Guacamaya Love y el son de los mojados

Escribe: Carmen Ollé

En su discurso en la entrega del Premio Nobel de Literatura 1993, la escritora estadounidense Toni Morrison se refirió a un tema actual e importante, el lenguaje opresivo: «El lenguaje sexista, el lenguaje racista, el lenguaje teísta, todos son típicos de los lenguajes policiales del dominio y no pueden permitir nuevos conocimientos ni estimular el intercambio mutuo de ideas».  Y agrega una candente metáfora: «Es el lenguaje que bebe sangre, lame vulnerabilidades, mete sus botas fascistas».

Contra el uso de este lenguaje, Álvaro Ique Ramírez alza su voz impetuosa y resistente frente a sociedades antidemocráticas y/o autoritarias en Guacamaya Love y el son de los mojados, libro de relatos que acaba de ser reeditado por Mesa Redonda después de siete años.

Si Toni Morrison y los escritores peruanos Gregorio Martínez, Antonio Gálvez Ronceros o Lucía Charún-Illescas logran captar en sus novelas la riqueza del lenguaje coloquial y simbólico de los afrodescendientes de diversas regiones, Álvaro Ique Ramírez construye una narrativa discursiva polifónica en el sentido que le ha dado el filósofo e historiador ruso Mijaíl Bajtin. Según la profesora Luisa Puig del Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM: “Este teórico y crítico literario sentó las bases de una nueva manera de interpretar el discurso atendiendo a las propiedades dialógicas de la palabra, es decir, a la presencia simultánea de diversas autorías, lenguajes, puntos de vista, visiones del mundo y voces sociales e históricas en un mismo discurso e, incluso, en un mismo enunciado”.

Ique Ramírez lo hace gracias a distintos registros: modismos amazónicos, jerga generacional, replana, culto, técnico o adaptaciones fonéticas de otros idiomas como el inglés e incluso el Spanglish, y da vida al lenguaje de los pobladores de Iquitos, ciudad puerto peruana y una de las más grandes de la región amazónica, lugar de nacimiento del autor.

A través de un conjunto de quince relatos, los lectores podemos apreciar en Guacamaya Love y el son de los mojados los detalles de la trama y las correlaciones con su entorno cultural y político. Sin guardar un orden cronológico y por esa polifonía exuberante nos internamos en su lectura con los sentidos bien abiertos. Hay una voz imaginaria que cada tanto nos interpela: “Y bien, ¿me sigues?”. Claro que sí, hay que seguir a Álvaro Ique para dar con la urdimbre de este libro y sus correlaciones en todos los cuentos, tanto en “Sicario”, “El Premio”, “Guacamaya Love y el son de los mojados” – que da título al cuentario; o en el estupendo “Mi viejo y Poe”.

Sobresalen las canciones populares de Latinoamérica y el Caribe, las de bandas de rock y blues; la música punk; el perreo, el hip hop; las menciones a poetas, escritores y artistas; la vida aventurera y peligrosa de parientes y amigos, así como su entorno paisajístico. Sorprende también el preciso conocimiento de la historia y la política de naciones y países en conflicto a través de los tiempos. Por otro lado, el tema del amor y sus orientaciones sexuales alcanza visos eróticos muy arraigados en el imaginario colectivo amazónico que a veces derivan en estereotipos, siempre cuestionados con ironía por el narrador. Todo ello se halla muy bien insertado en el entramado literario.

En “Sicario”, por ejemplo, el protagonista es casi un niño, nacido en el primer puerto del Perú: el Callao, el “lugar más inseguro y violento del mundo”. En éste, nos llama la atención más que la violencia latente en el muchacho la belleza de la virgen tatuada en su cuerpo; no es la clásica que se ve en las iglesias, pues tiene la marca de un artista, un “genio descarriado”, acusado de asesinato, el enigmático Caravaggio del siglo XVI, maestro del claroscuro.

La descripción del chiquillo contiene en sí misma la degradación de una sociedad indiferente, cruel y hostil: “…el criminal más sanguinario es un mocoso camino a los 14, lampiño, díscolo y matón, un completo malandro con la cara picoteada por la viruela y la nariz tapada de polvo que no hace mucho echaron de un colegio nacional que es un semillero de cogoteros con cuchillo…”.

Prolifera en el puerto lo más ranqueado en materia criminal: el choro, el cogotero, el extorsionador, las peperas. El Callao es -como dice el narrador-: “la puerta de la vida sin opciones o el callejón sin salida que le llaman”.

Da la impresión de que en el relato “Mi viejo y Poe” estuviéramos ante la contraparte de todas las otras historias que integran la obra, como “Sicario”, “Mi cuate alias ‘El Zopilote’”, “Guacamaya love y el son de los mojados”, “Ballena blanca”, “Ataduras de la guayaba”, “Un día de perros”  o “El diario de una chiquilla amoscada, respondona y desvergonzada”, textos en los que según los novelistas y prologuistas Cronwell Jara y  Alina Gadea el estilo de Ique Ramírez “se sale de la norma de escritura clásica, la patea y quiebra la médula espinal”,  o es “sórdido y poético a la vez”.

Y es que Álvaro Ique Ramírez está en contra de los prejuicios clasistas, ya que la referencia al escritor estadounidense Edgar Allan Poe, autor de cuentos góticos y su relación con el padre del autor es de orden universal, sentimental y político.  “Mi viejo, como Poe, vivió con la soga suelta”; escribe. Su viejo, un melancólico marino, era dueño del “Láudano”, un barco que le servía para librarse de la somnolienta Iquitos y experimentar la lujuria, el eros prostibulario como “ríos navegables”. Un marino que considera a Poe el poeta de su siglo: “’El cuervo’, así le llamaba mi viejo, fue el alcohólico tuberculoso que le hechizó, por las tinieblas en las que te permite andar y que fue un derrotero imaginativo para Conrad y Cortázar”.

Con este navegante lector de Poe, el autor nos deja un mensaje recio: el arte, la poesía, la música pertenecen indiscriminadamente a todos los soñadores.

                                                                                                                                                                                                                                                                  Carmen Ollé Nava.

 

Prolífica y una de las más importantes escritoras peruanas. Premio Casa de la Literatura Peruana y Premio Iberoamericano de Letras José Donoso. Marcó un antes y un después en la historia de la literatura local a propósito de la publicación de su primer libro Noches de Adrenalina. Ha publicado más de 10 libros de narrativa.