Una lectura de una mujer de novela

En torno al Día Internacional de la Mujer, la memoria me llevó sin esfuerzo a Lea Barba. Fue la Aída, de Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, y Miguel Gutiérrez la retrató con su nombre real en Kymper, la última novela que publicó. ¿Quién fue esta mujer excepcional que inspiró a tan grandes escritores? Acompáñenme que se las presento, en este pequeño pero no breve homenaje a ella, como siempre con spoilers alert.

Por: Anahí Barrionuevo

Releo los dos libros que ya mencioné: Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, y Kymper, de Miguel Gutiérrez. Es tangencial esa tarea, puesto que en realidad no quiero detenerme tanto en ellos como en el personaje que comparten: Lea Barba.

De todos modos, primero vamos a los autos.

Comunista y atea

Cuando empecé la secundaria, en la exacta mitad de los años ochenta, llegó a mis oídos una curiosidad: que la reverenciada profesora que se encargaba de dictarnos los cursos de Historia Universal y Geografía aparecía en Conversación en La Catedral, publicada en 1969, bajo el nombre de Aída. Nos lo contó mi tía Lola Sevilla, tía “de cariño”, como decimos en el Perú a quienes son como familia sin serlo, que había sido compañera de universidad de mi padre y también compañera de colegio y luego colega en la docencia de Lea Barba.

En esa novela, Vargas Llosa recrea episodios ocurridos en 1953: el joven Santiago Zavala conoce a la también postulante Aída el día de su examen de admisión a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Durante esa primera conversación en que ambos están nerviosos por la inminente prueba oral, ella se presenta o, más bien, se define: “porque yo soy comunista”, dice, y luego, “Yo no creo en Dios, yo soy atea”. En un punto, se burla de él llamándolo “burgués”. Aída es todo lo que Zavalita no conoce, todo lo que está más allá de sus estrechos linderos miraflorinos, santamarianos y odriístas; todo lo que no encaja en el estereotipo femenino y limeño clasemediero. Fascinado ante esta mujer que sabe de política todo cuanto él ignora, de inmediato se enamora de ella. Y es por ella que se integra después al grupo de estudios marxistas Cahuide. Claro que eso mismo hace su amigo y rival amoroso Jacobo, que triunfará finalmente sobre él por el idealizado e idealista amor de Aída.

Y ahí nomás, tras esa decepción, como sabemos, a Zavalita empezó a jodérsele un poquito el Perú.

Roja y rojísima

Cuando editaba Kymper, allá por 2014, me encontré con el nombre real de Lea Barba.

Kymper es la segunda parte de una trilogía que Miguel Gutiérrez dejó inconclusa y que inició con Confesiones de Tamara Fiol, saga en la que noveló las disputas ideológicas y partidarias nacionales, de las que forman parte los devenires separatistas de la izquierda peruana a lo largo del siglo XX. Es un periplo al cual el autor puso como fecha culmen 1992, año que resultó clave: Sendero Luminoso, al que el gobierno del momento convenientemente dejó campear, estuvo cerca de conseguir sus objetivos con horrendos atentados en Lima y, por coincidencia (o a raíz de lo anterior), también ocurrió la gran derrota de esa agrupación por acciones exclusivas del Gein, que logró la captura de sus principales cabecillas.

En Kymper, cuyo protagonista, antiguo militante de izquierda, se encuentra entre dos fuegos, perseguido por los apristas del Comando Rodrigo Franco y por los miembros de Sendero Luminoso, Lea Barba es descrita por un enemigo político (un aprista), junto con Tamara Fiol, como “las más rojas de las rabanitas”. O sea, lo que algún balbuceante de la actualidad llamaría “caviar”. Más aún: en esa ficción, Lea Barba estuvo presente en el violento enfrentamiento entre los izquierdistas y los apristas sanmarquinos durante el cual Kymper cometió el asesinato por el que ahora lo persiguen los viejos “búfalos”.

Lea Barba (penúltima de la derecha) con sus compañeras de promoción en el primer patio del Colegio Dalton, con el busto de José Antonio Encinas.

Militante y combativa

No conocí a la Lea Barba de esos libros. Pero el registro de su militancia en dos novelas tan enormes y de autores tan grandes me condujo a dimensionar por qué para mí fue la profesora admirable y entretenidísima (jamás graciosa), de conocimientos y memoria vastísimos, con paciencia de santa ante el rebaño (quizá no le gustaría esta imagen), que nos encargaba tareas desafiantes e ilustrativas que duraban semanas, incluso meses, y que traía el pasado y el mundo a nuestras carpetas, guiándonos para hacernos capaces de relacionar los hechos, los conceptos, los procesos a través del tiempo y el espacio, entre el presente y el futuro.

A menudo me molesta la ausencia de datos biográficos sobre las mujeres, y por eso dejo constancia aquí de lo siguiente, que he recogido en conversación con su hijo Luis Carlos, a quien agradezco.

Carmela Hortensia Barba Barrera nació en Lima el 24 de febrero de 1936. Era hija de Leo Barba (1909-1971), natural de San Pedro de Lloc, en La Libertad, operario de imprenta en diarios como Expreso o El Comercio, dirigente sindicalista y, junto con sus hermanos, promotor del famoso local de la Plaza San Martín el Negro-Negro. Fue por su padre (un hombre muy alto, también retratado en Conversación…) que sus tías Esther y Olga Barrera, quienes la criaron, pasaron a llamarla Lea, un cambio de nombre que luego ella formalizó legalmente. Estudió en el Colegio Dalton, un atípico y disruptivo proyecto educativo laico fundado por el puneño José Antonio Encinas Franco en el remoto 1933, junto con sus hermanas Aurora y Guillermina.

Lea Barba en los años sanmarquinos.

Terminada la secundaria, Lea ingresó a San Marcos para estudiar Derecho. Cuando aún era alumna allí, Aurora Encinas Franco le propuso ser profesora de Historia Universal en el mismo colegio donde se había formado. Por eso se decidió a cursar también Educación, igualmente en San Marcos. Terminó ambas carreras. Mucho antes se hizo militante del Partido Comunista del Perú y fue, en cualquier caso, la primera mujer que se involucró activamente en ese partido, al punto que ejerció la dirección en Lima. De ese partido, décadas después, en 1973, resultó expulsada por Jorge del Prado, en razón de sus discrepancias ante la cercanía de la agrupación con el gobierno de Juan Velasco Alvarado. Prefirió mantenerse fiel a una línea marxista ortodoxa, de estirpe soviética, que de todas maneras consideraría inaceptable transar con el militarismo. Aunque dio asesorías legales, sobre todo de índole laboral y sindicalista, al lado del abogado Ángel Castro Lavarello, se dedicó para siempre a la docencia, y siempre en el Dalton. No fue lo único. En la primera mitad de los años ochenta colaboró con El Diario Marka, antes de que fuera capturado como brazo informativo del senderismo, cuyos crucigramas eran de su autoría. Alejada de ese medio, continuó haciendo crucigramas, e incluso después de retirarse de la docencia, ya jubilada, se encargó de diseñarlos para el diario La Industria, de Trujillo y Chiclayo. Se casó con Félix Arias-Schreiber Cabada (1934-1992), con quien compartió militancia y tuvo cinco hijos. Cuenta Luis Carlos que fue testigo de su matrimonio Alfonso Barrantes Lingán, amigo de la pareja hasta que ese decisivo dirigente de Izquierda Unida renunció frente a Alan García en la segunda vuelta electoral de 1985, lo que ambos consideraron una claudicación inaceptable. Entre las tareas de la crianza y la docencia, Lea no había vuelto a militar en ningún partido, pero nunca abandonó sus preocupaciones políticas ni sus ideas. Quizá por eso, en 1992 quiso visitar la Unión Soviética, si bien desde el año anterior, en sentido estricto, había vuelto a ser Rusia. Según Luis Carlos, aquel viaje, que hizo ya viuda, fue para ella una experiencia fascinante, en especial porque pudo sentarse en el escritorio de Lenin. En cambio, la decepcionó la situación de Cuba, que visitó ese mismo año, si bien hasta el final defendió la figura de Fidel Castro. Lea Barba murió el 23 de noviembre de 2015, también en Lima.

Profesora y maestra

La Lea Barba a quien conocí coincide en gran medida con el retrato vargasllosiano, similar al que se registra también en diversas publicaciones de internet que hablan sobre ella o recogen entrevistas que le realizaron en sus últimos años. En tales entrevistas, dicho sea de paso, siempre mostró su incomodidad con la historia que ficcionó el Nobel, probablemente porque esa exposición colisionaba con su timidez, y también porque, según aseguró Lea (en entrevista con José Luis Ayala), “nunca hubo nada entre Vargas Llosa y yo”, y además le parecía que el presunto marxismo inicial del escritor era solo una impostura. Quizás en esto fue un poco estricta, aunque también intelectualmente rigurosa.

En cuanto a Miguel Gutiérrez, no planteó un retrato de Lea; la hizo actuar. Recuerdo que cuando, entusiasmada, le pregunté si la había conocido, me aclaró de inmediato que poco; siendo él menor, no habían coincidido en San Marcos. Pero, añadió, Lea Barba había sido una figura ineludible de la izquierda peruana, y por eso la había puesto al lado de Tamara Fiol y Kymper: para darles verosimilitud e importancia a los hechos ficcionados.

Pero volvamos al retrato. Hay un punto molesto en poner acento en el aspecto de las personas, y más tratándose de mujeres, a quienes aún ahora se nos educa en el adorno y la apariencia, fundamentos de la domesticación. Sin embargo, en el caso de Lea Barba, vale la pena hacerlo, porque todo en ella era una declaración de principios, por completo a contracorriente de los dictados convencionales.

Lea Barba al centro, con su padre, Leo, a su derecha, y al lado de él, sus tías Olga y Esther Barrera. A su izquierda, Félix Arias-Schreiber, el novio, con Aurora Encinas a su lado.

Era, en efecto, una mujer austera, negada a la parafernalia y la frivolidad; lo que tenía amoblado era la cabeza. Rara vez tacones, bajos obviamente; habitualmente mocasines, quizás porque bastaba su talla natural; una falda gris, tabaco, azul; una blusa por lo general blanca o una pieza de punto; apenas una chompita tipo cárdigan en invierno, casi nunca saco; el pelo ondeado y canoso, corto; ausencia total de maquillaje, salvo en alguna ocasión excepcional, discreto. Su gesto era inequívocamente maternal. Afables, sus ojos brillaban iluminados, imagino, por el conocimiento, por cierta sabiduría que la alejaba del enojo o de la rigidez, mucho más de la severidad. Nunca llamaba al orden a nadie; parecía confiar en nuestra conciencia. Sonreía con dulzura, y siendo asequible, imponía respeto antes de pronunciar cualquier palabra. Ante su presencia, aunque ignoráramos, como nosotras, su trascendencia política, instintivamente sabías que estabas ante alguien grande, alguien que siempre hablaba en serio, alguien que era necesario, imprescindible escuchar.

He dicho que ignorábamos su trascendencia política, pensando en sus acciones partidarias, en sus posiciones ideológicas, que jamás mencionó ante nosotras. Pero, en realidad, su trascendencia política —tan superior a la de tantos—, quiero creer, aunque sé que no siempre se aprenden las lecciones, fuimos sus cientos, más bien miles de alumnas a lo largo de alrededor de cinco décadas de docencia. Gracias a ella supimos para siempre dónde quedan Abu Dhabi o Adís Abeba, por decir; o cómo el esclavo pasó a ser siervo y después obrero; los peligros de la autocracia y del imperio; las complicadas relaciones entre reyes y súbditos; los principios de la democracia, la definición del Estado moderno, los desencuentros entre las clases sociales y hasta el dudoso pero definitivo poder de las revoluciones. Era leyenda entre las alumnas cómo Lea llegaba al salón y, lejos de acarrear alguna lámina de esas gigantes que se usaban entonces, agarraba una tiza y enseguida dibujaba a pulso un mapa sobre la pizarra, generalmente de Europa (el eurocentrismo de nuestra Historia era patente, como aún ahora ocurre), otras veces de Asia y África, de América, de Oceanía, el mapamundi completo. De memoria. Cuando quería, o lo consideraba pertinente para la clase, miraba algún mapa en un libro para añadirles detalles a los suyos, sobre los cuales trazaba cordilleras, ríos, lagos, batallas, imperios, reinos, países. Nunca revisaba anotaciones; se sabía fechas y lugares, nombres, al dedillo, y aunque esto pueda parecer ahora una obviedad, tal capacidad impresionaba nuestras mentes adolescentes, en tiempos de enciclopedias impresas.

Lea Barba con la bahía de Lima, la Costa Verde, a sus espaldas.

Genio y figura

Lea Barba fue un personaje más allá de la novela. También aparece en varios ensayos, testimonios y estudios, algunos recientes, que abordan el devenir de la izquierda peruana. Por supuesto, no está ausente en El pez en el agua, las memorias vargasllosianas, publicadas en 1993. Me cuenta Luis Carlos que, por la aparición de ese libro, muchos periodistas la buscaron para que se pronunciara sobre lo que contaba el escritor. Se negó. Era una época en que la propaganda gobiernista había colocado a Vargas Llosa como una figura repudiada, acusándolo de antiperuano. Pese a las distancias ideológicas que la separaban del antiguo compañero universitario, Lea Barba no estuvo dispuesta a sumarse a aquellos ataques. Fue tal su rechazo ante esa posibilidad que le negó una entrevista al propio Luis Carlos, enviado por sus jefes en la revista  para convencer a su mamá de dar declaraciones. No, en siete idiomas.

Ajena a cualquier vanidad, Lea no movía un dedo para caer simpática, pero inevitablemente despertaba simpatía, admiración y cariño entre sus alumnas, para quienes era una verdadera rockstar. Estaba más allá de ella; era resultado inevitable de su natural bonhomía, de la nobleza y autoridad que emanaba de ella. Por mi parte, entre las muchas profesoras y profesores inolvidables que tuve en el Dalton, ella tiene un rincón especial en mi corazón y en mi memoria. No creo haber aprendido a leer el mundo y su historia como ella (ya quisiera), pero sí le agradezco que me enseñara a descubrir una manera de hacerlo.

Mario Vargas Llosa (1969). Conversación en La Catedral. Barcelona: Seix Barral, 1972. 676 pp.

Miguel Gutiérrez (2014). Kymper. Lima: Alfaguara. 610 pp.

ETIQUETAS:

Editora peruana. En el Perú ha editado a escritores como Ryonosuke Akutagawa, Henry James o Franz Kafka; y a escritores peruanos como César Vallejo, Ciro Alegría, Luis Loayza, José Diez Canseco o Jorge Eduardo Eielson, entre otros. Asimismo, ha trabajado en editoriales nacionales e internacionales y en distintos proyectos. Es, además, editora de Clorinda, sello dedicado exclusivamente a la novela.