucho. Me ayudaron bastante sus manuscritos y las cartas. Me acercaron a él. Además de que yo lo conocía, lo quería y lo admiraba mucho. Me sirvió también leer autobiografías de personas que estuvieron presas en una situación parecida a la de mi abuelo, porque yo no podía saber exactamente todo lo que siente alguien encarcelado. Conocer la vida de otros presos me sirvió para recrear algunos detalles que mi abuelo no había dejado escritos. Él dejó apenas algunas páginas y, a partir de ellas, yo fui construyendo la vida de una persona encerrada, su angustia. Me ayudó muchísimo también la visita que hice a República Dominicana, porque estuve en la cárcel y en los lugares donde él estuvo detenido. Pude sentir el calor sofocante de las mazmorras en la Fortaleza. Otro detalle que me ayudó a esa identifiucación y cercanía es que el día a día de Miguel Estremadoyro en la cárel, está narrado en tiempo presente y en primera persona.

-La novela apela a la memoria histórica, familiar, pero también lo político está presente. Hablar sobre la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, hacer un paneo sobre la política latinoamericana de mediados de siglo XX, lo confirman. ¿Lo político es un guiño o también es un elemento vital en el libro?

-No es un guiño. Lo político es un elemento vital en el libro, porque la historia que narro, la de Miguel Estremadoyro, transcurre en un contexto político que determina su vida: fue deportado, perseguido y encarcelado por pertenecer al Partido Aprista Peruano, el APRA. En la novela no solamente narro la vida política de Miguel, sino también su infancia, la de mi abuela Rosita y la de mis tíos. Mientras ellos estudian y forman sus vidas, suceden hechos importantes en el mundo. Así, la política no es el único contexto; existe también un contexto histórico mundial que acompaña la vida de los personajes. Para escribirla pasé muchas horas en hemerotecas, leyendo periódicos y revistas. Al buscar información sobre mi abuelo, me di cuenta de que había mucho más que noticias sobre él. Me di cuenta de que no solo era importante la historia política del Perú, sino también la del resto de los países del mundo. Todo ocurre en un momento y en un contexto que tiene que ver con la vida de un país y de su gente.

– ¿Cómo lograste la objetividad al escribir sobre el Apra?

-El no ser aprista ni historiadora me ayudó. A investigar más, a consultar a expertos, tanto sobre la historia del Perú como sobre la de República Dominicana. Conversé con apristas y opositores al partido. Revisé mis manuscritos con historiadores. Todo eso me ayudó a tratar el tema desde un punto de vista más objetivo. Pero lo que quizá me ayudó más fue algo que hice conscientemente: mi novela tiene tres hilos narrativos. Uno de ellos es la historia de mi abuelo en la cárcel. Esa historia, como mencioné, está narrada en primera persona (y en tiempo presente), lo que permite al lector acercarse a sus recuerdos y sentimientos, que en general son favorables a su partido. Pero hay un segundo y un tercer hilo narrativo. En ambos casos (también en tiempo presente), el narrador de esos hilos es omnisciente. En uno se detalla la búsqueda de Howard Greenberg de su socio desaparecido al aterrizar en República Dominicana. Y en el otro se cuenta la vida de Miguel, de su esposa, de los padres de ambos, de sus cuatro hijos y de lo que sucede en el Perú y otras partes del mundo. El narrador omnisciente me permitió desarrollar escenas para exponer otros puntos de vista tantos contrarios al Apra como imparciales frente al partido.

-Finalmente, el dossier de fotos es un capítulo que enriquece todo el recorrido de la historia familiar, el exilio de Miguel Estremadoyro. “Si no hay foto no hay historia”, dice una popular frase periodística. ¿Cuál es la importancia de este recuento gráfico? ¿A qué hechos nos conduce?

-El material gráfico fue muy importante para mí para escribir la novela. Son muchas las fotos; hay más de las que aparecen en el dossier. El pasaporte me sirvió para investigar en qué barcos viajó mi abuelo, en qué fechas, quiénes firmaron sus permisos. Quise compartir con los lectores esa información tan valiosa. También está la foto de la credencial de Sub Secretario Nacional de Economía del APRA de mi abuelo, esa telita que debía llevar escondida en el cuello de su saco para que no suene en caso de ser detenido. Yo creo que, al menos esta novela se vuelve más cercana al lector cuando puede ver esos documentos. Aunque está basada en hechos reales y hay hechos que he recreado para llenar vacíos, ver esas fotos, ponerle una imagen a Miguel, a Rosita, a sus cuatro niños, a Howard y a su esposa, acerca al lector a la vida de esas personas. A mí me sirvió muchísimo la foto de la portada del libro. Era una foto del archivo familiar que mi madre me entregó con el manuscrito y, cada día sentada frente a mi computadora, veía esa foto. Cuando me pidieron una imagen para la portada de “Me llevan a otra parte” la propuse, porque representa lo que era Miguel Estremadoyro: una persona activa en política, pero que no quería agradecimientos ni fama. Por eso él está en la segunda fila, detrás de Haya de la Torre.

– ¿Cuál consideras es el mayor legado de Miguel Estremadoyro?

-Creo que su mayor legado fue el ejemplo que nos dejó: su honestidad, la lucha por sus convicciones a cualquier edad, su fortaleza frente a la adversidad y el valor que le daba a la unión de la familia.

-Desde el proceso escritural, ¿qué te permitió trabajar “Me llevan a otra parte”?

– “Me llevan a otra parte” me permitió conocer la vida de mi abuelo desde otra perspectiva. Descubrí que detrás de una deportación hay muchas historias que merecen ser contadas. No solo la de Miguel Estremadoyro, sino la de tantas personas que han luchado y luchan por sus valores sin el afán de ser reconocidas. Lo hacen por amor a su familia y a su país.

Sobre Rossana Sala

Estudió Derecho en la Universidad de Lima y cursó una maestría en la Universidad Politécnica de Madrid. Algunos de sus cuentos han sido publicados en El Dominical del diario El Comercio (Perú); en los libros 21 relatos de mujeres que lucharon por la independencia (Petroperú) y Relatos de viaje Moleskin (España), y en la revista Hispamérica (Universidad de Maryland, Estados Unidos). Desde 2009 administra el blog de relatos Rodando entre líneas. Es autora del libro de cuentos No vaya a despertar a los caballos (Altazor, 2016) y de la novela Divorcio en zapatillas (Mediática, 2022). Ha participado en talleres de escritura creativa dictados por Alonso Cueto, Iván Thays, Cronwell Jara y Jaime Collyer, y en espacios formativos como Billar de Letras y Cursiva. Fue finalista del Premio Copé 2022, organizado por Petroperú, con el cuento «¡Corre, Jimena! ¡Sube!».

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