Una lectura de A sangre fría

Estas son observaciones personales a propósito de A sangre fría, de Truman Capote. Se encontrarán aquí referencias al libro de esas que revelan su contenido, que ahora se llaman “spoilers”. Y también comentarios anexos referidos a la edición. No se encontrarán, en cambio, verdades absolutas sobre los hechos que aborda y la manera como lo hace, es decir simplemente se trata de acercamientos, aproximaciones, asedios, que esperan, en el mejor de los casos, invitar al lector, a la lectora, a hacer su propia exploración en esta novela universal como el crimen.

Por: Anahí Barrionuevo

Leo (o releo) A sangre fría, de Truman Capote, un clásico contemporáneo

Tengo la antiquísima edición de Club Bruguera, con 448 páginas apretadas. Un libro extenso pero no monumental. Esta novela de no ficción (vaya categoría) tiene cuatro partes: 1. Los últimos que los vieron vivos, 2. Personas desconocidas, 3. Respuesta y 4. El Rincón, bastante equitativas en volumen. Me gusta esa simetría, ese equilibrio cuantitativo. Si me guiara por el índice diría que la estructura es muy sencilla. Pero sería un error, porque en su sencillez, donde el tiempo carece casi por completo de bucles, está en extremo bien pensada. Y eso se nota sobre todo en el interior de las partes, donde va avanzando la historia centrándose alternativamente, pero sin monotonía previsible (y al contrario, con tensión suficiente, con intriga sin desespero), en los diferentes personajes o grupos de personajes. Allí está todo su encanto narrativo. Y el entretejido es notable la mayor parte del tiempo. Apenas acuso unas secuencias donde la información se pone repetitiva, sin aportar grandes avances: cuando se refiere a la descripción de la personalidad de los criminales por parte de unos médicos. Pero esto ocurre en unas pocas páginas de la tercera parte, de modo que resulta bastante llevadero.

La historia es real y es conocida: cuatro miembros de la familia Clutter (Herb, el padre; Bonnie, la madre; Nancy, una de las hijas; y Kenyon, el hijo) son asesinados por Richard Dick Hickock y Perry Smith. Los hechos ocurren en la granja River Valley, de la familia, cerca de la localidad de Holcomb, en el condado Finney, estado de Kansas. La fecha de los asesinatos: 15 de noviembre de 1959. Los criminales, atrapados y juzgados ya en 1960, fueron ejecutados finalmente el 14 de abril de 1965, por ahorcamiento. Ese es el arco de tiempo de la historia.

Los personajes, muchos; pero centralmente, además de los criminales, el detective Alvin Dewey, a cargo de la investigación, que ha sido sheriff del condado y agente del FBI, y que ahora está obsesionado con el caso, “tan falto de indicios”.

Capote va desenvolviendo la trama con enorme talento. Y hay que leerlo para apreciar su manejo del suspenso, de los datos, y también su sorprendente habilidad para retratar a los personajes, mostrándolos en su cotidianeidad pero también en su trascendencia, en su interior y en sus acciones. Un capo Capote. Ambos aspectos (el relato y el retrato) los entendió muy bien, y supo, con gran instinto, cómo se interrelacionaban y dónde estaba la clave narrativa de esa relación: en cuanto a los hechos, el quid lo puso en la intriga de saber exactamente cómo ocurrió el crimen, y en cuanto a los personajes, los presentó antagónicos aunque cómplices, para luego hacernos saber que eran todo lo contrario.

Y justamente acá debo señalar que lo que más me llama la atención de este libro tiene que ver con los personajes y su psicología. En especial el caso de Perry Smith. En la mayor parte de la historia la dinámica entre los criminales es clara: Dick es el duro, el canalla, el maquinador; Perry es el sensible, el frágil, el soñador.

(Paréntesis intertextual: el sueño de Perry, de irse a México, en concreto a Zihuatanejo, con un amigo igualmente presidiario, para comprar una barca, restaurarla, y dedicarse a algo con ella en ese lugar paradisiaco, es aquello que concretan los personajes Andy Dufresne y Red Redding del cuento “Rita Hayworth and the Shawshank Redemption”, del libro Las 4 estaciones del famosísimo Stephen King, que ha dado lugar a esa gran película que es The Shawshank Redemption, con Tim Robbins y Morgan Freeman. No puede ser casualidad, pienso que es un homenaje de King a Capote)

Tal como se los presenta la mayor parte del tiempo, no es difícil simpatizar con Perry y en cambio que Dick nos resulte odioso. Suponemos que fue él, violento e impulsivo, quien convirtió un simple robo en una masacre. Cuando por fin sabemos exactamente qué pasó, y que pasó exactamente lo contrario, es decir que fue Perry quien degolló a y disparó contra Herb Clutter y que luego disparó a la cabeza o al rostro del resto de sus familiares, casi no lo queremos creer. ¿Perry el bueno, el sufrido? ¿Es en serio? Y sí, es en serio. Y entonces comprendemos que detrás de todas sus virtudes está un enorme narcisista, un psicópata. Hemos sido sorprendidos.

A continuación me he preguntado si detrás de toda persona virtuosa hay un narcisista, aunque no necesariamente sea un psicópata. Puede ser. Querer ser bueno, querer ser correcto, ¿no es también querer ser mejor, y más precisamente mejor que los otros? ¿No hay un deje de sentido de superioridad en ello? Pienso en mí, me contemplo por dentro, y me siento culpable de este delito del alma, aunque sea consciente de que no soy mejor que nadie, aunque solo quiera ser lo mejor frente a mí. No tengo un juez o la jueza soy yo.

Siempre me ha llamado la atención la contención que nos da el cuerpo. En qué medida ese espacio limitado de nuestro ser es capaz de albergar océanos de sentimientos, emociones, pensamientos, de una complejidad que no sería posible intuir frente a nuestra pequeñez en relación con otras entidades del mundo. El cuerpo de Perry Smith es un cuerpo dañado, y en su interior el océano es oscuro. Su cuerpo está dañado, como su espíritu, como su vida. Hacia el final, a través de Alvin Dewey, Capote reflexiona sobre él y lo ve hasta cierto punto como una víctima. De sus circunstancias, de su entorno, de su país, quizás del mundo. Y no le falta verdad, pero no lo justifica.

Un aspecto final que me resulta interesante, y que probablemente tiene que ver con todo, es la pulsión homosexual que se sugiere y eventualmente se menciona respecto de los criminales. ¿Acaso Capote quiso señalar que el esfuerzo represivo contra esa pulsión deformó las personalidades de Hickock y Smith hasta el punto de convertirlos en criminales? No lo dice, pero bien podría pensarse. ¿Qué espacio saludable puede haber en una sociedad ultraconservadora como la que muestra, la del midwest, para un par de jóvenes con deseos inconfesables? ¿En qué medida dos jóvenes con deseos inconfesables pueden sentirse llamados a respetar, mantener y perpetuar las formas de vida propias de las familias de ese midwest? Este, creo, es uno de los grandes conflictos de la homosexualidad: su inexistente identificación con los valores de una sociedad que, de poder, los desaparecería como a las cucarachas. Y siendo así, ¿quién puede culparlos?

Barcelona: Club Bruguera, 1980. 448 pp.
Título original: In cold blood (Random House, 1965). Traducción de Fernando Rodríguez

Editora peruana. En el Perú ha editado a escritores como Ryonosuke Akutagawa, Henry James o Franz Kafka; y a escritores peruanos como César Vallejo, Ciro Alegría, Luis Loayza, José Diez Canseco o Jorge Eduardo Eielson, entre otros. Asimismo, ha trabajado en editoriales nacionales e internacionales y en distintos proyectos.