El teatro peruano es femenino

El Perú es un país multiétnico, multirracial y pluricultural. Sin embargo, tremendamente centralista y de enajenado limeñismo con blanqueador incluido. Este delirante panorama atraviesa inevitablemente nuestros teatros. Las “diferencias” ocupan gran parte de los discursos artísticos. Y, yendo más allá, se convierten frecuentemente en leoninos debates que intentan resolver el tema identitario u homogenizar el pensamiento colectivo. Nada más peligroso para un país como el nuestro. La tendencia globalizante es ponerle uniforme a lo diferente o rotularlo para que encaje en alguna estadística nacional. Como está pasando, en alguna medida, con el teatro testimonial.

Victoria (María Teresa Zúñiga) y Génesis (María del Carmen Castro). Puesta en escena del Grupo de Teatro Expresión bajo la dirección de Jorge Miranda Silva. Foto: Marco Miranda Zúñiga

Escribe: Diego La Hoz

El teatro peruano del cambio de siglo es testigo de importantes fracturas y explosiones creadoras. No solo desde su producción y nuevas dramaturgias, sino de una renovada aproximación a “lo político”. Como todo proceso de afirmación, existen posiciones claramente polarizadas. Por un lado, los que defienden la continuidad de un sistema hegemónico y, por otro, los que quieren tumbarlo todo con la rabia acumulada de los años. Sin embargo, el legítimo deseo por el bien común nos moviliza a escenarios emergentes. Visibiliza la voz de aquellos que poco han hablado y surgen desde su propia urgencia por ser violentados. Es aquí donde el teatro, desde su naturaleza social, se vuelve depositario convivial de nuevas estéticas y discursos escénicos. Hemos cambiado la estética de lo bélico que dejaron las guerras del siglo pasado por la estética de lo femenino que celebra las primeras dos décadas de este nuevo siglo. El teatro de hoy es femenino. Ha puesto en jaque lo masculino como figura imperante para ir en busca de un nuevo equilibrio.

El teatro queer, por ejemplo, es hoy mucho más que una postura o un decir de lo que hasta hace poco denominábamos teatro de temática gay o LGTBI. Observemos que el Perú sigue, y seguirá siendo por mucho tiempo, un país sin diálogo plural sobre temas de diversidad y género. Aunque el tema de “ser o no ser” ya no sea realmente el conflicto, hay una aproximación a lo queer como estética liminal que se está instalando en un territorio de convergencia con las nuevas poéticas dramáticas desde “El beso de la mujer araña” (1979) de Manuel Puig montada por Teatro del Sol hasta “El anhelo de Juan” (2016) de Telmo Arévalo.

Por otro lado, y siguiendo la lógica de las minorías emergentes, el teatro hecho por mujeres intenta abrir caminos de diálogo y resiliencia. Teatro que no solo está formando autoras teatrales sino, y con particular ímpetu, directoras y actrices que asumen compromisos activos en la sociedad actual. Tal es el caso de la dramaturga Sara Joffré, quien dedicó su vida a mirar más allá de los modelos predominantes y dio voz a aquellos que por cuestiones históricas serían invisibles: escolares, provincianos y colectivos que, desde la intuición, crearon sus propias formas de hacer teatro. Sara, junto a la actriz Aurora Colina, fundó “Homero Teatro de Grillos” en 1963. Primer grupo de teatro que tuvo un proyecto colectivo sostenible, una casa teatro con cartelera popular, una vasta dramaturgia propia y más de veinte publicaciones (autogestionadas) sobre las nuevas voces del teatro de aquella época. Los grillos, como se les conoce, fueron piedra fundante para el teatro peruano a nivel nacional.

Es importante observar, para comprender la contundencia creadora de Aurora y Sara, la influencia directa de Sebastián Salazar Bondy y Reynaldo DAmore quienes fundaron el Club de Teatro de Lima en 1953 y que sigue en actividad hasta hoy. Bajo esta lupa certera podemos decir que el papel de la mujer ha sido fundamental en la construcción de nuestro teatro actual. Sus acciones siempre han sido políticas y, por lo tanto, in-vi-si-bi-li-za-das por la historia de sus patrones. La mujer en el teatro peruano es un tema pendiente. Micaela Villegas, La Perricholi, es casi un albur en las páginas rosas de la sociedad limeña del siglo XIX. Y, a partir de ahí, otra vez el silencio. Silencio culposo. Vergonzante y oportuno. Sin embargo, tenemos más mujeres creadoras de gran talante y hay que nombrarlas: Estela Luna, Sarina Helfgott, Celeste Viale, Maritza Núñez, Tania Castro, Maritza Kirchhausen, Cecilia Podestá, Daisy Sánchez, Mirella Carbone, Carolina Black, Regina Limo, Ruth Vásquez, Carmen Luz Bejarano, Lucía Lora, Mariana De Althaus, Claudia Sacha, Rocío Limo, Patricia Romero, Camila Zavala, Katiuska Granda, Mariana Silva, Anahís Beltrán, Sofía Ochoa, Mirella Quispe, Desly Angulo…

Esta lista inacabada es producto de mi memoria. La idea es hacer el ejercicio y registrarlo. Háganlo conmigo para que nadie se atreva a borrar sus voces nunca más. No olvidemos que también hay actrices, directoras, gestoras fundamentales. Todas ellas con espíritu renovador y consecuente con las luchas sociales desde el arte. Cuestionadoras y vitales como cada movimiento (urbano, campesino, regional) que emerge del fango histórico del sistema imperante. El cambio ha comenzado y este es mi homenaje.

El mejor retrato de este tiempo lo propone María Teresa Zúñiga con su obra Génesis. Un esperado estreno donde dos mujeres de distintas generaciones, quizá las últimas sobrevivientes de una ciudad destruida por la guerra deben lidiar consigo mismas y con la realidad que les ha tocado vivir: “¿Crees que logremos cruzar la frontera? Ya llevamos mucho tiempo aquí. Dijiste que todos lograron salir.”

Actor, dramaturgo y director de teatro. Desde hace 20 años dirige el colectivo EspacioLibreTeatro