Querida Libertad (Uno)

Tania y yo nos conocimos en 1998 en México cuando me fui a buscar mi lugar en el teatro. Viaje fundamental. Contactarla no fue difícil. Me invitó a un concierto que hacía en una ex capilla que, en ese entonces, era un Centro Cultural, nos dice el autor de la presente entrevista en las siguientes líneas.

Escrito por Diego La Hoz

Mi padre siempre me contó de Tania Libertad. La chola, le dice cariñosamente. De alguna forma, mi familia primera estaba conformada por poetas, músicos, pintores y teatristas. Una potente comunidad de artistas que los años setenta forjaron en medio del gobierno militar de Velasco. Felizmente, más allá de la lógica represiva, se le abrió la puerta al campesino y la cultura dejó de tener un lugar de blanco privilegio para volverse popular. Tanía y yo nos conocimos en 1998 en México cuando me fui a buscar mi lugar en el teatro. Viaje fundamental. Contactarla no fue difícil. Me invitó a un concierto que hacía en una ex capilla que, en ese entonces, era un Centro Cultural. Concierto íntimo donde lo interesante era escuchar su voz plena en ese recinto de acústica única. En el camerino me abrazó como si me conociera de toda la vida. Poco después presentó su disco “La vida ese paréntesis” donde cantó a Benedetti quien además estuvo presente a través del video. Luego, nos volvimos a ver en 2005. Conocí su casa, su estudio de grabación, su vida cotidiana. Ahí decidí grabar la conversación que tuvimos. Un regalo haberla recuperado para ustedes. Transcribirla en Arequipa tomando agua de Jamaica es la mixtura propia de la música de Tania. La cantante chiclayana que migró a México. Su verdadero hogar. El Perú no la merece. Les comparto la primera parte de este encuentro.

DLH.- ¿Qué te gusta recordar de tus inicios en México?

TL.- Cuando llegué súper chiquilla al Teatro Blanquita. Los espectáculos que se daban ahí eran Teatro de Variedades. Yo hacía tres funciones, y en cada una cantaba dos o tres canciones. Trabajaba al lado de bailarines, de cómicos y de otras cantantes. El espectáculo era eso: la variedad. Carmen Salinas, a donde yo llego a vivir, era la reina del Blanquita. Gracias a ella consigo mi primer contrato. Ella hacía humor político y yo cantaba. Estamos hablando del año 78. Yo había llegado solita y era primera vez que salía de mi país. Para mí fue realmente una aventura. Llegué con visa de turista. Cuando se me venció, Carmen me llevó a una comida con gente muy importante, me oyeron cantar, y es así que obtuve el contrato. Luego, me casé con un peruano y regresé a vivir a Lima. Un año después, cuando mi relación no daba para más, decidí volver a México. En ese breve tiempo dejé de cantar. Estaba prácticamente retirada, frustrada, viviendo una vida de ama de casa que yo no deseaba. Por otro lado, la relación con mi familia tampoco existía. Siempre fue difícil. El país salía de un gobierno militar donde yo encontré que había un oportunismo político que a mí nunca me gustó. Me pidieron que fuera candidata para diputada del Partido Comunista y ahí me dio mucha rabia porque yo nunca he pertenecido a ningún partido político. Yo cantaba para todos los partidos de izquierda, pero yo no sabía que unos no se podían ver con otros. Claro, yo quería cantar en los festivales de Berlín, de Cuba, y mandaban a todos menos a mí.

DLH.- O sea, te señalaban de oportunista y encima te castigaban. Veo que no ha cambiado mucho el país. Sin embargo, ¿qué te gusta recordar del Perú?

TL.- Al inicio de los años setenta fui conductora durante cinco años del programa de televisión Danzas y canciones del Perú con Nicomedes Santa Cruz y Cecilia Bracamonte. Recuerdo que me pusieron un maestro de teatro para que aprenda a desenvolverme frente a cámaras. Él era Alonso Alegría. Después tuve un programa propio que se llamaba Tania Presenta donde invitaba a pintores, poetas y los hacía cantar conmigo. Eso fue lo último que hice en el Perú. Eso recuerdo.

Diego La Hoz y Tania Libertad 

DLH.- La migración es parte de nuestra naturaleza social. Es interesante notar que, en esas épocas, mientras peruanos y peruanas del interior migraban a la capital, tú te veías cada vez menos en el Perú. ¿Cuándo identificas que empieza tu carrera como cantante y cómo evoluciona?

TL.- Mi carrera tiene tres etapas. Mi primer nacimiento artístico sucedió cuando grabé mi primer disco a los 9 años de edad. El segundo fue en 1980 cuando vuelvo a México y decido quedarme. Durante seis años trabajé en los proyectos culturales del Gobierno Mexicano cantando en escuelas, en cárceles, en hospitales, en plazas públicas. Mi repertorio se llamaba Canto Negro del Perú. Esta experiencia era básicamente didáctica y estaba orientada a estudiantes. Cuando el público se hace más diverso fui combinando ese repertorio con canciones de la Nueva Trova. Cantaba a Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso. Era importante tener canciones que la gente reconociera. Es ahí donde grabo mi disco Alguien cantando que luego llamé Alfonsina y el mar donde combino lo peruano con lo latinoamericano. Este disco me abrió todas las puertas. Tanto así que, en 2003, grabo como un homenaje, Alfonsina y el mar: 20 años donde incluí canciones que la gente creía que cantaba. Había que cerrar ese círculo. Y a pesar de los piratas, he tenido disco de oro y disco de platino. Mi tercer nacimiento artístico sucede en París gracias a ese disco. Antes mi mercado era solo mejicano y algunos países de Latinoamérica, pero nunca había llegado a Europa y EEUU. Ahora canto en los mejores teatros de estos lugares y en sus más importantes circuitos culturales. Para mí esto ya es ganancia porque yo estaba contenta con los logros de mi carrera hasta ese momento… Y lo más interesante es que sigo cantando en mi idioma y siempre salgo vencedora. De alguna forma, busco que un disco no se parezca a otro. Estar a la vanguardia es importante. ¡Buscar el riesgo dentro de lo que hago para renovarme!

DLH.- Cómo grabar un disco de ópera, por ejemplo.

TL.- Y de ópera en serio. Con la orquestación y los tonos clásicos. Mientras los cantantes de ópera venden 1000, yo vendí 300,000 discos. Todo un suceso para mi carrera. Y eso que solo salió en México. O sea, como te digo, del año 2000 para aquí es una nueva etapa. Ya he cantado en tres países africanos, imagínate. Y el año siguiente me toca Oceanía. Realmente estoy muy agradecida y sorprendida por lo que me está pasando. El año pasado me tocó cantar con Tracy Chapman, Plácido Domingo, Bebo Valdés y Diego El Cigala. Nunca lo hubiera imaginado.

DLH.- ¿Y ahora qué crees que te falta?

TL.- Ahora lo que me toca es hacer mejor música, ser una mejor cantante y sentirme con (cada vez) más energía. Hay un ejercicio del alma con el que estoy trabajando. Obviamente, sigo tomando clases de canto. Pero hay un trabajo emocional que estoy haciendo conmigo y con el espectador.

DLH.- ¿A qué te refieres cuando dices “ejercicio del alma”? ¿Cómo te diste cuenta?

TL.- Me di cuenta cuando la gente lloraba en mis conciertos. En 1997 hice un disco con la Filarmónica de la Ciudad de México que se llamó Himno al amor. Yo no tenía dinero para pagarles porque eran cien músicos. Cien músicos para grabar un disco. Entonces les dije “les doy dos conciertos y ustedes se llevan la taquilla”. Ese fue el arreglo. Sucede que ellos no tocan con las luces apagadas y a mí me da mucho miedo mirar al público. Cuando canto cierro los ojos y busco que las luces no me dejen verlo. Te juro que entré temblando. En un momento abrí los ojos y vi a mucha gente llorando. Recuerdo que un señor judío me dijo que se había conectado con su mamá, que durante el concierto ella moría en Israel, y que pudo sentirlo. Me han pasado varias veces este tipo de experiencias.

DLH.- Es interesante porque, siendo un persona no creyente e incluso no bautizada como normalmente suele ser en nuestro país, percibes de algún modo estás conexiones espirituales a través de tu música.

TL.- Conexiones que no tienen nada que ver con la religión. Cuando canto me pongo en un estado muy extraño. Incluso cuando llego al camerino no me acuerdo de nada. No sé cómo explicarlo. Es un estado mágico, místico. Y, a partir de ahí, he tratado de que los sonidos que salen de mi cuerpo correspondan a la emoción que estoy sintiendo. Mi voz se ha ido coloreando. La voz de mi alma.

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Actor, dramaturgo y director de teatro. Desde hace 20 años dirige el colectivo EspacioLibreTeatro