Mañana nunca llega

El escritor Tadeo Palacios Valverde acaba de publicar “Mañana nunca llega” (Pesopluma, 2021), un volumen que reúne doce cuentos inspirados en la realidad nacional y una nouvelle polifónica. Justamente, Lima en Escena, en exclusiva les ofrece el fragmento de la nouvelle que tiene el libro sobre la marcha 14N. Por la memoria de Inti y Bryan.

Ya tengas sueños y esperanzas. Ya vivas una vida feliz. O ya te haga pedazos una piedra. Todos morimos. Entonces, ¿la vida no tiene sentido? ¿Nacer no tuvo sentido? ¿Nuestros compañeros caídos tampoco? ¿Esos soldados no sirvieron de nada? ¡No es así! ¡Somos nosotros los que le damos sentido! ¡Solo los vivos podemos pensar en los que perecieron! ¡Moriremos aquí y le entregaremos nuestro sentido a los vivos! ¡Esa es la única forma de resistirse a este mundo cruel!

¡Avancen, soldados!
¡Griten, soldados!
¡Peleen, soldados!
¡Ofrezcan sus corazones!
Comandante Erwin Smith

Romina, veinte años
Condición: herida
Papel: brigada de desactivación de bombas
Lugar: av. Nicolás de Piérola con Abancay, avanzando hacia jr. Lampa
Fecha y hora: 14 de noviembre de 2020 – 9:50 p. m.

Cierro los ojos. Las bombas que disparan vuelven a golpear la avenida Abancay. Hay rifles saliendo de las ventanas del edificio del Poder Judicial. Son veintidós pisos. ¿Habrá francotiradores en cada uno? ¿Nos disparan también desde el techo? No hay tiempo para cubrirse: las latas le arrancan chispas al cemento. Son una decena de trompos. El gas que escupen nos calcina el rostro y apelmaza. Sin previo aviso, la policía avanza con máscaras antigás, con las armas cargadas, con escudos, sin vergüenza. Ellos sí que pueden respirar con sus máscaras especiales y sus implementos de guerra: armadura, pistolas, sed de sangre. Nosotras solo podemos toser, si acaso vomitar. Estoy segura de que ellos sonríen bajo el casco. Nosotras adivinamos sus sombras en la humareda y retrocedemos, o fingimos hacerlo.

Los carteles abanican el humo. Las banderas del Perú ondeando en lo alto de carrizos que la gente emplea como lanzas para alejar el cerco policial. Los polos se empapan con vinagre, camisetas de la selección de fútbol convertidas en improvisados protectores contra el ventarrón ácido. La muchachada se amarra los trapos húmedos a la cara, por encima de las mascarillas quirúrgicas que nos duelen, que nos queman (felizmente pude conseguir una careta antigás). Con un grito, todes coreamos las consignas. Pero nadie las oye: las sirenas de las patrullas las asfixian y buscamos desesperadas algo que nos permita repeler el ataque que se anuncia. Una piedra, un palo. Nada. El suelo nos ofrece indiferencia.

Tosemos nuevamente. Las tanquetas aparecen, nos rodean y de estas descienden más tombos blindados, mientras otro grupo nos sigue desde Abancay. Tosemos todavía. Ellos nos estudian hambrientos. Debajo de nuestros cascos, lentes de carpintería y de los trapos con vinagre que nos cubren de la peste de sus bombas, seguimos siendo mujeres entre los diecitantos y veintipocos. Por mucho que nuestra voz sea dura, nuestra carne es suave. Ellos se dan codazos el uno al otro, nos miden (¿nos reparten entre sí?) y alistan las macanas.

El entrenamiento básico del «Bloque de apoyo y desactivación de lacrimógenas» consistió en varias horas de reproducción de vídeos en YouTube en los que estudiantes hongkoneses y chilenos enseñaban a coger con guantes de cuero el fierro caliente de las bombas para sumergirlas en bidones y baldes con agua y bicarbonato de sodio. Tres cucharadas de bicarbonato por cada litro. También aprendimos a utilizar conos de tránsito para sofocar el veneno de las latas y, de inmediato, desactivarlas vertiendo por el orificio de arriba una galonera de la mezcla salvadora. Me aseguré de anotar todo en mi libreta para luego pasárselo a les compañeres vía grupo de Telegram (WhatsApp no es seguro por el chuponeo, ni siquiera las llamadas lo son ahora)

Esta brigada está conformada en su mayoría por otras compañeras y por varias voluntarias mujeres, dado que supusimos que así los miserables de la policía contendrían su furia. Yo sé, yo sé, pero ¿qué más íbamos a hacer? Apelábamos a que vieran en nosotras a sus hijas, sus hermanas, sus sobrinas, quizá la novia de alguno más joven o de nuestra edad, pero fuimos ingenuas. En lugar de eso, nos reprimieron aún peor, como adivinando la treta. Para ellos somos terrucas y las terrucas no tienen alma, sus cuerpos le pertenecen al primero que se las baje.

Basta una orden, una sola: la del jefe de policía, la del presidente del Congreso, la del alcalde, la del presidente de turno, la misma mierda es… Truenan sus nudillos, desenvainan las varas y les brillan feroces las pupilas detrás de las armas. «¡VAMOS PUEBLO, CARAJO, EL PUEBLO NO SE RINDE, CARAJO!», gritamos con las gargantas sangrando por dentro. Estoy segura de que la mascarilla antigás que compré tiene un hueco o algo así. Casi ciegas, contenemos el llanto lo mejor que se puede. Sostenemos nuestro peso de pie, agitando los brazos para disipar la neblina blanca que nos traga, casi aleteando como gaviotines que no quieren caer en picada al mar lleno de tiburones. Les compañeres han conseguido bombardas de carnaval que utilizan como bazucas, y varitas mágicas y otros pirotécnicos que sirven para defendernos, pero no son nada frente a las balas y las lacrimógenas. Luces y estallidos en cualquier esquina donde uno voltee a mirar. Por un momento, pareciéramos estar en medio de la batalla final de los magos de Hogwarts contra Voldemort y sus mortífagos.

Un mensaje en el grupo de chat de Telegram nos alerta de que la policía ha tomado la estación Colmena del Metro y se ha atrincherado ahí para emboscar- nos con sus disparos. También hay tanquetas pino- chito con su chorro a presión de agua de alcantarilla. Se agrupa un enjambre de cámaras de teléfono que disparan flashes. Hay gente que ha sacado punteros láser para intentar cegar a los tombos. La televisión no está por ningún lado, no vendrá ni un canal o, bueno, no hasta que caiga alguna de nosotras. Si no nos ven acogotadas o esposadas, si no nos retorcemos en el piso, apaleadas, las cámaras de los medios no grabarán y nadie preguntará por qué hemos salido con las manos desnudas a marchar. Si no dejamos una mancha roja en el cemento, si las niculas no saborean la dureza de nuestros cráneos, nuestra lucha es invisible para ellos. Necesitan vernos con el puño izquierdo arriba, con la piedra en la mano, con la ☭ estampada en paños rojos.

De un momento a otro, la red colapsa. Ningún celular funciona. Nos han cortado la señal. Un compañero de otra unidad dice que seguramente la están bloqueando con esos aparatos con los que apagan la red en las cárceles porque la conexión no llega ni a dos barritas y las llamadas no salen, y mucho menos se envían los mensajes de texto.  Nadie tiene internet.  La gente empieza a desesperarse. Les compañeres lanzan lo que tienen a su alcance, están agotando sus reservas de silbadores y cohetones en lo que esquivan la munición y ¡zaz! responden. Nosotras zigzagueamos entre la multitud, atrapamos la bomba y en menos de diez segundos la levantamos del suelo, la introducimos al bidón o bajo el cono, y el agua con bicarbonato hace la suyo. Solo podemos resistir. ¿Qué es lo que esperamos de todo esto además de demostrarles que podemos vencer(los) sin balas?

Cierro los ojos y recuerdo cada escena; es más, la repito de memoria. Escucho los balazos rebotar en los postes y los muros, algunos tiros al aire. La gente es un torbellino de zapatillas y voces corriendo. Miles de personas en la calle que chocan entre sí, toreando las embestidas de los agentes, cayendo de quijada al suelo, molidos mis compañeres a piso- tones con la huella de los borceguís en la espalda, en la barriga. Nosotras megáfono en mano y las denuncias, los abusos, «¡abajo el golpe de estado, afuera los golpistas!».

Hemos avanzado corriendo por Piérola con dirección a la plaza San Martín. Retrocedemos. La policía, protegida bajo sus cascos, nos sigue, ¡nos disparan al cuerpo los hijos de puta! Las bombas siguen girando en el suelo. Giran y giran y la humareda nos sofoca, hasta que logramos dar con ellas para desactivarlas bajo los litros de espuma que nos quedan.

Frente al edificio del Jurado Nacional de Elecciones, en el cruce con Lampa, vuelvo a toparme con Aleksander. Vinimos temprano para juntarnos con gente de la universidad y dibujar carteles durante los previos de la marcha. Luego nos separamos. Se fue a la masa con algunos conocidos y yo a la Brigada, como quedamos. «¡Aleksander!», pero no escucho lo que trata de decirme. Parece que me grita algo que no logro entender debido al ruido insoportable de sirenas y cañones. De repente, me tumban al suelo.

Desorientada, sin mi casco, alzo la cabeza. El tipo es un guardia de casi metro noventa y unos cien kilos que, seguramente, antes de reducirme, ha ido arre- metiendo contra el resto de las que inutilizan, como yo, sus lacrimógenas. f-u-e-r-z-a-b-r-u-t-a. Al verme desde atrás seguro pensó que soy un hombre, pero en cuanto me ha lanzado un varazo, rompiendo mi casco, notó mi cabello recogido en un moño apretado, estoy segura. Aun así, al ver que era una chica la que estaba desactivando sus bombas, me ha dado otro niculazo con más cólera que el primero. «¡Ah pendeja, tú eres la que nos cagaba las bombas!

¡Son cien lucas por lata!». Entonces el fierro —o lo que chucha sea esa cosa— contra el hueso y luego una cascada pegajosa que me resbala desde la sien izquierda. Mi vista se nubla por un instante.

La cabeza entera me mata del dolor como si me hubiera caído de un segundo piso. Grito y trato de hacer el mayor escándalo posible. «¡Tombos cachudos, déjenme! ¡Tombos cachudos!». Un hilo de sangre me llega hasta el mentón e intento saber el tamaño del corte y su ubicación exacta, pero es imposible.

De milagro sigo consciente. Mi agresor forcejea con otro de los suyos en mi delante, uno de ellos ladra:

«¡Déjame, que la detengo ya mismo a esa terruca!». Aleksander corre hacia mí e intenta arrojarle el bidón de bicarbonato a uno de los tombos, pero es alcanzado por un perdigonazo y cae retorciéndose en la pista. Abro la boca, los sollozos dejan paso a la desesperación: «¡Aleksander! ¡Le dieron, carniceros de mierda!», mientras lloro. Que alguien nos ayude, Dios santo; y reuniendo mis últimas fuerzas, parto el colchón de nubes de Lima: «¡Auxilio, nos van a matar!».

La brigada médica que viene a socorrerme es repelida a punta de bombardas y empujones de escudo. Han venido más agentes a dar refuerzo (¿¡refuerzo contra qué, si estoy cagada!?). A esos perros no les importa que sean paramédicos o enfermeras o voluntarios o periodistas o manifestantes los que se encuentran ahí en el terraplén de la marcha, ellos reparten golpes y disparos a todos sin excepción como si nosotros fuéramos el enemigo y no los ladrones que han tomado Palacio. Incluso si se trata solo de vecinos que buscan aliviar los daños que provoca el fogueo en los manifestantes, las palizas y los proyectiles están a la orden.

Me arrastran entre dos. Aleksander sigue aferrándose a su cartel manchado de sangre como si la cartulina lo pudiera defender de las patadas que le dan para reducirlo. Mi voz se ha quebrado y ya ni siquiera puedo susurrar el nombre de mi amigo. Lo escucho decir que está herido y que «no me peguen» y que «suelten a Romina». Desde el fondo, también escucho los rugidos de la línea de fuego. Un tombo dispara otra bomba contra la multitud y el coro que le cuida las espaldas repite frenético, como si estuviera en una sala de Free Fire, «¡MÁTALO, MÁTALO, MÁTALO!».

A Aleksander y a mí, heridos, golpeados, sintiéndonos una mierda, nos llevan a una patrulla. En el asiento de atrás hay otra muchacha que no deja de llorar. Aleksander sigue aferrado a uno de los car- teles que hicimos en la plaza San Martín como si su vida dependiera de eso. Tengo un corte y la hinchazón me sube ahí donde me ha tocado el plástico/ cuero/fierro/no-sé-qué de la nicula. Poco a poco siento que todo se difumina a negro. Con mis últimas fuerzas puedo ver a un grupo de voluntarios y brigadistas de la Cruz Roja: llevan un casco blanco con una enorme cruz, a diferencia de los cascos amarillos y azules que tenemos nosotras. Forman un núcleo compacto y corren, corren durísimo con alguien en una camilla. Al final de la calle, han parado un miniván y están ingresando a un muchacho con el rostro quemado y un agujero enorme a la altura del corazón. Un brazo ensangrentado se bambolea por uno de los costados como despidiéndose, mientras la gente corre y pide auxilio acorralada por el plomo financiado con nuestros impuestos. En el fondo, se adivina todavía el sonido explosivo de los fuegos artificiales como si fuera Año Nuevo. Las piñatas y los muñecos en llamas somos nosotros. «¡Qué año del culo!», musito y pongo mi sien sana contra la ventana del patrullero.

No aguanto más.

Piura, 1994. Escritor y abogado. Cursa la Maestría de Literatura Hispanoamericana de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Actualmente es asistente de docencia en la Maestría de Escritura Creativa del mismo claustro y dirige el podcast literario Proyecto Machete. Ha sido becario del programa Arequipa Imaginada del Ministerio de Cultura del Perú. Su cuento «El legado» fue uno de los ganadores del Concurso Nacional Nuestros Relatos, organizado en 2020 por la PCM. Más pulse: https://linktr.ee/tadeopalacios