¿Qué hay en El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien, para que León XIV la haya citado en su primera encíclica, Magnifica humanitas? Esta es una invitación a pasearse por la Tierra Media y a conocer una obra maestra sobre el poder, con advertencia de spoilers.

Por: Anahí Barrionuevo
Cinco libros para los lectores bajo el cielo.
Una trilogía para gobernarlos a todos.
Una precuela para encontrarlos y otra para atraerlos.
Esto podríamos decir de la obra de J.R.R. Tolkien, artífice de uno de los universos literarios más fascinantes del siglo XX.
Aquí hablamos, en realidad, de una saga que incluye dos precuelas (El Silmarillion y El Hobitt) y la trilogía formada por La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del rey, propiamente llamada El Señor de los Anillos. Existe, por supuesto, una historia de estos textos y de su publicación, pero no entraré demasiado en esos detalles.
Sí diré que no releo la saga para esta antirreseña. O no la releo completa. Me veo, más bien, hace treinta años, acarreando la trilogía de El Señor de los Anillos en un solo volumen, en cuidada edición del Círculo de Lectores, con licencia de Minotauro, mientras me desplazo entre tres trabajos, entre el este, el oeste y el sur de mi ciudad.
Diré también que es la tercera vez que empiezo esta AntiReseña, desde hace tres años. Quizá me he detenido cada vez porque Tolkien tiene dimensiones cervantinas, y de muchos modos decir algo sobre su obra es una tarea que me sobrepasa. Si he decidido concluirla ahora ha sido animada por la reciente cita del Papa. Eso y que, finalmente, como admiradora absoluta de la obra del filólogo y profesor británico, me rindo al deseo de dedicar unas horas a pensar en ella.

La primera precuela
Antes de la trilogía había leído El Hobbit, que me enjauló desde su primera página con un juego que propone, sin hacerlo, reconstruir el alfabeto rúnico a partir de unas cuantas pistas. Gran entretenimiento.
Como dije, Tolkien era filólogo, formado en el Exeter College de la Universidad de Oxford, y se desempeñó como profesor de su disciplina en varias instituciones. Ese hecho profesional —la dedicación al estudio de las lenguas y los hechos culturales a partir de los textos, y su especial interés por el Beowulf, el gran poema épico anglosajón— tiene completa relevancia para acercarse a la naturaleza de su obra. Y lo mismo podemos decir sobre el pequeño público para el cual Tolkien escribió originalmente El Hobbit: sus cuatro hijos.
Porque hay mucho de fábula infantil en este primer libro del autor, un aspecto que se fue diluyendo en las tres novelas que sobrevinieron, mucho más complejas, pero que no se pierde por completo, en la medida en que la trilogía se mantiene como una historia de aventuras.
El Hobbit, para no dar más vueltas, relata cómo, al emprender un viaje de ida y vuelta desde la Comarca con una finalidad distinta (la de recuperar el territorio y los tesoros de los enanos, ambos retenidos por el dragón Smaug), Bilbo Bolsón se hizo dueño del Único (el anillo capaz de gobernarlos a todos), que había permanecido largo tiempo en manos de Gollum, un hobbit antiguamente llamado Sméagol, cuyo cuerpo ahora revela la deformación y degradación a la que lo condujo la posesión de tal anillo. Porque ese anillo, al que Gollum se refiere como «Mi preciossso», haciendo sibilar la ese y gorgoteando, como rasgo de su codicia, de su ansia, y de cierta naturaleza reptiliana, es la clave de todo. (Paréntesis: este rasgo también está presente, por ejemplo, en el famoso caníbal Hannibal Lecter).
El anillo es la clave, repito, no solo en la trama, sino también en lo referido a las estrategias de representación. Tolkien ha sido un autor decisivo para el llamado «género de fantasía», que no es igual que el género de lo fantástico, aunque colinda con él, como colinda también con la ciencia ficción. En este caso, en el texto se construye un mundo completo, un universo paralelo al nuestro, en el sentido en que ofrece gran cantidad de paralelismos con la realidad que conocemos. Ese mundo, además, tiene su propia historia y su propia lógica, y en este caso admite la magia, un aspecto de lo sobrenatural (aunque distinto del que se manifiesta en el género del terror), y al mismo tiempo, en dicho mundo, nada es solo lo que parece. Quiero decir que el anillo, por ejemplo, no es simplemente una joya mágica, sino que representa el poder, el máximo poder, el poder político. Y así, tanto las acciones como los elementos que constituyen el mundo representado son, en realidad, otra cosa. Volveré sobre esto.
La trilogía
Tolkien escribió El Hobbit para sus hijos, pero habiéndoselo dado a leer a un amigo, terminó en manos de un editor, que quiso publicarlo. Era 1937 y el éxito fue importante. ¿Podía escribir más libros de ese tipo? Claro que sí. Pero luego vino la Segunda Guerra, y la escritura se ralentizó, había otras urgencias. Ya entre 1954 y 1955 se publicaron las tres novelas que conforman El Señor de los Anillos.
Como El Hobbit, en El Señor de los Anillos hay una misión, esta vez protagonizada por el sobrino de Bilbo, Frodo Bolsón. Su tarea es aparentemente simple: destruir el Único, que había mermado sutilmente el temperamento de Bilbo que, además, ya anciano, se había marchado de la Comarca, dejándole la custodia del anillo. ¿Por qué es necesario destruir el Único, el anillo capaz de gobernarlos a todos? Porque Sauron, el Señor Oscuro, desea recuperarlo para someter a toda la Tierra Media. Después de que perdiera el anillo, su poder en la Tierra Media no era absoluto; había sido derrotado y su reinado quedó restringido a Mordor. Tolkien plantea, entonces, que el poder absoluto (que conseguiría Sauron al recuperar el Único) sería lo peor que podría pasarle a la Tierra Media, el lugar donde coexisten todas las razas: hobbits, elfos, maiar, enanos, hombres, ents, entre otras, cada cual con su territorio, su historia y su lengua.
Todas esas razas contribuyen para que la misión de Frodo tenga éxito, de manera la emprende en compañía de representantes de todas ellas, y de dos hobbits, Merry y Pippin, que van con él más por amistad que por otra cosa, y por eso mismo resultan claves, tan claves como Gandalf, el mago que es el promotor y concertador de toda esa misión, y que ha comprendido que, justamente por su inmenso poder, el Único debe ser destruido. Para el bien de todos.
No se trata, por supuesto, de una misión simple, pues solo hay un modo de destruir el Único: lanzándolo a la masa incandescente en el interior del Monte del Destino, en pleno Mordor. Para lograrlo, Frodo debe, además, atravesar toda la Tierra Media desde su bucólica Comarca. Cruzará, por tanto, regiones misteriosas, en algunas de las cuales se percibe ya el crecimiento del dominio de Sauron, inquieto desde que ha empezado a sentir la presencia del Único. También acechan traiciones, pues lo que porta el pequeño hobbit ungiría a cualquiera como amo y señor de la Tierra Media y, por tanto, despierta la codicia y la ambición de muchos, quizá de todos.
Es decir, juegan en favor de las intenciones de Sauron no solo una serie de criaturas siniestras, como los orcos o los Nazgûl, además de Saruman, un mago como Gandalf, solo que adherido al mal, sino también las debilidades o fragilidades de quienes acompañan a Frodo.
Tolkien llenó de peripecias al trayecto del hobbit, con el regreso de Gollum, entre otros eventos. Ahora bien, ¿por qué puso, a través de Gandalf, una misión tan difícil sobre los hombros de un personaje como Frodo que, como todos los hobbits, no es fuerte ni guerrero, ni sabio ni conocedor de nada que no sea el buen y bucólico vivir? ¿Por qué no en manos de la magia y la agilidad de Légolas, el elfo; o de la fuerza, la destreza y la sabiduría de Trancos; o de la fuerza y la tenacidad de Gimli, el enano; ni siquiera en la magia y la capacidad de concertación de Gandalf? Justamente por todo lo mencionado: porque siendo despreocupado y simple, Frodo no sería tan fuertemente tentado por adueñarse del poder o, en caso de ser tentado, como de hecho ocurre, el único con la entereza de no ceder siniestramente a él, o con la capacidad de reponerse. Y si algo lo salva cuando lo aprisiona el poder es la lealtad de Merry y Pippin.
Entonces, detrás de su revestimiento de aventura y fantasía, en El Señor de los Anillos habita una severa crítica al poder, a su ejercicio totalitario (de cualquier índole), a su capacidad destructiva, a su angurria, que el autor equipara con el mal.

La segunda precuela
John Ronald Reuel Tolkien dedicó casi toda su vida a escribir la historia completa de la Tierra Media, una historia cuya última parte (la Tercera Edad del Sol) es la que relata en El Hobbit y El Señor de los Anillos. Sin embargo, no llegó a plantearla de manera orgánica ni, por tanto, a publicarla. Algunos años después de su muerte, ocurrida en 1973, su hijo Christopher recopiló los escritos y los organizó bajo el título de El Silmarillion. Allí se cuenta, entonces, los orígenes de la Tierra Media, las dos edades previas a la Tercera, y todos los devenires del mundo creado por Tolkien.
Las polémicas y los enfoques
La obra de Tolkien no ha estado exenta de polémica. Se ha dicho que es anticomunista, que es antinazi, que no es feminista e, incluso, que es supremacista. Por lo mencionado hasta aquí, me parece que lo último puede descartarse, aunque podemos reconocer que, sin duda, la obra de Tolkien es eurocentrista, lo que puede señalarse sin que represente una acusación contra un autor que venía de una cultura que ha sido hegemónica en un tiempo sin demasiada conciencia sobre lo que ello significaba. Más que anticomunista, fue Tolkien un antistalinista, posición que no se le puede condenar, al menos no seré quien lo haga, pues son bien conocidos los horrores de ese régimen soviético. Y sin duda fue antinazi, pues encontraba ridículo el antisemitismo, como expresó en más de una ocasión. No fue feminista, no cabe la menor duda de ello, pero también dio protagonismo a algunos personajes femeninos, como es el caso de Galadriel.
Más allá de esto, bien cabe preguntarse qué ha dado larga vigencia a esta saga, al punto que ha sido llevada al cine en superproducciones. Su abordaje del poder es, sin duda, su punto fuerte, considerando que no solo se centra en el impacto que tiene en la colectividad, sino también en el individuo, de manera que su propuesta resulta tan geopolítica como filosófica y ética. También la riqueza y diversidad lingüística y cultural que destaca en el mundo que se inventó, un mundo de tal complejidad que incluye mapas. Igualmente, su postura ecologista (tan conmovedora en los episodios donde aparecen Bárbol y los ents), contraria a la depredación del medioambiente y a la industrialización. Y por encima de todo eso, e incluso de la aventura repleta de peripecias, la carga moral y pedagógica de su obra, fundada en la oposición entre el bien y el mal, sin medias tintas, sin tolerancias ni relativismos.
Por mi parte, me recuerdo sumergida en ese mundo increíble en tiempos noventeros en que el ojo de Sauron parecía abarcarlo todo, vigilando y controlando, destruyendo, asesinando, corrompiendo, coactando y cooptando. Y me recuerdo deseando el logro de Frodo, el que fuera capaz de impedir el retorno del poder absoluto de Sauron, de su poder omnímodo y omnívoro. Y ahora que recuerdo aquella lectura, y compruebo la cita de León XIV, y noto lo que ocurre aquí y también allá, me digo que cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia.
J.R.R. Tolkien (1954, 1955). El Señor de los Anillos. Barcelona: Círculo de Lectores, 1995. 1104 pp. Título original: The Lord of the Rings. Traducción del inglés de Luis Domènech y Matilde Horne (1977).
J.R.R. Tolkien (1937). El Hobbit. Barcelona: Círculo de Lectores, 1995. 232 pp. Título original: The Hobbit. Traducción del inglés de Manuel Figueroa (1982).
J.R.R. Tolkien (1977). El Silmarillion. Barcelona: Círculo de Lectores, 1991. 448 pp. Título original: The Silmarillion. Ed. Christopher Tolkien. Traducción del inglés de Rubén Masera y Luis Domènech (1984).
