Lima en escena

Renombrar el mundo

Fabiola del Mar es narradora y poeta. Ha publicado los libros de poemas El gran salto (2018), Los escogidos (2020) y Renombrar el mundo (2025), así como un conjunto de microrrelatos Este río es mi pueblo (2022) y el libro de cuentos La quinta puerta (2024).

Por Carmen Ollé

En sus anteriores poemarios su poesía  transita entre el espacio reducido de la casa y el de la inmensidad íntima, entre la necesidad de buscar la soledad hasta encontrarla en el sueño o en el ensueño, o  entre el tiempo pasado y el tiempo presente.  En Renombrar el mundo (2025) la trama inspecciona los pasajes por los que transcurren las diversas etapas de una mujer. Es emblemático el poema dedicado a la piedra horadada o piedra del diablo, una roca situada en el cruce de los jirones Junín y Cangallo en Barrios Altos, que oculta una historia misteriosa según la tradición durante la época virreinal, y su vinculación con un diablo deambulando por la zona. Esta leyenda de terror es el disparador para examinar la infancia y sus heridas.

Qué es la identidad, dónde se me permite decir quién soy, o cómo lo descubro en una ciudad como Lima; son algunas de las preguntas sustanciales de este importante libro   que destaca en el panorama de la poesía peruana  actual, junto a otros poemarios de jóvenes y talentosas poetas como Roxana Crisólogo, Teresa Cabrera o Fiorella Terrazas.

Lima es la urbe que no puede olvidar -aunque lo pretenda- su pasado colonial, lo recuerdan sus callejones del siglo XXI, su pobreza, y aquellos valses con versos ingenuos y pasados de moda que maquillan la violencia.

Del Mar recuerda juegos tan añorados -prácticamente desaparecidos por las pantallas de los celulares- como La Rayuela (mundo), lugares representativos de la vieja Lima, como el Buque en el poema en prosa “El Buque en tierra”, un mosaico de imágenes que se conectan por este símbolo marítimo, anclado en el cemento.

La adolescencia rebelde está dada por el año del gato. Pero este aparente orden cronológico que vamos viendo, a decir: infancia, adolescencia, adultez, se rompe gracias a las imágenes icónicas que recapitulan el contexto político social del Perú. La rebeldía se expresa asimismo contra la religión y sus rituales. El avance científico y tecnológico de los años setenta con la llegada a la Luna marca una nueva era espacial, pero no hay tiempo para preguntas, pues nada ha cambiado para quien lleva en el “jean un crimen nevado”, y qué ironía precisa citar al actor John Wayne en este interregno: “Un hombre debe hacer lo que un hombre debe hacer”.

Imágenes, cuadros, escenas van pasando como en un film a través de sus páginas, las viejas casonas elegantes como la Quinta Heeren, condominio residencial de fines del siglo XIX, deteriorada en el siglo XX con familias hacinadas, y ropa colgada en el patio.

El colegio, la enfermedad, son otros temas que se desarrollan líricamente con hermosas figuras literarias como “en aquel cerro duerme una silla”. Sin embargo, son las casas, el espacio indicado “para agazaparnos, acurrucarnos en soledad”, como apunta Gastón Bachelard en La poética del espacio.

“La casa amarilla, jirón Paruro s/n” es a la vez poema y microrrelato sobre el regreso nostálgico a la casa familiar. Una vuelta solo alumbrada por un poderoso foco de 25 W, escribe con sarcasmo. Ella llega, sube las escaleras, entonces los objetos y la casa se vuelven animados, tienen alma, sienten su presencia, “la casa está muy flaca”, apunta. Abre puertas, en esta evocación se superponen la llegada y la partida, es el instante en que la escritura de Del Mar se colma de aforismos y metáforas: “la almohada enviudó sobre la cama”, “los huesos se enlutaron al girar el reloj”, “duele tanto ganarme el pan mientras embargo las mentiras”; o “el amor es una manzana redonda y hueca que se cae como las promesas”. Esta imagen nos sorprende en el patio del colegio de la GUE Mercedes Cabello de Carbonera en 1982; es la época en que la adolescente despierta al amor, a los sueños, como a la música de Madonna; pero la escolar se subleva contra la escuela represiva: “que enjaula palomas entre las cornisas, donde se cortan las alas y las ideas”, al tiempo que dibuja grafitis en los baños, se tira la pera ´para aprender a decir malas palabras.

El mapa a casa es moho sobre las calles, se lee en unos versos sobre el regreso a la casa de los padres, creando una atmósfera gótica con la presencia del diablo en el centro del patio. Se oyen sonidos fantasmales y lo fúnebre se transforma en diagnóstico social y político, y también sentencia. “Siete puñaladas, escupir sangre, morir en una cama prestada”, escribe.

No podía faltar el poema dedicado a La Piedra horadada, que evoca el corazón rebelde de una niña exploradora. La piedra es testigo de la violencia urbana, de los NN, muertos en circunstancias trágicas, de los hallazgos macabros a los que nos tiene acostumbrados la ciudad; de personajes marginales con nombres prestados, seres íntimos y secretos cuyo mundo interior a nadie importa. Los nombres hablan y cuentan su historia: Callejón de las siete puñaladas, porque “el tiempo es una navaja”, dice la poeta. De nuevo se animan los objetos mientras el ser humano se animaliza, las comparaciones se vuelven violentas, agresivas: “Una serpiente cambia de piel /como la puta anciana con olor a cerveza”; se lee; los dados están ebrios y la luz embriagada.

En el último poema del libro “Al volante”, la autora -que ha recorrido el mundo y su tiempo en busca de libertad- revela su escepticismo en un tono de sagrada ironía: “No se puede huir de la edad ni de la herencia/ir en contra del cuerpo, del pasado/ ni del presente que nos invita a vivir más de cincuenta”, escribe Fabiola en la primera estrofa del último poema. La libertad- nos dice- es un lujo negado…”.

La autora de Renombrar el Mundo repasa la historia de Barrios Altos, escenario de represión y masacre de las fuerzas policiales durante la dictadura, aunque sin nombrar al tirano:  se registran los comedores populares, Jirón Huanta 840; las protestas y manifestaciones callejeras, el desalojo de los solares.

Renombrar el mundo es un canto y alegato a la vez de la Lima feroz y neblinosa que nos inspira miedo, donde corre droga, y también reina lo banal, el ruido, y el canto se vuelve ironía y sorna: “el espejo infame me dice limeña/ que tienes alma de tradición/repica el miedo en tu tacón. Y la ebriedad recorre el mundo como un fantasma que es, acaso, remedio o veneno.

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