L l u v i a, o el ciclo del dolor

La lluvia y su presencia velada tras nubes oscuras, tupidas y acicateadas por los relámpagos. La lluvia y su aroma inconfundible, anunciándose con las primeras gotas. Y de pronto, la cabalgata del aguacero que todo lo limpia, que todo lo llena, rebalsa y renueva. Un símbolo antiguo del renacimiento y la purificación, pero también un signo inconfundible de la destrucción repentina que llega en torrente y frente a la cual no se puede fingir indiferencia: sin importar cuanto se intente, la lluvia a todos nos alcanza.

Karina Pacheco Medrano (Cusco, 1969) a través de los nueve cuentos de Lluvia (Seix Barral, 2018) nos ofrece con acierto una imagen de la precipitación que irá creciendo hasta alcanzar su clímax y que, luego, poco a poco, se convertirá en un susurro que escampa, sin hacer concesiones al silencio y como para que no quede lector indiferente al temporal.

Las frases mínimas y punzantes, como gotas sobre la piel desnuda, nos dejan sentir el golpe de la violencia que se esconde en cada relato a modo de gran hilo conductor. A veces son familias completas, atormentadas por un pasado del que no pudieron escapar y que en el momento menos pensado viene a reclamar el destino de sus miembros (“Volverá del mar y tendrá tus ojos”). Otras, son niñas (“Todo es un juego”) y mujeres con el alma y el cuerpo que sucumben malheridos a manos de quienes alguna vez amaron (“Juego de manos”, “Cola de mono”), y siempre frente a la atenta indiferencia de un mundo que no disimula el desprecio que les tiene. En muchos casos, es el pasado el que retorna furioso para desandar los pasos del desastre y mostrarnos que la guerra entre prójimos que vivió el Perú aún no ha cesado (“Ventanas rotas”, “Mar de Alú”, “Las hogueras de Iruna”), sino que ha encontrado el modo de reinventarse en, por ejemplo, hecatombes dirigidas por “el mundo civilizado” contra las comunidades originarias, incursiones desplegadas con tal vehemencia que a nadie pareciera importarle la sangre derramada de los “otros” (“Reyes del bosque”, “Al final de la lluvia”).

En Lluvia, la violencia del aguacero atraviesa a los protagonistas justo por el centro del corazón. La desoladora crueldad de un país fraccionado hasta el límite último de los añicos y cuyo reflejo se percibe, tímido, en ojos que eligen (o deben) callar para sobrevivir. El dolor que florece en cada pasaje sin llegar a la tragedia ominosa, naturalizando su impronta y prefiriendo a las desgracias cotidianas para ser las que desaten el tifón sobre el lector que asiste a su secreta contemplación. Las sensaciones, el clima de reflexión permanente, los finales abiertos que parecen prolongarse en la memoria, los pasajes realistas difuminados por un aura que roza, de cuando en cuando, el ensueño de lo real maravilloso, dota al texto de un brillo igualmente crudo como delicado.

Cada uno de esos elementos, dominados con oficio por Pacheco, lleva al lector atento a contemplar una imagen redonda, capaz de conmover y sublevar, de consternar y lastimar, pero, sobre todo, de consolar. Una imagen afincada, en el ciclo vital de las tormentas: la sublimación del padecimiento colectivo; la irrupción inesperada de la precipitación, ante la cual es imposible cubrirse; el clímax furioso, donde luz y agua son una sola entidad que reverbera amenazante; y la calma que llega cuando escampa, misteriosa, mítica, para dejar paso al silencio que de pronto se llenará con el murmullo de las superficies que escurren limpias, purificadas, acaso destruidas. Así, el ciclo se cierra únicamente para aguardar la oportunidad de comenzar de nuevo.

La lectura crítica de Lluvia se vuelve urgente en tiempos como los que corren, llenos de una turbulencia política caracterizada por la intolerancia y por el ascenso del fascismo que, en su influjo nocivo, pretende deformar el cariz de la memoria y limitar (o de plano erradicar) cualquier noción posible de empatía y reconciliación. Sus líneas no pudieron escribirse en un momento de mayor pertinencia. Especialmente si se toma en cuenta que los peruanos aún mantenemos una deuda con la comprensión de los conflictos que nos atravesaron, mientras encaramos el desastre inminente de esa violencia de clase y misógina que, en ocasiones, pareciera engullirnos. Sin lugar a dudas, no importa cuánto uno intente alejarse de la inevitable confrontación del pasado (y su presente derivado), la lluvia siempre nos alcanza.

Piura, 1994. Escritor y abogado. Cursa la Maestría de Literatura Hispanoamericana de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Actualmente es asistente de docencia en la Maestría de Escritura Creativa del mismo claustro y dirige el podcast literario Proyecto Machete. Ha sido becario del programa Arequipa Imaginada del Ministerio de Cultura del Perú. Su cuento «El legado» fue uno de los ganadores del Concurso Nacional Nuestros Relatos, organizado en 2020 por la PCM. Más pulse: https://linktr.ee/tadeopalacios