Ojalá hayan más naves para el teatro peruano

En el reciente XIV Festival de Teatro Peruano Norteamericano dos proyectos fueron premiados. Dos directoras. Sí, directoras. Cada una con lecturas muy distintas sobre su quehacer creador, pero coincidentes en su urgencia rupturista

Escribe: Diego La Hoz

Cuando estoy por estrenar una obra de teatro suelen hacerme las preguntas más curiosas. Desde las más penosas hasta las más complejas. Estas últimas son las menos frecuentes y las más esperadas. Sin embargo, hay algunas que siempre, aunque se repitan, son particularmente inquietantes. Hace unos días, y a propósito del estreno de Laberinto de María Teresa Zúñiga, un joven estudiante de periodismo me preguntó: ¿Por qué es importante que la gente venga a ver Laberinto? Mi respuesta no tardó y dejó pasmado al muchacho: No. No es importante que vengan a ver mi obra. No es importante que vean ninguna obra de teatro. Luego de un momento me di cuenta que había sonado descortés, pero había sido absolutamente sincero. Lo que realmente es importante, dije con voz amable, es que la gente piense por sí misma y, lamentablemente, el teatro no siempre aporta a que esto suceda.

En enero se realizó el XIV Festival de Teatro Peruano Norteamericano que, desde 1996, es el único espacio que premia con dinero y visibiliza el trabajo de los jóvenes directores y directoras de la escena limeña. Sin embargo, su convocatoria siempre se extiende a recibir proyectos de todo el país. En esta edición sucedió algo particular. Bisagra para los que vienen. El festival reformuló sus bases e incluyó otros lenguajes escénicos: danza, circo, perfomance. Un interesantísimo giro que pone en cuestión la hegemonía del texto dramático en el teatro y abre un abanico de posibilidades escénicas que pondrán en saludable crisis a las formas tradicionales.

Dos proyectos fueron premiados. Dos directoras. Sí, directoras. Cada una con lecturas muy distintas sobre su quehacer creador, pero coincidentes en su urgencia rupturista. La primera obra que se presentó fue Ojalá de Yuriko Tanaka. Un viaje por la caricia del deseo. El íntimo y el simbólico. Subjuntivo que atrapa al tiempo para convertirlo en suspiro. El público es un observador que contempla. Si busca una historia, pierde. Las disciplinas dancísticas y circenses, combinadas desde el teatro, se expanden para movilizar otros sentidos. El músculo de nuestra imaginación queda expuesto ante el símil limitante del texto como lenguaje primario. O sea, ambos quedan cortos si desde ahí intentamos hacer una (única) lectura de la obra. Sin embargo, así como disfrutamos del virtuosismo de los cuerpos, quisiéramos que suenen las voces saliendo de los cuerpos. Por otro lado, si bien la dramaturgia del espectáculo está sostenida en imágenes muy bien construidas, hay que estudiar con mayor atención aquello que las vincula desde la construcción técnica hasta la intertextualidad del conjunto. ¿Está bien que el público se pierda en aquello que se muestra? Perderse también puede ser parte de juego y es placentero. Lo importante es cómo manejamos los anclajes sensoriales con el espectador y qué ruta proponemos para que “algo suceda”. A estas alturas pensar que el teatro solo cuenta historias es casi como pensar que no existieron formas teatrales antes de Grecia. Ojalá es un excelente ejemplo de cómo poner al espectador en estado de contemplación sin pretensiones catárquicas.

La segunda obra del festival fue Nave de Moyra Silva. Puesta interdisciplinaria donde el público es el evidente protagonista. Otro viaje necesario por las fronteras de la memoria. Caleidoscopio sensorial para que suceda el abrazo sin pensarlo mucho. En un mundo que se deshumaniza es importante volver al encuentro más básico de todos: la sana convivencia. Se trata de “simplemente estar”. No de tolerar. No de pelear. No de juzgar. Simplemente estar. El teatro nos permite crear utopías dinámicas. Interactuar con “lo otro” desde la lúdica escénica que, aunque sea artificial, funciona como ejercicio político para vernos con un poquito menos de prejuicio. Nave transita por el espacio público, por el mediático, por el familiar y por el etario tomando como eje el recuerdo. Re-Cordare. Volver al corazón. Es quizá este último espacio, el de la edad, el que nos deja particularmente conmovidos, y por lo tanto, impide complejizar el tema. La presencia de la abuela pone a la vejez sobre la mesa. Sin embargo, ahí se queda, como un artificio emocional que pudo ir más allá de aquello-que-nunca-debemos-olvidar o aquello-que-debemos-recuperar. Esta suerte de teatro instalación o de inmersión usa recursos muy atractivos que pueden ser observados/vivenciados de modo individual, en distinto orden o perspectiva, pero a la vez hay un conjunto de símbolos que requieren una mirada de todo el universo escénico. Incluso de la forma en que se dan las instrucciones y de cómo re-acciona el espectador.

Ambos espectáculos ponen en crisis las formas del viejo teatro que tanto gusta a los limeños. Ambos espectáculos proponen usos inquietantes del espacio escénico. Ambos espectáculos sacan al espectador de su oscura butaca para ser iluminados por formas de juego menos predecibles. Sin embargo, sigo pensando que nos es de importancia capital ver teatro. El joven estudiante de periodismo se sentó a mi lado cuando fui a ver Nave. Fuimos protagonistas y amantes al mismo tiempo. Ahí empezó realmente el viaje de preguntas. Ahora le toca al Festival de Teatro Peruano Norteamericano asumir su responsabilidad y abrir el debate sobre nuevos lenguajes escénicos en el teatro peruano. Me dejaste pensando, le dije la última vez… Y nos fuimos a tomar una cerveza donde las palabras importan menos.

Actor, dramaturgo y director de teatro. Desde hace 20 años dirige el colectivo EspacioLibreTeatro