Andrea Cabel

Hoy: pasado constante
Lima, martes 25 de marzo de 2020

A lo largo del día me detengo muchas veces a entender el arte de domesticar espacios. Katelyn Ohashi, Surya Bonaly, Simone Biles crean infinitas dimensiones en un plano lleno de esquinas. Su cuerpo es una herramienta moldeada para trascender el aire, la gravedad; para trascender la altura de sus saltos. Y yo quisiera sentir esa libertad, sentir ese ritmo que persigue a la música, y que no es la música misma. Eugeni Plushenko, por su lado, tiene alas invisibles. Con ellas corta el aire, el hielo, tiene la precisión de un cuchillo afilado contra el frío. Respiro y tomo mis pulsaciones. Camino una y otra vez hasta reunir los kilómetros que mi cuerpo necesita. Estoy sin zapatos midiendo cuánto espacio queda entre mi mirada y la de ellos. El tiempo marcando cada centímetro se amplía y llegan bostezos a la puerta, tímidamente queriendo abrirla.

Mi memoria engarza sonidos: miles de pelícanos viajando sobre unas rocas escondidas y atrapadas en el corazón del mar. Mi mente adquiere la forma de una gaviota y abro mis pulmones. Miro los ojos de este atardecer tan naranja, y comienzo a dibujar una escena, luego otra, hasta que pasan las horas y mis piernas están cansadas de escribirse una y otra vez. Despegamos todo el tiempo, le digo. Despegamos y nos miramos las manos; no hay heridas, no tenemos sangre caída, es solo agua, un poco de azúcar y este perfume de verano que se extiende. Abres y cierras libros. Miras las páginas como si fueran recuerdos de algún viaje pasado. Yo te miro como si fueras un sueño que se repite hasta dolerme. A veces los planos se mezclan, se cortan, y Plushenko está cortando el suelo tan blandamente sólido de las gimnastas. Debe haber algún heroísmo en encajar tanta fuerza en los brazos. Debe haber alguna reencarnación específica para todos los músculos de sus piernas. Quisiera tener sus lesiones, me repites. Quisiera mover mis brazos como lanzando un infierno afuera.

Nuestro encierro, te digo, está tan lleno de carreras contra el tiempo, está tan lleno de palabras y de silencios, que es imposible sostenerlo. Y te repito lo que dijera Salinas: “Cuando tú me elegiste —el amor eligió— salí del gran anónimo de todos, de la nada”. Te conviertes en gato, en una uña, en pedazos de cartílago y yo te amo. Otra vez, nuevamente. La calle aparece. Es imposible cerrar el cuerpo, los ojos. Tampoco somos bestias incapaces de mirar al otro. Hay aún varias mujeres que salen a tanto espacio vacío con tercas bolsas de caramelos. Una pide pañales. Otra suplica fideos, atún, algo para el día. El ritmo abstracto de los videos de Plushenko, de Ohashi, de todos, se detiene, y la prioridad está en la resistencia de estas mujeres que aumenta, que crece, que toca mi puerta, que me pide sin pedirme. Entonces el encierro acaba. Se caen los vidrios, la piel tan cerrada.