Julio Ortega: “La corrupción es la madre de la violencia”

En el marco de la 23 Feria Internacional del Libro de Lima se presenta la nueva edición de la novela “Adiós, Ayacucho” (FCE, 2018), de Julio Ortega, libro emblemático considerado uno de los primeros en abordar el período de la guerra interna

Después de 30 años se publica en la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica-Perú, este importante relato que incluye dos secciones. La primera parte incorpora documentos visuales y el guión de la puesta en escena de la novela que realizó el grupo Yuyachkani, bajo la dirección de Miguel Rubio y la interpretación de Augusto Casafranca. Asimismo, nos ofrece tres textos críticos. “La risa irónica de un cuerpo roto: Adiós, Ayacucho, de Julio Ortega”, de Víctor Vich y Alexandra Hibbett. El artículo de la escritora chilena Diamela Eltit: “La historia andina de los huesos”. Finalmente, un fragmento de un capítulo de una tesis doctoral defendida en Alemania sobre la novela de Ortega. Al respecto Lima en Escena charló con el autor.

-Julio, después de 30 años se presenta Adiós, Ayacucho, en una nueva edición. ¿Es pertinente hablar sobre una novela que en la ficción habla sobre un líder sindical (Jesús Oropeza) cuyo cuerpo fue violentado, quemado…?

-Es un halago participar en Feria Internacional del Libro de Lima con una nueva edición de Adiós, Ayacucho, en una versión corregida y definitiva. Esta nueva entrega viene acompañada de tres ensayos. Unos ya publicados y uno especial. El texto de una alemana experta en leyes cuya tesis está dedicada a la justicia transicional, llamada así a la parte jurídica referida al tema de los Derechos humanos. De la novela me sorprenden las diferentes lenguas que tiene Alfonso Cánepa, personaje que realiza un viaje desde su pueblo natal Quinua hasta la ciudad de Lima para exigir que le regresen sus huesos. La historia de Alfonso Cánepa ha sido publicada en alemán, francés, inglés y portugués, y ha adquirido una vida documental que va más allá de lo testimonial.

-En una nueva lectura de este relato observamos su vigencia en un Perú plagado de corrupción y violencia de género.

-¡No me sorprende! El tema del libro es la violencia originada en la corrupción. Esta visita al Perú me permite observar el horizonte de la vida cotidiana que en esta ocasión ya no está dominada por la violencia política o la guerra entre bandos sino por la violencia de género.

-Lo más crudo sobre esta problemática son los feminicidios.

-Esta problemática se refleja de manera cotidiana en la prensa nacional e internacional y nos plantea la nula calidad de vida ética peruana y la fractura del tejido social ante la imposibilidad de construir la noción de pareja, la noción de comunidad, de país. La violencia de género es la violencia contra el lenguaje. Justamente en la novela observamos el desmembramiento del cuerpo y del lenguaje, puntos que coinciden con la cruda realidad que viven las mujeres en estos momentos en el Perú.

-Tanto en el período de la guerra interna como en la actualidad se siguen torturando y violentando a los cuerpos. Las mujeres son quemadas hasta producirle la muerte.

-Las problemáticas de violencia no cambian en el Perú. De la violencia ejercida durante el período de la guerra interna ahora se vive la violencia de género.

-Eres uno de los poquísimos escritores en hablar sobre el recrudecimiento de la violencia de género en el país.

-Vivimos en un momento de alerta por todos los fenómenos sociales que se producen en el Perú. La corrupción es la madre de la violencia y esta violencia en contra de las mujeres viene del lenguaje. El lenguaje, en esta problemática, es incapaz de reconocer la dignidad y la integridad del otro. La violencia machista es un suicidio. El país se está suicidando. Rompe el lenguaje, fractura la idea de pareja, y da paso literalmente a un infierno.

-Infierno en donde el Perú lidera las cifras en el tema de violencia de género y casos de feminicidios.

-No me extraña. Una vez que empieza a desgarrarse el tejido social es inevitable la ruptura del lenguaje en fragmentos que no forman una sintaxis. Todo se viene abajo: la posibilidad de conocer la dignidad del otro, la posibilidad de una vida cotidiana creativa.

-¿Estamos de cara a un país donde la muerte es lo cotidiano?

-Todo esta problemática referida a la violencia de género o los feminicidios, al igual que la violencia interna, destruye el futuro del país. El futuro de los niños y niñas, adolescentes y jóvenes que ven este horizonte infernal. Fenómenos sociales naturalizados por estados corruptos. Son lecciones de muerte.

-El estado se rehúsa a incorporar un discurso de enfoque de género en las escuelas. Una  medida que si se pone en ejercicio podría frenar estas muertes.

-Debería haber una conciencia jurídica sobre Derechos humanos. Una educación que de manera radical reflexione sobre género. El tema de género es global pero aquí en el país es un acto suicida. Para mí es preocupante llegar al Perú en una situación así. Es realmente conmovedor. El Perú es un infierno. No existe articulación. Todo está roto. Todo está fragmentado. Las parejas, las mujeres, la sociedad. Es lo que llamo el desmembramiento. Ese desmembramiento del que fue víctima también Túpac Amaru.

-Todo este ensañamiento con el cuerpo es también una experiencia vivida por el dirigente campesino Jesús Oropeza. ¿Cómo se inicia la historia de Alfonso Cánepa personaje que en la ficción no es más que Oropeza?

-Toda esta historia empezó en Austin/Texas ciudad en donde trabajaba como profesor. Abrí la revista Quehacer y vi la foto de este cuerpo quemado, reducido a un esquema mínimo. Estas imágenes me impresionaron e inmediatamente busqué un cuaderno y empecé a escribir en primera persona el texto. Fue como si Jesús Oropeza se levantase a buscar sus huesos. Nunca imaginé que este relato se convertiría en una obra de teatro, en un texto de investigación sobre el Perú y los Derechos humanos. La muerte de Oropeza tiene varias vidas.

-Con justicia…

-¡Claro! Figura además en el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Él es del valle de Quinua y también lo relaciono con José María Arguedas. Aquí hay un parentesco natural. Es el espacio de Arguedas y de Oropeza. La lección de Arguedas también está detrás de la obra. Él está presente en todo lo que hacemos.

-¿Qué hacer frente a este callejón sin salida?

-El trabajo nuestro es crear modos de articulación para poder vivir y respirar. Leer Los ríos profundos de José María Arguedas, es una forma de leer este infierno peruano.

-Se dice que Adiós, Ayacucho es uno de los primeros relatos en abordar el tema de la violencia interna. ¿Compartes esta teoría?

-Podría ser. Varios relatos sobre este tema se publicaron por aquellos años. Mario Vargas Llosa tiene un texto sobre este período. El hablador, por ejemplo, está escrito desde el punto de vista de la representación de la violencia. En todo caso la novela o relato está dentro de una zona literaria peruana sobre violencia interna, un tema pertinente, inmediato.

-La novela también nos permite ver las brechas entre lo andino y lo citadino. ¿Seguimos divididos?

-Lima es otra cosa ahora. Es una ciudad de migraciones, de tránsito… Es una Lima cruzada de ida y vuelta. Probablemente existe ahora una literatura dando cuenta de toda esta diversidad y de estas poblaciones en circulación. Desde sus comienzos lo que define la vida en Lima es lo precario. El primer documento de Lima es curiosamente de un grupo indígena que protesta ante Pizarro por la tala de árboles para construir la ciudad. Cómo se puede escribir sobre Lima sin protestar. Es imposible. Lima es una metáfora del Perú hecho fragmentos. Es patético pensar que vivimos en la modernidad, que la clase media domina la vida cotidiana y que las antenas de los televisores son los escudos de los nuevos segmentos sociales. Pensamiento liberal patético. Lo único que une a la sociedad peruana es la precariedad. No somos un país moderno. Cuando los ríos toman la ciudad estamos en la pre modernidad.

-Finalmente. ¿Es Adiós, Ayacucho un homenaje a Jesús Oropeza?

-¡Por supuesto que sí! Es una reivindicación, un canto fúnebre. Es una esperanza de que la muerte tenga sentido y vaya más allá de la violencia. Lo que el libro refleja es el escándalo de la violencia ante la inteligencia. Lo intolerable de la violencia.

Periodista y fotógrafa. Siguió la carrera de Comunicación Social y Periodismo Económico. Laboró en los diarios La Voz, Síntesis, Gestión y en la revistas Oiga. Desde el 2010 labora en Lima en Escena.