La directora, creadora e intérprete Gabriella Paredes estrena La melancolía de las plantas, un unipersonal que explora la memoria, el amor y la resiliencia a través del acto cotidiano —y a la vez profundamente simbólico— de cuidar plantas. Fotos: Rosana López Cubas
Tras un accidente que la obliga a detenerse, una actriz intenta recomponer su vínculo con el mundo. En escena, el espacio se transforma en un jardín doméstico donde la materia viva, el archivo personal y la experimentación sonora se entrelazan para construir una poética del cuidado: cuidar las plantas, cuidar la memoria, cuidar el deseo. “La melancolía de las plantas nació en un momento de quietud, cuando el cuerpo y la memoria se volvieron inciertos. Cuidar mis plantas fue una manera de sostenerme, de comprender que la vida —aun en su fragilidad— insiste en crecer”, señala Paredes.
Fruto de una cálida charla precisamente con Gabriella Paredes le dejamos las siguientes líneas.
-Gabriella, empecemos está charla por inquietudes sencillas. ¿Es tu primera obra…?
-Sí, es mi primer unipersonal. Es mi primer acto valiente de dirigir, actuar y escribir porque hacer unipersonales es duro.
– ¿Cómo surgió este vínculo con las plantas?
-De niña viví en la casa de mis abuelos. Apenas me levantaba me llamaba poderosamente la atención el jardín. El jardín de mi abuela. La terraza estaba llena de plantas y ella las cuidaba con devoción. Se dedicaba a ellas casi a tiempo completo. Siempre salíamos a jugar con ella en su jardín. En ese momento tenía tres años. Desde mi niñez hasta el momento en mi familia usamos las plantas como un vínculo. Las plantas es una conexión familiar. Mi tía, la hermana de mi mamá, por ejemplo, hace pequeños mundos con suculentas. Les queda lindísimo. Mi mamá tiene una relación mágica con las plantas. Vivía y dibujaba sobre una mujer planta. Mis hermanas también. Somos tres. La mayor se dedicó toda la pandemia a criar orquídeas y le va muy bien. Otra de mis hermanas está haciendo su invernadero. Este vínculo con las plantas nos atraviesa a toda la familia.
–Pasemos a tu proceso en el unipersonal…
-El proyecto cuenta con más de tres años de vida. Todo empezó cuando gané una beca para estudiar un diplomado en el Museo de Arte Moderno en Medellín, Colombia. El diplomado fue sobre prácticas performativas. La temática abordada fue sobre el sostener y este estaba asociado al mundo vegetal. En este proceso conozco a la artista multidisciplinaria Camila Botero, quien trabaja desde el pensamiento ecológico. Inmediatamente nos conectamos. Con ella teníamos largas caminatas por el valle. Empezamos a entender otros universos como los umbrales, las puertas… A entender que en el mundo de las plantas no existe jerarquías. Todos somos iguales. Ahí empiezo a conectarme con la naturaleza desde una ecología queer. A identificarme con ellas como una sola y hacerme más consciente de la etapa antropocentrista que estamos viviendo. Ahora, lucho constantemente con cualquiera de estas prácticas.
– ¿Cómo fue el trabajo en Medellín?
– En Medellín comenzó todo con una conferencia performática porque debía de tener el resultado de todo lo trabajado. Todo nació a partir de un sueño que tuve con las plantas, un sueño confesional, un tema diferente a decir testimonial. Una confesión es más íntima. Esta etapa fue la semilla que mutó hasta el momento en el cual estreno La melancolía de las plantas. A lo largo de todos estos años hice tres muestras. Este trabajo es un unipersonal que habla desde la libertad de amar, desde ser una persona disidente sexual, desde lo político. Es una obra en donde hablo con seres vivos y la hice como un acto de cariño. Una pieza que necesitaba germinar, crecer al igual que todas mis plantas. Al igual que ellas germiné, me marchité, reviví y cambié.
-Formas parte de la familia Yuyachkani y es justamente en su casa en donde estrenas tu primera obra. ¿Cómo te sientes al respecto?
– ¡Yuyachkani es mi familia! Llegué a Yuyachkani hace 15 años y todo lo vivido aquí es transformación. Cuando regresé de Medellín les informé sobre este proyecto a mis compañeres. Un proyecto de varias etapas y cambios. Gracias al encuentro de mujeres creadoras organizado por Teresa Ralli y las demás compañeras pude tener el primer acercamiento con el público. Fue la primera versión. Posteriormente, Miguel Rubio, dentro del laboratorio internacional que se lleva a cabo en casa Yuyachkani todos los meses de agosto de cada año, me invitó a ponerlo nuevamente en escena ante un público más contenido. Estos estrenos previos me ayudaron a entender todo el proceso de trabajo de La melancolía de las plantas desde miradas disidentes, desde una dramaturgia no convencional. Para el fortalecimiento de este unipersonal ayudó estar en medio de procesos creativos con el grupo. Fue una retroalimentación productiva. Estrenar en casa Yuyachkani es un honor.
-La pieza tiene también aspectos vividos…
-Nací en los noventas. Décadas previas teníamos la violencia atravesada, pero cuando la violencia se convierte en una experiencia íntima te atraviesa desde lo personal y se torna más violento. Desde niña mis ojos observaron aspectos terribles que te da la vida. Frente a todas estas experiencias me cobijé con las plantas del jardín familiar lo cual fue importante para mí. Siendo niña experimenté violencias visuales también. Estuve en medio de muertes que no debí presenciar y así puedo enumerar una serie de experiencias de una realidad que duele relacionadas con la salud mental. Finalmente, y desde mi ser adulto, experimenté situaciones personales en torno a cómo amo y a quién amo. La pérdida del amor libre en donde sujetar la mano a una chica provoca comentarios como “eres una degenerada”, “eres antinatural” es complicado en un país como el nuestro.
– ¿Cómo sobrevivir en un país pacato, colonial…?
-Es difícil. Estuve peleada conmigo misma por vivir en una sociedad heteronormativa. Sin embargo, pese a esta fragilidad natural de nuestro ser me armé de valor y todo lo resuelvo con valentía. Esto se logra también con la madurez ganada a partir de la experiencia de vida…
-Háblanos sobre el trabajo de las plantas en escena.
-En el escenario mis plantas son actrices y dialogo con ellas. En escena me acompañan alrededor de 30 plantas. Todas somos actrices y estamos en el mismo nivel. No las uso como adorno y no forman parte de la escenografía. Presentamos un ecosistema vivo dentro de la escena. Evito esta visión jerarquizada, antropocentrista. Hago uso de la fantasía y la ficción porque ellas hablan en escena. Las plantas hablan a través de las palabras y el sonido.
– ¿El sonido? ¿Trabajas también con lo sonoro?
-Sí. Escribo a través de lo sonoro. Desde hace cinco años me dedicó a tiempo completo al tema de lo sonoro. Justamente, el sonido me permite explorar otros universos. Creo sonidos para mundos posibles en los cuales una comunidad, los individuos se sientan identificados, bien, plenos.
– ¿Fue retador este proyecto unipersonal?
– ¡Claro! ¡Muy retador! La obra estuvo rodeada de pérdidas y duelos. Pase de trabajar una obra confesional a hacer uso y apoyarme de la ficción. La ficción me sostiene.
La melancolía de las plantas
Funciones: viernes 21, sábado 22 y domingo 23 de noviembre
Hora: 8:00 p.m.
Lugar: Casa de Yuyachkani (Jr. Tacna 363, Magdalena del Mar).
Reservas y ventas de entradas: Al 985 741 328
En la Boletería del Teatro los días de las funciones a partir de las 7pm
